La visita del Papa a Santiago de Cuba: crónica no oficial



Casi una semana sin acceso a Internet. Esa fue la principal afectación que me dejó la visita del Papa Benedicto XVI a mi ciudad.

 


Por supuesto, no le achaco directamente la culpa a Su Santidad, ajeno quizás a los avatares de un mayoría de los cubanos por navegar en la red de redes con cierta comodidad (o simplemente navegar); sino a las medidas tomadas para garantizar todos los aspectos relacionados con su presencia en este archipiélago, entre ellos, un acceso de calidad a la Web a las centenas de periodistas acreditados para cubrir toda la actividad papal en Cuba, a los cuales parece habérseles cedido todo el ancho de banda del que disponían centros como las universidades que, de paso, quedamos aislados y ajenos a todo el acontecer noticioso que desde nuestra propia vecindad se genera por estos días.

Tal vez no debería ser tan egoísta y decir (no menos resignado) como el simpático dibujo animado de la serie de “Elpidio Valdés”: sí, sí, sí...to’ por Cuba; o tal y como parafraseé en una columna anterior, “todo por el Papa”.

Pero sucede que este inconveniente, por el cual un irritante cartelito en mi navegador me pide disculpas, no sólo me limita el acceso al acontecer noticioso mundial, o el placer de escribir mis columnas para este fantástico descubrimiento que ha sido Reeditor; sino que además pone lastres a mi propio trabajo, para el cual dependo en gran medida del acceso a Internet.

Claro que hablo desde mi individualidad, sin pretender minimizar con ello la verdadera trascendencia de la visita de Benedicto XVI a Cuba. Pero de esa relevancia, de los resultados de la misma, ya se encargarán de hablar los medios de prensa (nacionales e internacionales), incluso no pocos blogs; cada uno desde su propia intencionalidad, minimizando o resaltando los aspectos que entiendan les ayuden mejor a crear la imagen que, sobre este acontecimiento, les conviene presentar a sus lectores.

Por tanto, me permito hablar de lo que quizás los medios no hablen o, al menos, no ocupa los principales titulares de sus respectivas ediciones (impresas o digital), ni se conviertan en etiquetas de la blogosfera. Hablar, precisamente de esas historias individuales que uno vive o escucha, y que suelen perderse en la marea mediática que suele ocuparse del bosque y olvidar los árboles.

Así, mientras yo hago pucheros por la “Internet ausente”; los niños agradecen un día más sin escuela; o una colega de trabajo se queja por las afectaciones en el trasporte público, que la obligan a caminar más de la cuenta; mientras los “motoristas”[1] aprovechan el “río revuelto” de la falta de transporte, para sacar sus propias ganancias con el alquiler de su motos[2].

Por su parte, los fieles de iglesias protestantes miran con mala cara las pleitesías prestadas a quien no reconocen como representante de Cristo; incluso, muchos de los miembros de estas congregaciones religiosas, integrantes de los coros y orquestas que se unieron para amenizar la misa celebrada el pasado lunes 26 de marzo, fueron exonerados de participar en la misma, acorde a sus propias creencias religiosas. Los católicos, en cambio, están de pláceme. (Y yo continúo sin entender lo absurdo de estas diferencias).

Para otra gran parte de la ciudad la visita ha pasado sin penas ni glorias; solo un tema más en las conversaciones de esquina; entre discusiones beisboleras y tragos de ron; entre el retumbar de las fichas de dominó sobre la mesa de juego; entre los comentarios sobre el último capítulo de la más reciente serie pirateada; entre los chismes del diario, compartidos en una manicure en plena calle santiaguera, mientras cuidan de reojo las tropelías de los niños que alborotan por el barrio.

Otros comparten sus propias experiencias como asistentes a la misa: los supuestos sobre el destino del que osó disentir en un grito; la lluvia que no faltó; el regreso a casa, ya en la noche, luego de una larga caminata; lo mejor y lo peor de la celebración.

Todo un anecdotario colectivo e individual que matiza la segunda visita de un Papa a este ¿privilegiado? archipiélago, en menos de quince años. Historias que serán olvidadas con el transcurrir de los días, mientras que la prensa seguirá sacando lascas, para bien o para mal, de los más disímiles detalles de las más recientes jornadas.

Tal vez, entonces, solo yo recuerde el coche fúnebre que a la cabeza de un cortejo mortuorio, por una de las calles santiagueras, portaba un simpático cartel que rezaba “Aseguramiento para la visita del Papa”.

[1] Se les llama motoristas en Santiago de Cuba, a los que manejan motocicletas, llamadas a su vez, sencillamente, motos.

[2] Santiago de Cuba se caracteriza por el elevado número de motos particulares que se alquilan, “extra oficialmente”, por un precio de diez pesos cubanos; hasta cualquier sitio dentro de la ciudad. Si en La Habana son los llamados almendrones los que intentan dar solución al insuficiente parque del transporte urbano, en Santiago de Cuba son las motos las que se roban el show.