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...para recordar que estamos vivos


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09/04/2012


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¡Vaya fin de semana! Nunca pensé que pudiera vivir una montaña rusa de sentimientos como los sentidos en estos últimos tres días.


No es extraño que los sentimientos lleguen como en oleadas, arrasando las costas de nuestra paciencia. Será porque dicen que un mal llama a otro; aunque también, que no hay mal que dure cien años; o que luego de la tormenta llega la calma.

Quizás por eso en ocasiones parece que el mundo se derrumba, que no salimos de un bache, que todos los males parecen coincidir en nuestro camino, poniendo a prueba nuestro equilibrio. Luego, como por arte de magia, con señales apenas perceptibles, todo acaba; la sonrisa regresa, a veces la carcajada; los hombros vuelven a su sitio, cediendo el espacio al pecho lleno de dicha.

Pero suelen estos vaivenes extenderse en el tiempo, como pruebas de largo aliento, tanteando la resistencia de quien los sufre (o quien simplemente los vive). Rara vez esta sucesión de sentimientos alcanza el ritmo caótico del diario, de ahí que cuando ocurre (¿realmente ocurre?) no deja de sorprender.

En apenas setenta y dos horas asisto a un concierto de sensaciones que pulsan de mis fibras más profundas. De la ilusión al desengaño, de la frustración a la ira, de la esperanza a la tristeza, de la nostalgia a la euforia y de ahí, la embriagante certeza de la felicidad.

Extraordinario el armazón del que se apropia el alma (¡el alma!, acaso tiene alguien la respuesta definitiva de lo que es el alma), que soporta los embates de tantos contrarios sin mostrar la menor huella en su superficie (¿en verdad no la muestra?, ¿basta la sonrisa helada para ocultar las sombras que nublan el rostro?, ¿es posible amainar las riadas de felicidad cuando desbordan el pecho?).

No creo tampoco que sea saludable ese alarde de resistencia; ese tensar y aligerar las cuerdas de nuestros sentidos. Pero quizás, muy de vez en vez, también sea necesario para recordarnos que estamos vivos.



Etiquetas:   Reflexión

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