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Es
obvio que el malbaratamiento de la inmensa oportunidad histórica de estos años
-sobre todo por la magnitud de la bonanza petrolera- es tan irrecuperable como
el tiempo transcurrido. Pero ello no significa que el país haya perdido la
capacidad de recuperarse hacia el futuro, y de hacerlo, además, con verdadero
ánimo de transformación.
Y
esa esperanza de capacidad renovada no debe fundarse en el mero voluntarismo o
la mera ilusión o la mera técnica, sino que debe poner los pies sobre la
tierra, y sobre la tierra arrasada por los daños de la hegemonía roja. Acaso el
más perverso sea la exacerbación del odio social y político como estrategia
deliberada del régimen despótico.
Ese
ámbito configurado por el enfrentamiento continuo, por hacer imposible la
convivencia cívica, por el discurso de vituperio y exterminio, entre otros
factores, ha producido una explosión de violencia criminal sin precedentes que,
a pesar de sus derivaciones políticas, no pasará por obra de un solo cambio de
gobierno.
Como
tampoco pasarían las reforzadas taras de la cultura política corriente,
“ejemplos” de las cuales encontramos en la amalgama entre función gubernativa y
proselitismo partisano, o en el desempeño buscadamente arbitrario del poder, o
en la naturalidad de lo que podría llamarse el antiEstado-de-derecho. Todo lo
cual se multiplica por la ruina institucional de Venezuela.
El
imperio del populismo radical es otro de los grandes daños “revolucionarios”. Y
entendámonos, ya José María Vargas advertía sobre la molicie venezolana en
1834, pero el populismo fanático y consagrado es una realidad que tiene
secuestrada la voluntad de emprendimiento y participación de buena parte del
país.
Como
me dijera un buen paisano que apoya al comandante-Presidente: “es que Chávez
está organizando las cosas para que podamos vivir sin trabajar”... El
reforzamiento de esa mentalidad es la base del populismo radical o el masivo
engranaje de taquillas que permite agravar la dependencia personal y familiar
del Estado.
Un
aspecto auspicioso para la viabilidad de cambios sustanciales es el precio
internacional del petróleo. Pero en cambio no lo es la arrogante pretensión de
que bastan algunos arreglos técnicos bien ensamblados para poner la economía a
funcionar... Como si la experiencia de 1989 hubiera sido en vano.
La
dimensión de las tareas necesarias para que Venezuela pueda irse recuperando y
para que no sea cierto el que los daños de este tiempo ya son imposibles de
superar, es mucho más abarcadora de lo que se está admitiendo. Y habrá que
acometer esas tareas de acuerdo a las exigencias del bien común. Después de
todo, el propio papa Benedicto XVI acaba de expresar en México que el mal no
tiene la última palabra en la historia...