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Dolor de Cristo


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07/04/2012


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El tejado de vidrio de las jerarquías salta en mil pedazos a medida que surgen más y más denuncias por abusos de sacerdotes, obispos y cardenales en contra de niños, púberes y adolescentes. La jerarquía que ha encubierto por décadas la pedofilia y los abusos sexuales contra niños,  ha hundido la credibilidad de la institución.






Desde la espiritualidad cristiana, trato de profundizar mi fe en la práctica concreta de vivir al trasluz de Jesús. Siempre había entendido que el cuerpo místico de Cristo se plasmaba en una enorme comunidad de la que todos éramos parte. Pasé por catecismos memorizados desde la infancia. Fui díscolo de lo clerical cuando me querían imponer dogmas que no aceptaba y que fueron creados por hombres, alejándose de la enseñanza fundamental de los primeros evangelios.





Quizá fue gracias a esa impronta jesuítica recibida en mi adolescencia, que nunca acepté la verticalidad dogmática ni las atrocidades que en la historia se cometieron en nombre de la fe. 





Repudié las jerarquías retorcidas que encubrían atrocidades, el haber hecho vista gorda frente al Holocausto; el silencio y oscurantismo del Santo Oficio que se uso como instrumento cínico de dominación imperial, con la codicia disfrazada para concentrar las riquezas de los países invadidos. Las componendas de la Iglesia con el poder, en definitiva para asegurar los tesoros acumulados en los papados. 





La decadencia de occidente ha ido ligada a la de la Iglesia Católica que renunció a combatir el materialismo neoliberal con la misma fuerza que antes se puso en contra del marxismo. Con ello la Iglesia perdió la gran legitimidad de ser el reflejo de las mayorías sociales para impulsar los cambios por la vía no violenta. 





Hoy, en la gran crisis de valores, esa Iglesia Católica Apostólica y Romana ha dejado de ser el referente moral de las mayorías, el pueblo de Dios se disgrega rodeado de sirenas que muestran el ateísmo, el consumismo, la búsqueda desatada de los placeres. Ha fallado el faro orientador del mensaje de Cristo, los vicios han corroído esa piedra en que Jesús construyera su Iglesia, con la consecuencia de los mártires, con la fuerza de una Iglesia que se hizo en la persecución y el dolor. 





Los fieles confundidos hoy abrazan otros cultos, los curas obreros de la Teología de la Liberación, esos que cantaban la misa con guitarra, esos que trabajaban en las fábricas, todos ellos fueron perseguidos, asesinados, marginados y expulsados de la curia. Hoy son las sectas corruptas las que gobiernan, las mismas que encubrieron la pedofilia, practicaron la homosexualidad y escondieron actos de pedofilia en colegios religiosos. Esas sectas siguen compitiendo por el poder terrenal que da el Papado. 





El tejado de vidrio de las jerarquías salta en mil pedazos a medida que surgen más y más denuncias por abusos contra niños, púberes y adolescentes. Las jerarquías que han encubierto por décadas la pedofilia y los abusos sexuales contra niños,  han hundido la credibilidad de la institución y hoy se las divisa, cínicos, blindados por el dinero atesorado en sus prácticas corruptas. Al igual que algunos inmorales actores de la política, esa curia está hoy cruzada por una crisis existencial, por la corrosión del cuerpo místico a raíz de horribles pecados contra la niñez.





La Verdad, al aflorar de las catacumbas se lleva con ella  como en un gigantesco aluvión el respeto histórico que tuvo 30 años atrás la Iglesia de Chile, de los setenta y ochenta, cuando actuó con fuerza en la protección de los perseguidos. Pero de esa jerarquía ya prácticamente no queda nada y las noticias de hoy son los cientos de miles de denuncias por abusos de curas pedófilos, de obispos y cardenales, en contra de niños, en Estados Unidos, en Irlanda, en Chile, en todas partes, en una huella infernal. 





Jesús lo dice: "SI PIENSAS SIQUIERA DAÑAR A UN NIÑO, ES MEJOR QUE TE CUELGUES UNA PIEDRA DE MOLINO AL CUELLO Y TE ARROJES AL MAR". 





El propio Papa Benedicto XVI ha dado cuenta recién del momento crítico que vive la Iglesia, pero nada se hace para corregirlo. Cuando sacerdotes austriacos plantean la necesidad de abolir el celibato, para que los sacerdotes puedan llevar la vida normal heterosexual con su mujer, el Papa sale al paso para invocar el desgastado dogma del celibato, que fue inventado por el hombre y no es herencia de las enseñanzas de Jesús. El sacerdocio cristiano como evolución conceptual de las comunidades cristianas de los primeros siglos no contemplaba el celibato como obligatorio para alcanzar la condición de sacerdote. Fue en el Concilio de Trento (1545-1563) cuando se estableció el celibato sacerdotal obligatorio tal como se lo conoce en la actualidad. Una de las explicaciones fue  que se quería evitar la dispersión patrimonial de la Iglesia, que los curas al formar familias trasladaran sus bienes a sus herederos, con lo cual la Iglesia perdía el control sobre esas propiedades. Por lo visto, fueron la codicia y la contaminación con el poder terrenal los factores que fueron distorsionando el mensaje de Cristo y lo que ha llevado a la pérdida de confianza en la institución.





Como cristiano, me apena el desconcierto en que se debate la Iglesia, incapaz de influir allí donde siempre fue palabra señera. La confianza después que se pierde, es muy difícil y casi imposible de recuperar. Haría falta una operación dolorosa de eliminación de dogmas y de todas las jerarquías que tienen el pecado de acción u omisión frente a los abusos sexuales de niños. Pero esas jerarquías siguen ancladas al vellocino de oro y continúan usando el verticalismo y los dogmas para provocar la obediencia ciega de los fieles. 





Las comunicaciones extendidas, las redes sociales, los debates planetarios, hacen imposible que quien tiene tejado de vidrio por delitos repudiables, pretenda levantar liderazgos morales. La libertad y la verdad, develada pese al intento por siglos de esconderla o acallarla, al final abren sus cauces y nadie puede impedirlo. El desafío cristiano es, entonces, recuperar los principios básicos de Jesús para que fluya el espíritu y se erradique la corrupción materialista de la sociedad. La Reforma que puede salvar la Iglesia no vendrá sin dudas del Vaticano.

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Periodismo Independiente, Hernán Narbona Véliz, Semana Santa, 2012.







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