Mirada restrospectiva a una organización comunista



 

.ecured.cu/index.php/UJC">Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), organización política que reúne a (lo que se supone sea) la “vanguardia de la juventud cubana”.

Gran parte de esa juventud protagonizará la amplia jornada de actividades que tendrán lugar en diversos escenarios del país, mientras que otros asistiremos a las mismas como extras de un filme en el cual, alguna que otra vez, de una u otra forma, también llegamos a protagonizar.

No me adentraré en los orígenes de la UJC; no porque reste importancia a un pasado imprescindible, sino porque la época que me tocó vivir fue otra, aquella en la que las “misiones” de la organización adquirían quizás menos matices heroicos, aunque no menos trascendentales para su tiempo.

Escribo desde una mirada retrospectiva, desde una ¿nostalgia? escogida, hija de la decisión de abandonar “las filas” de una organización a la cual pertenecí durante casi diez años, decepcionado por la evidencia de la creciente apatía, complacencia y burocracia que lastra su esencia, en casi todos los niveles de su estructura.

Ingresé a la UJC siendo aún muy joven, con apenas 15 años; cuando el concepto de Comunismo no escapaba más allá de la propia palabra y aún no recibiría las aletargantes clases de Economía Política que, durante tiempos universitarios, exacerbaban la soñolencia propia de la atareada vida en “beca”.

No fui, sin embargo, de los más jóvenes en acceder a esta organización. Adolescentes de apenas 13 años, exponentes de “méritos extraordinarios” (como aquel que, sin llegar “a los 15”, persiguió y dio captura a un carterista (¡sic!)), podían, excepcionalmente, ser merecedor del honor de recibir el pequeño carnet que los acreditaba como militantes de la UJC.

Esto era posible gracias a un método de selección que a la larga ha demostrado ser un “talón de Aquiles” para la organización. Los futuros miembros de la UJC eran propuestos por sus propios compañeros de aula (tan adolescentes como ellos) atendiendo a sus “méritos”, que se traducía, en la mayoría de los casos, en ser buen estudiante y, tal vez (preferentemente) poco contestatario.

Claro, los seleccionados debían (deben) pasar por un proceso de “comprobaciones” sobre sus cualidades humanas y políticas, así como una entrevista personal que le permitiera demostrar su “preparación política-ideológica, antes de ser aceptados definitivamente en la organización juvenil. De la calidad de esos procesos…pues no vale la pena comentar.

Luego, para muchos, pertenecer a la UJC era otro símbolo de reconocimiento a sus destacadas condiciones como estudiantes. Otros pensaron que al ser miembros de la misma, les abriría nuevas puertas, en detrimento de los “no militantes” (lo cual, desde mi experiencia personal, nunca fue así, pues todos, militantes y no militantes, contaron siempre con las mismas oportunidades); dejando a un lado el verdadero sentido de la organización: “el sacrificio”, el estar dispuestos a realizar las tareas en las que otros jóvenes pudieran cejar

De ahí que pronto, esos que “equivocaron” su decisión cayeran en la apatía, en las justificaciones, a la búsqueda de medios de “zafarse” de un compromiso que “no pidieron”.

Durante años, en diversas reuniones y espacios de debate, el tema del ingreso de adolescentes a la UJC fue de los más candentes. La escasa formación ideológica de los imberbes aspirantes se exponía como atenuante por quienes abogaban, igualmente, por una “depuración de las filas”, encaminada a “liberarse” de esos que no aceptaban las condiciones de los Estatutos de la Organización. (Desconozco cómo se trata el tema en la actualidad).

A pesar de esto, mi permanencia entre la membresía de la UJC me deparó buenos recuerdos, sobre todo en mi etapa universitaria.

En aquella época (qué lejano se siente al escribir esto), nuestro Comité de Base[1] estaba constituido por casi la mitad de los miembros de mi año de la Licenciatura en Bioquímica de la Facultad de Biología de la Universidad de la Habana. Contrario a lo que muchos puedan pensar éramos un grupo bien heterogéneo, en el que lo mismo se podía encontrar quienes no emitían un criterio, hasta los de opiniones más contestatarias; desde los que siempre hablaban con la verdad en la mano y la cabeza en alto, sin miedo a disentir cuando fuera necesario, hasta los que luego han asumido posiciones totalmente opuesta al discurso que durante años tuvieron a flor de labios.

Diferencias aparte, nos caracterizaba el deseo de hacer, de dejar una huella en nuestro tiempo (algunos con mayores pretensiones que otros). Así, estuvimos presente (y protagonizamos) algunas de las más extraordinarias “hazañas” de la juventud del recién estrenado siglo XXI, en la siempre convulsa capital del país; hazañas no sólo políticas (como las masivas movilizaciones en plazas y avenidas de la ciudad) sino relacionadas con el acontecer económico y social de nuestro país, durante las cuales, el acercamiento a sectores muy humildes de la sociedad nos enseñaron más que tantos años de estudio.

También nos destacábamos por los profundos debates (con puntos de vistas a veces ausentes en otros escenarios) que, sobre diversos temas de actualidad, sosteníamos en nuestros encuentros mensuales, en los cuales, además, tomamos decisiones polémicas (no carentes de cierta osadía) como aquella que nos llevó a reclamar a los altos niveles universitarios por la carencia de material bibliográfico y que nos valió una “asustada” recriminación por parte “nuestros superiores” por la supuesta “violación de los canales establecidos”. Al recordar esta experiencia siempre reíamos y nos autodenominábamos jocosamente “los disidentes”.

Pero también en esa época fuimos testigos de escenas que mellaron nuestra confianza en el discurso oficial de la organización. El “miedo” de determinados decisores a responder “preguntas incómodas”, aunque estas vinieran de militantes de la UJC y se hicieran en un marco supuestamente propicio para el debate.

Lamentablemente, la Unión de Jóvenes Comunistas no ha logrado mantener intacta su imagen y la de sus miembros, a salvo de las críticas que la señalan como una organización complaciente, incapaz de ejercer el verdadero papel tranformador que le corresponde en una sociedad llamada (desde diversas tribunas, por la alta dirección del país) al debate crítico de sus problemas.

En sus organizaciones de base fundamentalmente, suele existir un inmovilismo y una indolencia que en nada favorece a los esfuerzos que desde el Comité Nacional se hacen por dar a los militantes el protagonismo que los debe caracterizar. A veces parece que los jóvenes que salen en la televisión nacional, como actores activos de diversas tareas de relevancia para la economía y la sociedad cubana, pertenecen a otro mundo diferente al de los militantes que conviven a nuestro alrededor cada día.

Precisamente esa disfunción de los Comité de Base a los que me acerqué luego de graduado, fue erosionando esa confianza forjada durante años, y me llevó a abandonar una "trinchera" de la cual ya no me sentía parte; decidiendo seguri, con mis convicciones a cuestas, por el camino que entiendo se ajusta más a ellas, aún cuando mis derroteros y los de la UJC puedan cruzarse en algún que otro punto.

Las celebraciones del Aniversario 50 de la UJC ocuparán, de seguro, los titulares de todos los medios de prensa nacionales. Incluirán la entrega de distinciones y reconocimientos a jóvenes y personalidades destacados de la sociedad cubana.

Ya en la noche la Tribuna Antiimperialista de la Habana, servirá de escenario para un concierto de lujo, protagonizado por el trovador Raúl Torres, que será el colofón ideal para los festejos.

En el público, jóvenes y no tan jóvenes, militantes y no militantes, corearán las canciones del renombrado cantautor.

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1 El Comité de Base es la menor unidad organizativa de la UJC.