Cuando los medios se equivocan: rating o inmadurez

Si bien existen datos que reflejan la violencia generada en años anteriores por el narcotráfico; la pesadilla se reveló con toda su maldad cuando -el 6 de septiembre de 2006- la prensa dio a conocer que cinco cabezas habían sido arrojadas al interior de una discoteca denominada “Sol y Sombra”, en el municipio de Uruapan, Michoacán. Poco después, conocimos lo que se considera el primer ataque terrorista en México cuando, el 15 de septiembre de 2008, un grupo criminal arrojó una granada en plena celebración del Grito de Independencia, en el municipio de Morelia, Michoacán.

 

. Poco después, conocimos lo que se considera el primer ataque terrorista en México cuando, el 15 de septiembre de 2008, un grupo criminal arrojó una granada en plena celebración del Grito de Independencia, en el municipio de Morelia, Michoacán.
En el mismo tenor, el 12 de septiembre de 2008, el centro del país se impactó con el hallazgo de 24 cuerpos arrojados en las inmediaciones del parque conocido como “La Marqueza”, Estado de México. Ni cómo describir el asesinato de 72 migrantes indocumentados ejecutados a sangre fría en el municipio de San Fernando, Tamaulipas, el 25 de agosto de 2010.  

A pesar de la brutalidad de los hechos, la opinión pública no dio su voto de confianza a la acción del gobierno. En consecuencia, los criminales lograron mejores alianzas que el gobierno. En el mejor de los casos, quienes involuntariamente criticaron la acción gubernamental fortalecieron una percepción, donde la equivocada era la autoridad y no los grupos criminales.

De pronto se provocó una desafortunada alianza de facto, tal vez orquestada, fortuita o mediática entre los combatidos cárteles de la droga con los críticos y adversarios políticos del presidente y su gobierno. Unos y otros vieron en la lucha contra el narcotráfico la mayor debilidad del Ejecutivo y su mejor aliado para el desgaste político de un gobierno valiente, pero errático. Parece descabellado, pero la crítica como mecanismo de propaganda política fue más exitosa, que la estrategia de lucha contra el crimen organizado, emprendida desde el Poder Ejecutivo.

Como lo reflexiona Lucía Dammert, “muchos consideran que parte del asunto de la inseguridad mexicana es resultado de las acciones desarrolladas por el gobierno del Presidente Calderón, que luego de muchos años de negación reconoció y enfrentó la delincuencia en el país. Esta situación puede traer de la mano un debate poco constructivo, que más que reconocer las raíces sociales e institucionales del conflicto, lleven a banalizarlo como resultado de una mala decisión política”[1]. De hecho el eslogan recurrente fue “la guerra de Calderón”; “Los cincuenta mil muertos de la guerra de Calderón”; “violencia en los penales por la guerra de Calderón”; “la militarización del país por la guerra de Calderón”; y así todos los días, a todas horas y en cada momento.

Periodistas con amplio reconocimiento profesional y ético, como Carmen Aristegui,  Denise Maerker, Ciro Gómez Leyva, Joaquín López Dóriga, Carlos Marín, Luis Cárdenas, José Cárdenas,  o analistas políticos como Dennise Dresser, Lorenzo Meyer, Héctor Aguilar Camín, Sergio Aguayo, Mauricio Merino, Jorge Castañeda Gutman hasta “Brozo”, el conductor del noticiero popular “El Mañanero” fueron críticos reiterativos, insistentes y, por momentos, severos en contra de las acciones del gobierno.

En su calidad de informadores ejercieron su derecho a la libertad de expresión y actuaron con firmeza al expresar sus puntos de vista, pero, en mi opinión, faltó ampliar ese derecho hacia una reflexión más incluyente, porque son formadores de opinión pública y eso tiene un significado mayor en la construcción democrática de México. Su fuerza moral, sus argumentos también hubiesen servido para construir y forzar a todos los actores políticos a tomar la decisión de establecer un pacto nacional por el bien del país y por la seguridad de todos. Esto era encaminar, dar forma, a una crítica capaz de construir lo que le faltó al presidente.

Para José Woldenberg, en su labor diaria, los medios y los periodistas ejercen dos elementos fundamentales de la democracia: la libertad de expresión y la comunicación cotidiana con la sociedad. “La libertad de expresión no solamente es una de las libertades fundamentales sino una de las piedras fundadoras del edificio democrático. Sin ella, el resto de los derechos languidecen o tienen a hacerse imposibles. Fortalecerla, apuntalarla, defenderla, es imperativo en un régimen democrático. En cuanto a los medios nos dice que son parte de la respiración de una sociedad. Son el sistema nervioso del país. En buena medida la vida pública, con sus humores y agendas, prejuicios y preocupaciones, son modelados por los grandes medios de comunicación”[2]. Esto es a lo que Miguel Ángel Granados Chapa se refería al decir que “producir información no es un mero asunto industrial, sino que requiere del ejercicio diario de la conciencia social ante los demás”[3].

De ahí que valía la pena dar mayor contenido social a la labor de informar, a orientarla –responsablemente- hacia la formación de una mayor conciencia ciudadana. Una tendencia así hubiera permitido exigir al presidente Calderón un resultado distinto, acciones diferentes, como consecuencia de una crítica más informada; pero también hubiera exigido mayor compromiso al resto de los actores políticos representados en las cámaras legislativas, sus dirigencias partidistas, los gobernadores y presidentes municipales que son directamente responsables de la inseguridad reflejada en sus entidades y regiones de competencia. Esto no fue posible y para muchos actores de la clase política resultó bastante atractivo ver como los medios desgastaban la figura presidencial, mientras se ellos se refugiaban en el discurso de las excusas y el cinismo del dejar pasar en la lucha contra la inseguridad.

Sin duda, fue más honesta la posición de un gobierno que luchó contra los criminales, pero el desgaste de hacerlo sin saber cómo comunicarlo derivó en una percepción contraria a la pretensión de sumar aliados. Esa equivocación, ese error en la decisión, motivó que los responsables del pasado fueran los principales promotores del desgaste, los gestores de la denuncia y los actores intelectuales de todas las acciones mediáticas para evidenciar el fracaso de la estrategia de combate al crimen organizado.

A pesar de los argumentos de personas calificadas, la discusión en el país no tomo el nivel que exigían las circunstancias. Se negaron los hechos a partir de no aceptar lo que estaba a la vista y, los medios, lo obviaron; centrando sus críticas hacia uno de los actores políticos. Todos ellos saben que “la red de complicidad que penetra ya todas las esferas financieras y de gobierno inhabilita cualquier política de combate realmente efectivo contra la delincuencia bloqueando cualquier tentativa que busque desmantelar el patrimonio de las redes mafiosas que feudalizan la República y la convierten en botín de los cárteles organizados que gobiernan el país: cárteles, empresarios y políticos son socios cupulares amalgamados para neutralizar toda amenaza dirigida a la modificación del statu quo que pudiera alterar el modus vivendi de su pacto delictivo”[4].

Es honesto considerar, desde otra óptica de la libertad de expresión, que los  medios también deben poner en la balanza su participación y asumir parte del costo de la violencia que tiene al país en la desesperanza. Desgastar la figura presidencial tal vez vendía, incrementaba su rating, pero no ayudó mucho en impulsar una política de Estado, donde cada actor político asumiera su responsabilidad de rescatar a México de la violencia que proviene de la delincuencia organizada.

La libertad de expresión también es responsabilidad y no exclusivamente el ejercicio de un monólogo.

[1]Ver. Lucía Dammert. Directora Ejecutiva. Consorcio Global para la Transformación de la Seguridad. “Seguridad pública y elecciones. Revista Poder y Negocios. Año 8/ED. No 02/México. Febrero de 2012. Página 72

[2] Ver. José Woldenberg. “Comunicación Política: Medios electrónicos y algo más”.  En “Cambiar México con participación social”. Esthela Gutiérrez (coordinadora). Grupo Editorial Siglo XXI. Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). Página 332-335

[3] Ver. Miguel Ángel Granados Chapa. “Medios de comunicación y responsabilidad social”.  En “Cambiar México con participación social”. Esthela Gutiérrez (coordinadora). Grupo Editorial Siglo XXI. Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). Página 317-318

[4] Ver. Felipe Curcó. “La guerra perdida. Dos ensayos críticos sobre la política de combate al crimen organizado 2006-2010. Ediciones Coyoacán. México, 2010. Páginas 37-38

UNETE



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