Sanidad rural

Por Alfonso Campuzano, médico cirujano traumatólogo del Hospital Clínico Universitario de Valladolid. La sanidad vivida por nuestros bisabuelos, abuelos, incluso padres, fue una sanidad heroica para toda la sociedad, en tiempos revueltos firmados en duras épocas. El médico, en su quehacer diario, vivía por obligación, incluso por devoción, en el pueblo, en domicilio cedido por la corporación municipal, igual que el cura y el maestro, que junto al alcalde y a la guardia civil, todos ellos, fuerzas vivas de la comunidad, tan respetadas y tenidas en cuenta en su relación con las gentes.

 

. La sanidad vivida por nuestros bisabuelos, abuelos, incluso padres, fue una sanidad heroica para toda la sociedad, en tiempos revueltos firmados en duras épocas. El médico, en su quehacer diario, vivía por obligación, incluso por devoción, en el pueblo, en domicilio cedido por la corporación municipal, igual que el cura y el maestro, que junto al alcalde y a la guardia civil, todos ellos, fuerzas vivas de la comunidad, tan respetadas y tenidas en cuenta en su relación con las gentes.
El médico rural ejercía como autoridad admirada, creída, considerada, aceptada y obedecida, dependiente del Municipio, como un funcionario al servicio de la sanidad local; responsable de la salud pública; atendiendo a enfermos de la Beneficencia municipal; al servicio de la administración de Defensa; al servicio de la administración de Justicia, como forense; al servicio de la policía mortuoria; al servicio de la vivienda; un poco como si de un cajón de sastre se tratara.

Los medios con los que contaba, para el ejercicio profesional, en su labor asistencial eran los propios de la época que le tocó vivir, veinticuatro horas al día, sin las llamadas actualmente guardias: disponía de una sala de consulta que apenas utilizaba, sus clientes trabajaban en el campo de sol a sol y no se podían permitir el lujo de perder un sólo segundo en algo que les perjudicara económicamente, en algo que podrían hacer en su tiempo de descanso, ya fuera por la calle, en el chigre, a la salida de la iglesia, en la tienda de la esquina.

El médico rural, antes de la era industrial, se desplazaba fundamentalmente a caballo o andando, lloviera, ventara, nevara, helara o cayeran chuzos, con su maletín de utensilios (escalpelo, estetoscopio, medicinas) siempre dispuestos para cumplir; lo mismo atendía un parto que realizaba una autopsia, incluso hacía pequeña/grande cirugía, en una época donde la anestesia la practicaba él mismo o algún ayudante dirigido por él: era su responsabilidad como prójimo preparado en aquellos entonces. Y tampoco se le podía pedir más.

Su labor la llevaba a cabo como había aprendido de sus mayores en la Facultad de Medicina, escuchando sin prisa; mientras olía el aliento y la sudoración; mientras observaba, siempre con luz natural, algún cambio en el color de la piel y de las mucosas; mientras auscultaba el ruido producido en el tórax y en el abdomen con el estetoscopio (sustituido, más tarde, por el fonendoscopio y éste, a su vez, en el caso de los obstetras, por la ecografía, entrados los años 70); explorando con la ayuda de palpación, de percusión; olfateando la orina y examinando su color; llegando a solventar procesos patológicos, como describían, y siguen describiendo, con todo lujo de detalles, los libros clásicos, que aún no han sido superados en humanidad por los avances técnicos actuales. Y entre análisis de sangre y orina y alguna planigrafía, como pruebas complementarias, trataba de resolver los enigmas de cualquier enfermedad que llamara a su puerta. Esto, pese a estar vigente hoy día, dados los recursos de alta tecnología, sería impensable continuar vulgarizándolo, no porque estuvieran fuera de lugar sino por comodidad, pese a que todos los galenos lo saben, en la mayoría de los casos, algo tan sofisticado y caro no va a cambiar ni la evolución ni el tratamiento, cuando de lo que se trata es de resolver un problema lejos de las matemáticas.

Poco a poco se implantó, debido fundamentalmente a que, esta guardia diaria de veinticuatro horas, interminable a lo largo de los años, un acuerdo de cobro reconocido, apoyado y valorado bilateralmente, una cantidad simbólica semanal/mensual con la que el médico se sintiera algo más reconocido y respetado, llamada comúnmente iguala: estoy igualado con Don Fulano de Tal, a la vez que, como contrapartida, el igualado requiriera sus servicios a cualquier hora, fuese de día o de noche, y en su domicilio, sin tener que desplazarse. Y, aunque los tiempos no estaban para malgastar, tampoco se podía pedir la luna, pues todos los medicamentos susceptibles de poder prescribirse cabían en un obligatorio petitorio. Ni malgasto ni almacenamiento. Un máximo minimizado. Y tan contentas ambas partes.

Fue con la llegada de los años ochenta, y sus vientos variables, el que se fuera perdiendo paulatinamente este quehacer sanitario, desprestigiando tanto las igualas como la labor, al no contar con medios actualizados, que aumentaron hacia la sofisticación y los desplazamientos, tanto como que el profesional ya no era ni es el mismo. Ya no era don Fulano de Tal, querido y apreciado, que vivía en el pueblo, ahora es Menganito, su sustituto, uno nuevo, no me acuerdo de su nombre, no lo conozco, que viene de la ciudad, a pasar unas horas de consulta y se acabó. Sin roce social, totalmente deshumanizado, como la propia evolución social exige. Lo rural transformado en urbano.

Estos médicos titulares por oposición, trabajando en el anonimato, con entrega y eficiencia, como piezas fundamentales del sistema sanitario público español, se han integrado poco a poco, menos de siete mil, repartidos por toda la geografía española, en los centros de salud. Los pueblos, gracias a la reforma, en su traslado a la ciudad, prescinden de ellos.

Corolario: Pulula un programa abyecto que consiste en que ciertos Médicos de Atención Primaria, desde finales de los años ochenta, por disposición o por convicción, han delegado, ya sea en Enfermero/a o Ayudante Técnico/a Sanitario/a (A.T.S.) o Diplomado/a Universitario/a en Enfermería (D.U.E.), una facultad intrínseca e inalienable a la profesión médica, que es la prescripción de medicamentos, que desvirtúa y adultera el acto médico, como tal, sin que nadie se haya echado las manos a la cabeza ni mesado las barbas. Una actuación per se que en nada beneficia a la administración pública, ni al médico y menos aún al paciente o asegurado o cliente o usuario que, la mayor parte de las veces, se siente desamparado al sufrirlo en carne propia sin saber a quién dirigirse para que se le defienda en este atropello a sus derechos.

  Alfonso Campuzano, Médico Cirujano Traumatólogo del Hospital Clínico Universitario de Valladolid

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