. Yo, que estoy predestinado por esos simbolismos cósmicos a
reverenciar los días de sol, incluso en esta tierra que se gana epítetos de
fuego, donde desandar sus calles al mediodía es poco menos que un acto de
osadía; suelo ensombrecerme cuando el azul del cielo se transmuta en negros
nubarrones y un viento cargado de humedades comienza a sacudir el polvo de las
fachadas centenarias.
Lo peor siempre es el prólogo, esa promesa de tormenta que parece
nunca cumplirse. Adivino en el aire, en el premonitorio olor a tierra húmeda,
en los perfiles de la montaña oráculo (esa que no falla un pronóstico), cuánto
tiempo resta antes que las primeras gotas se revienten contra el pavimento y
dejen la huella circular de su cadáver fecundo.
Luego es la
lluvia. En ocasiones de inicio tímido, como quien pide
disculpas por los planes que necesariamente habrá de arruinar; en otras, a
grandes y ruidosas gotas, heraldos que anuncian el chaparrón que en minutos se
descarga sobre la ciudad y borra sus facciones tras un velo de fría humedad. No
pocas veces impertinente (como esa que ahora opaca el ventanal de la oficina,
arruga mi entrecejo y desata circunloquios).
Dicen que estos son días para quedarse en cama, entre las sábanas,
escuchando el concierto de las gotas sobre el techo o el ventanal, o contra las
hojas de las plantas del patio.
Pero esto suele decirse en medio de las conversaciones resignadas
que brotan bajo las techumbres protectoras de la ciudad, cuando el tiempo es un
concepto abstracto, una variable dependiente de los humores del cielo que se
desangra, un reloj humedecido en la muñeca olvidada de quien lo porta.
Me pregunto entonces cuántos aguaceros (en verdad) se hacen
crónica entre las sábanas de la urbe.
En lo personal, me gusta mirar la lluvia desde el umbral de la
puerta de mi casa, sintiendo en mi rostro el aliento húmedo de gotas que
escapan del desfile, mientras, a mis espaldas, la techumbre centenaria de mi
hogar rumia sus penas en un concierto de goteras que arrancan dictados rítmicos
a un insuficiente ejército de cazuelas, cubos y jarros de metal.
Disfruto de la eclosión de ríos improvisados contra el abismo de
las aceras, furiosos causes que arrastran a su paso resabios de historias ufanadas
de patios y techos vecinos; intrépidas riadas que se abalanzan valientes hacia
la abismal garganta de alcantarillas y siguen su camino hacia ese mar donde
mezclarán sus aguas citadinas con las de los ríos de las serranías.
Me divierto con las ocurrencias de los jóvenes intrépidos que rompen las
cortinas de agua contra sus cuerpos semidesnudos, y gritan, y corren, y juegan
fútbol; mientras la lluvia roba sus perfiles hasta convertirlos en gotas de su
propia savia. (¿Cuántas nostalgias me asaltan, hijas de mis propias lluvias
historias?).
Tal vez hasta añore algún que otro ataque sorpresivo, en medio de
la calle, que me pegue las ropas al cuerpo e inunde mis zapatos (esa rara
sensación de caminar sobre el agua); y llegue a casa ante la perpleja
preocupación de mi madre que de inmediato me alcanza una toalla y un reproche
Pero esos son gustos migajas, pequeñas concesiones que hago a mi
ánimo para no atiborrarlo de pesadumbres, para que las nubes no se formen en
mis sentidos y poder ver también la belleza que habrá de brotar tras la última
gota.
Y es que los días de lluvia me arrancan pesimismos y melancolías,
como si con sus torrentes se me hubiera ido una parte de mí, y cada nuevo
aguacero me recordara la pérdida.
Por suerte, no hay cuadro más bello que el primer rayo de sol
cuando escampa, y esa mágica oportunidad de redescubrir la ciudad desde el
reflejo de los charcos.