Cerca de mi casa hay un árbol...



Cerca de mi casa hay un árbol. Es uno más de los que pueblan la avenida y la ciudad. Aparentemente nada lo diferencia de sus congéneres: troncos medios, de corteza arrugada y frondas abundantes; esos de flores de un día, que en primavera lloran sus penas rosadas sobre el asfalto (alguna vez jugué sobre la hierba atrapando esas lluvias de pétalos). Pero en ese árbol hay pájaros. No esos que llegan y se posan, toman aliento y emprenden vuelo sin importarle más la rama que lo acunó; sino cientos de pájaros que han hecho del follaje su refugio, su parlamento, su ágora.

 


No recuerdo verlos partir (o llegar) en bandada; pero descargan desde el ramaje sus miserias del día; a veces, en un sorpresivo torrencial de heces que dibujan, sobre el pavimento bajo su copa, un extraordinario cuadro puntillista; otras, en un estruendoso discurso colectivo que se deja escuchar a todas horas en varias cuadras a su alrededor, como si cada una de las hojas del árbol entonara su propio canto. Llega a ser ensordecedor el coro sobre nuestras cabezas, a tal punto que algunos dedican una mirada de reproche a los cantores, como reclamándoles por la insolencia de violar un silencio inexistente en pleno corazón de la ciudad.

Resulta difícil ver a los pájaros. Ya sea porque es un riesgo alzar la vista cuando se está bajo el árbol, al alcance de una lluvia tremebunda de excrementos, y un vistazo no basta para separar sombras de hojas y pájaros; o porque el apuro del diario nos priva del reposo necesario para disfrutar del espectáculo que sobre nuestras cabezas evoluciona. En cambio, apostamos por seguir camino, olvidados del concierto de trinos que dejamos a nuestras espaldas; hasta que esos mismos pasos que nos alejaron del bullicio nos devuelvan, más tarde, al sitio donde (quisiera creer que contento del reencuentro) nos recibe desde las alturas el desatinado recital.

Si embargo, hay ocasiones en que, de regreso a casa, paso junto al árbol y me sorprende el silencio. Entonces es como si la ciudad hiciera mutis, a pesar del tráfico que no se detiene. Sobre el gris de la acera, la huella blanquecina dejada por las heces de los pájaros solo ayuda a hacer más profunda la sensación de vacío. Unos metros más arriba de mí; las ramas se llenan de ausencias.

Cuando cruzo la avenida todavía siento en mi pecho los latidos de la nostalgia.