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Días de lluvia


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10/04/2012


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Los días de lluvia despiertan en mí sensaciones varias y encontradas. Yo, que estoy predestinado por esos simbolismos cósmicos a reverenciar los días de sol, incluso en esta tierra que se gana epítetos de fuego, donde desandar sus calles al mediodía es poco menos que un acto de osadía; suelo ensombrecerme cuando el azul del cielo se transmuta en negros nubarrones y un viento cargado de humedades comienza a sacudir el polvo de las fachadas centenarias.


Lo peor siempre es el prólogo, esa promesa de tormenta que parece nunca cumplirse. Adivino en el aire, en el premonitorio olor a tierra húmeda, en los perfiles de la montaña oráculo (esa que no falla un pronóstico), cuánto tiempo resta antes que las primeras gotas se revienten contra el pavimento y dejen la huella circular de su cadáver fecundo.

Luego es la lluvia. En ocasiones de inicio tímido, como quien pide disculpas por los planes que necesariamente habrá de arruinar; en otras, a grandes y ruidosas gotas, heraldos que anuncian el chaparrón que en minutos se descarga sobre la ciudad y borra sus facciones tras un velo de fría humedad. No pocas veces impertinente (como esa que ahora opaca el ventanal de la oficina, arruga mi entrecejo y desata circunloquios).

Dicen que estos son días para quedarse en cama, entre las sábanas, escuchando el concierto de las gotas sobre el techo o el ventanal, o contra las hojas de las plantas del patio.

Pero esto suele decirse en medio de las conversaciones resignadas que brotan bajo las techumbres protectoras de la ciudad, cuando el tiempo es un concepto abstracto, una variable dependiente de los humores del cielo que se desangra, un reloj humedecido en la muñeca olvidada de quien lo porta.

Me pregunto entonces cuántos aguaceros (en verdad) se hacen crónica entre las sábanas de la urbe.

En lo personal, me gusta mirar la lluvia desde el umbral de la puerta de mi casa, sintiendo en mi rostro el aliento húmedo de gotas que escapan del desfile, mientras, a mis espaldas, la techumbre centenaria de mi hogar rumia sus penas en un concierto de goteras que arrancan dictados rítmicos a un insuficiente ejército de cazuelas, cubos y jarros de metal.

Disfruto de la eclosión de ríos improvisados contra el abismo de las aceras, furiosos causes que arrastran a su paso resabios de historias ufanadas de patios y techos vecinos; intrépidas riadas que se abalanzan valientes hacia la abismal garganta de alcantarillas y siguen su camino hacia ese mar donde mezclarán sus aguas citadinas con las de los ríos de las serranías.

Me divierto con las ocurrencias de los jóvenes intrépidos que rompen las cortinas de agua contra sus cuerpos semidesnudos, y gritan, y corren, y juegan fútbol; mientras la lluvia roba sus perfiles hasta convertirlos en gotas de su propia savia. (¿Cuántas nostalgias me asaltan, hijas de mis propias lluvias historias?).

Tal vez hasta añore algún que otro ataque sorpresivo, en medio de la calle, que me pegue las ropas al cuerpo e inunde mis zapatos (esa rara sensación de caminar sobre el agua); y llegue a casa ante la perpleja preocupación de mi madre que de inmediato me alcanza una toalla y un reproche

Pero esos son gustos migajas, pequeñas concesiones que hago a mi ánimo para no atiborrarlo de pesadumbres, para que las nubes no se formen en mis sentidos y poder ver también la belleza que habrá de brotar tras la última gota.

Y es que los días de lluvia me arrancan pesimismos y melancolías, como si con sus torrentes se me hubiera ido una parte de mí, y cada nuevo aguacero me recordara la pérdida.

Por suerte, no hay cuadro más bello que el primer rayo de sol cuando escampa, y esa mágica oportunidad de redescubrir la ciudad desde el reflejo de los charcos.



Etiquetas:   Reflexión

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