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No es extraño que los sentimientos lleguen como en oleadas,
arrasando las costas de nuestra paciencia. Será porque dicen que un mal llama a
otro; aunque también, que no hay mal que
dure cien años; o que luego de la
tormenta llega la calma.
Quizás por eso en ocasiones parece que el mundo se derrumba, que
no salimos de un bache, que todos los males parecen coincidir en nuestro camino,
poniendo a prueba nuestro equilibrio. Luego, como por arte de magia, con
señales apenas perceptibles, todo acaba; la sonrisa regresa, a veces la
carcajada; los hombros vuelven a su sitio, cediendo el espacio al pecho lleno
de dicha.
Pero suelen estos vaivenes extenderse en el tiempo, como pruebas
de largo aliento, tanteando la resistencia de quien los sufre (o quien
simplemente los vive). Rara vez esta sucesión de sentimientos alcanza el ritmo
caótico del diario, de ahí que cuando ocurre (¿realmente ocurre?) no deja de
sorprender.
En apenas setenta y dos horas asisto a un concierto de sensaciones
que pulsan de mis fibras más profundas. De la ilusión al desengaño, de la
frustración a la ira, de la esperanza a la tristeza, de la nostalgia a la
euforia y de ahí, la embriagante certeza de la felicidad.
Extraordinario el armazón del que se apropia el alma (¡el alma!,
acaso tiene alguien la respuesta definitiva de lo que es el alma), que soporta
los embates de tantos contrarios sin mostrar la menor huella en su superficie
(¿en verdad no la muestra?, ¿basta la sonrisa helada para ocultar las sombras
que nublan el rostro?, ¿es posible amainar las riadas de felicidad cuando
desbordan el pecho?).
No creo tampoco que sea saludable ese alarde de resistencia; ese tensar
y aligerar las cuerdas de nuestros sentidos. Pero quizás, muy de vez en vez,
también sea necesario para recordarnos que estamos vivos.