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Vindicación de Cuba


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11/04/2012


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En más de una ocasión el tema de Cuba y su sistema social ha salido a relucir en las opiniones de varios de los columnistas que conforman esta interesante cofradía que es Reeditor. Sin embargo, llama la atención que generalmente (por no ser absoluto) ninguno de los opinantes es cubano.


Para mí que soy cubano, que vivo en Cuba hace casi ya treinta años, que escribo desde Cuba, desde un día a día con sus altas y bajas (como supongo ocurra en el resto de los países a los cuales representan mis colegas columnistas), con una conexión a internet que comparto con toda una comunidad universitaria; no deja entonces de sorprenderme la recurrencia del tema en la mente y la letra de personas de tan diversas procedencias.

No es que el tema Cuba sea un tabú ni nada limitado a los cubanos. Todo lo contrario. Entiendo que por su propia condición de pequeño archipiélago que optó salirse de un guión predeterminado (¿por quién?), escribir su propia historia, crear y defender su propia idea de democracia y sostener durante más de 54 años (no comenzó con el triunfo de la Revolución de 1959) un diferendo con la mayor potencia imperialista del mundo; resulte un tema interesante para analistas y aficionados a la política.

Aclaro que no soy ni lo uno ni lo otro. Mi formación es científica y mis modestas aspiraciones son literarias. Luego, cuanto he de escribir lo hago simplemente desde mi profundo orgullo de cubano.

Por eso a veces me duele ver que cada vez que se habla de Cuba se hace con una superficialidad que asombra, tratándose de personas que, en muchos casos, se presentan como periodistas, politólogos, o comunicadores, quienes, es de suponer, tengan acceso a diversas fuentes de información.

Las opiniones que varios columnistas han vertido sobre la realidad cubana, desde sus disímiles y distantes escenarios, dan muestra de un desconocimiento (o al menos un análisis sesgado) de la misma; alimentado tal vez por las noticias que a diario circulan en la prensa mundial sobre cuanto ocurre (o no ocurre) en “la isla”; o por posiciones ideológicas inamovibles que les impide la aceptación de una realidad diferente.

El destacado escritor latinoamericano Eduardo Galeano expresó en una oportunidad:

“contra Cuba se aplica una lupa inmensa que magnifica todo lo que allí ocurre cada vez que conviene a los intereses enemigos, llamando la atención sobre lo que pasa en la revolución, mientras la lupa se distrae y no alcanza ver otras cosas importantes y que los medios de comunicación no hacen por informar”

Aceptar esta realidad bastaría para entender que no basta leer lo que los grandes medios publican sobre Cuba para formarse una idea de cuanto ocurre en el país.

¿Cuántas veces la “gran prensa” se ha hecho eco de noticias apocalípticas generadas en Cuba? ¿Cuántas veces se han esperado ver represiones brutales en las calles de la Habana? ¿Cuántos han clamado “primaveras árabes” en pleno malecón habanero? ¿Cuántos apostaron por el derrumbe del sistema social cubano luego de la desaparición del bloque soviético?, o más recientemente, ¿Cuántos abogaron por el caos luego de la enfermedad de Fidel Castro?

Lo cierto es que muchos han perdido sus apuestas sobre los destinos de Cuba. ¿Por qué?, pues por la sencilla razón de que no entienden la idiosincrasia del cubano, ni el camino histórico que nos ha traído hasta acá.

Un amigo argentino, luego de innúmeros intercambios, llegó a la conclusión de que para entender a Cuba hay que vivir en ella. Y no le falta razón. Desde las comodidades (e incomodidades) de las llamadas democracias occidentales (¿mejor que la nuestra?, no lo creo, solo diferente) no será fácil entender lo que es vivir en un país como el nuestro.

Por ejemplo, muchos, en sus análisis, ignoran (u olvidan) el papel que ha jugado en el desarrollo de nuestro país, la constante agresión de los gobiernos norteamericanos (que se mantiene hasta la actualidad, no se engañen).

Sin pretender achacar a este todos nuestros problemas (si de algo estamos concientes los cubanos es de que no todo es culpa del bloqueo, sino de errores internos que hoy se tratan de corregir, siempre dentro de nuestro sistema social) quisiera preguntarles, con el mayor respeto: ¿qué hubiera sido del destino de sus países si un gobierno extranjero les impone un bloqueo económico durante más de cincuenta años?, ¿qué hubiera sido de sus países si casi “de la noche a la mañana” pierden más del 80 % de su mercado internacional?, ¿qué hubiera sido del destino de sus países si hubieran pasado por los estragos económicos del llamado “Período Especial” de los años 90?

A veces leo acerca de la “preocupación” por el “pobre pueblo cubano” subyugado por la “cruel tiranía”; y cuando miro a mi alrededor, cómo en medio de las dificultades económicas el cubano se levanta día a día y trabaja duro; y ríe; y los niños alegran las calles, y van a sus escuelas; y los vecinos son como familia; y se discute en las esquinas sobre pelota, sobre el clima, sobre las mujeres y todo cuanto el cubano sabe discutir con la convicción de que posee la última palabra sobre el tema; y cómo el policía esta en el mismo barrio, compartiendo la misma vorágine que el pueblo del cual forma parte y que lo ve como uno más; y el hijo del militar es amigo del hijo del doctor y del albañil y del de la ama de casa; y el negrito del barrio es seleccionado el mejor de su aula; y se gradúa un médico de lo más intrincado de la Sierra Maestra; y las plazas se llenan de gente alegre cuando se convoca a cualquier acto; entonces me pregunto de qué pueblo hablan. ¿A qué pueblo pertenezco yo?

¿Acaso esa oposición que tanto “bombo y platillos” y falsas pleitesías recibe de los grandes medios, es el pueblo del que hablan? ¿Esa oposición que ya no puede negar sus vínculos con el gobierno de Estados Unidos (y otros) y que no logran reconocimiento alguno en sus coterráneos (me pregunto qué harían en sus países si la oposición recibiera instrucciones de un gobierno extranjero en su propia sede diplomática)?

Cuba es única en muchos sentidos; imposible de esquematizar con conceptos generalizadores. De ahí que al hablar sobre ella se corre el riesgo de quedar en la superficie del tema, y brindar una visión errónea de su realidad.

Como cubano me molesta leer las diatribas que a diario se lanzan contra mi gobierno o el sistema social escogido por nuestro país. ¿Con qué derecho se nos juzga? ¿Acaso alguien tiene la verdad absoluta? ¿Acaso las democracias tradicionales son mejores que la nuestra? ¿Quién tiene el derecho a decidir por los demás? ¿Quién dice qué es bueno o es malo para cada pueblo, sino él mismo?

Un poco de respeto es lo que pido, como cubano de ese “pobre pueblo”; un poco de objetividad en los análisis (les recomiendo el Blog Cartas desde Cuba, del periodista Fernando Rasberg, de la BBC de Londres, como ejemplo de esa objetividad); fuentes existen miles (incluso no cubanas) para confrontar opiniones.

Es tiempo de olvidar discursos arcaicos, posiciones irreconciliables. Cada pueblo debe mirarse por dentro, concentrarse en sus propias dificultades y luchar por salir de ellas.

En 1889 José Martí escribió un artículo titulado “Vindicación de Cuba” en el que defendía a los cubanos de opiniones discriminatorias aparecidas en un diario norteamericano de la época.

Desde entonces (y desde antes) Cuba siempre ha tenido que defender sus posiciones antes críticas diversas.

Sin que quede todo dicho y desde mi modesta posición, sea esta mi propia Vindicación de Cuba.



Etiquetas:   Política   ·   Santiago de Cuba

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