. En efecto, para saber
dónde había tesoros ocultos lo enterraron sólo con la cabeza al aire rodeada de
fuego, pero el jefe indio en actitud heroica jamás reveló nada. Antes de ser
quemado vivo gritaba ¡Pachacamac! ¡Pachacamac!, invocando a su
dios, el todopoderoso e intangible como el Dios de los cristianos.
Pachacamac era considerado el “soberano del mundo”, “un dios sin piel
ni huesos", el creador de personas, plantas, animales y todo cuanto
existe. Estaba ligado a varios elementos de la naturaleza, como el agua y
fenómenos como los temblores, muy comunes en la costa pacífica del Perú. Sin
embargo, lejos de ser quien protegía a las personas de los movimientos
telúricos, era quien los provocaba y a quien había que agradar y ofrendar para
evitarlos.
Cerca de Lima, Perú, recorro el enorme e impresionante complejo. ¡Cuánta
grandeza e imponencia del pasado! Han transcurrido cerca de dos mil años y creo
que desaparece poco a poco, como para evidenciar lo efímero de este mundo.
Varias culturas ocuparon ese espacio y cada una contribuyó a través del tiempo:
Lima, Ichsma, Wari e Inca. La relación con nuestras culturas ecuatorianas de la
costa se dio sin duda alguna, pues en la Sala Museo Oro del Perú del Malecón de
la Reserva se destaca a la concha Spondylus, única en su género, proveniente de
los alrededores de Manta.
Y Aquí el mito: “Pachacamac crea una pareja pero no los alimentos, y el
hombre muere de hambre. La mujer desesperada pide ayuda al Sol, padre de
Pachacamac, para que le provea de alimentos y no correr la mala suerte de su
esposo. En respuesta el Sol le promete lo solicitado, pero a la vez la fecunda,
procreando un hijo con ella para que sea su guardián. Al conocer Pachacamac la
intervención de su padre, el Sol, furioso y muy celoso por la intromisión mata
al niño y lo descuartiza en muchos pedazos. Desolada por la desgracia de su
hijo la mujer entierra los pedazos ocurriendo un hecho prodigioso: de los
dientes del niño brota el maíz, de sus huesos, las yucas y demás raíces, de la
carne los pepinos y otros frutos. Desde entonces no se sufrió de hambre y se vivió
en abundancia”.
La época más antigua en Pachacamac corresponde a la cultura Lima, que va
desde los inicios de nuestra era hasta el año 600, aproximadamente. Las
primeras ocupaciones se iniciaron hacia el 200 a.C. Con la llegada de los Wari
procedentes de Ayacucho hacia el año 650, Pachacamac extiende por primera vez
su influencia a otras zonas de los Andes centrales. No hay evidencias de una masiva
presencia en la construcción de inmuebles, a excepción del Templo de
Pachacamac. El templo más antiguo de Pachacamac data posiblemente de los
tiempos de Tiahuanaco-Wari con los llamados “adobitos”, unos ladrillos pequeños
elaborados con una mezcla de barro y conchitas marinas. Un ídolo de madera
encontrado, que representa al dios, no era de estilo incaico sino muy anterior,
de acuerdo al investigador Alberto Giesecke (1938).
Entre 1200 y 1450 d.C. se desarrolla la cultura Ischma. Es época
de esplendor del centro ceremonial con un urbanismo de corte religioso. En este
momento se fortalece el Templo Pintado y se construyen los 15 Templos o
Pirámides con Rampa y las dos calles principales. Los Incas, al llegar al valle
(1450-1532 d.C.), establecieron nuevos centros administrativos, adecuando las
construcciones preexistentes a las nuevas necesidades. Se construyó el Templo
del Sol, el Acllawasi (para las Vírgenes del Sol), el Palacio de Taurichumbi,
la Plaza de los Peregrinos, entre otros. Alrededor de 1450 d.C., Tupac Yupanqui
viaja a Pachacamac, hace muchos días de ayuno y oración delante del templo,
rogando ser conducido hacia la presencia de su dios. Realiza grandes
sacrificios de llamas y queman muchas prendas de vestir, como era la
costumbre. A Pachacamac acudían los peregrinos de todo el Perú en
busca de soluciones a sus problemas o respuestas a sus dudas. En ese momento es
que asume este dios el papel de oráculo. El siguiente relato fue escrito por
Hernando Pizarro (hermano de Francisco) quien visitó y conoció personalmente al
ídolo de Pachacamac en 1533. Resume con mucha exactitud cómo se podía llegar a
él y consultarle:
"Este pueblo de la mezquita es muy grande e de grandes edeficios: la
mezquita es grande é de grandes cercados é corrales... Para entrar al primero
patio de la mezquita, han de ayunar veynte días: para subir al patio de arriba,
han de aver ayunado un año. En este patio de arriba suele estar el obispo:
quando suben algunos mensajeros de caciques que han ya ayunado su año, á pedir
al dios que les dé mahiz é buenos temporales, hallan el obispo cubierta la
cabeza é assentado. Hay otros indios que llaman pages del dios. Assi como estos
mensajeros de los caciques dicen al obispo su embaxada, entran aquellos pages
del diablo dentro de una camarilla, donde dicen que hablan con él; é quel
diablo les dice de que está enojado de los caciques; é los sacrificios que se
han de hacer, é los presentes que quiere que le traygan".
Hernando Pizarro y sus compañeros provenientes de Cajamarca buscaban
tesoros que en el santuario de Pachacamac habían en cantidades, querían
completar el botín para el rescate de Atahualpa, pero, ya los indígenas habían
escondido las joyas más emblemáticas. Por ello hicieron pedazos el ídolo
principal de madera; lo ubicaron al violentar una pequeña cámara situada en la
cima del llamado Templo del Sol, una estructura arquitectónica de factura
incaica y la más extensa de las construcciones que conforman Pachacámac. Luego
quemaron y destruyeron lo que les vino en gana. Con el arribo del arqueólogo
alemán Max Uhle al Perú entre 1895-1896, se inician los trabajos de
investigación científica. Uhle comienza su labor en Pachacámac en febrero de
1896 y concluye en diciembre del mismo año. El resultado de sus trabajos de
campo fue publicado por la Universidad de Pensilvania en el libro Pachacámac
(1903). Luego investigaron George E. Squier, Adolph Bandelier
y Ernst Middendorff.
Pero la principal fuente de evidencias arqueológicas de Pachacamac
corresponde a Uhle que excavó al pie del Templo Pintado; el informe contiene la
más grande colección de entierros envueltos en finos textiles multicolores con
la técnica y decoración propia de los Wari de Ayacucho. A esta zona
arqueológica de Pachacamac de 465 hectáreas llegan cada día cerca de
500 turistas. Lo visitan niños, jóvenes y adultos mayores del Perú y de los más
diversos lugares del planeta. Todos quedamos absortos ante tanta grandeza del
pasado. ¿Cómo habrá sido en momentos de su máximo esplendor? La
respuesta la dan los cronistas: Primero los curacas, cual verdaderos reyes que
imponían su voluntad en ese centro político y religioso para todo una gran
imperio. Casi al final los incas: Tupac Yupanqui, Huayna Capac, quizá Huascar, y
Atahualpa hasta su ocaso el 29 de agosto de 1533, en manos de un audaz y
desesperado aventurero, “cuando obscureció en la mitad del día”. Aunque el
Cusco era el centro político, en Pachacamac los reyes debieron haber sido
inalcanzables, intocables, invisibles y divinos en esos interminables
aposentos, desde donde se ejercía el control religioso del gran imperio que
comenzaba en el río Angasmayo, al sur de Colombia, se extendía por el actual
Ecuador, proseguía por el altiplano boliviano y llegaba hasta el sur de
Santiago de Chile y parte de los territorios de Argentina.
Una sensación de pequeñez se siente en el ambiente, en el polvo que a ratos
se levanta, y de un paso raudo del tiempo, quizá para nada, para ser escombros,
difíciles de imaginar en momentos de máximo apogeo, esplendor y belleza. Más
allá, Lima, que tiene fresco el recuerdo de su derrota en Chorrilos, enciende
las primeras luces de la tarde y se apresta a los sones, para festejar, como
siempre, el término de un día más...
César Pinos Espinoza