. Algunas personas insisten con la vista en
tratar de hallar la fuente del repiquetear, mientras sus manos hurgan en los
bolsillos. De pronto, desde el otro extremo del parque llega un sonido similar,
como eco que naciera desde lo más profundo de
una cueva. En un instante, un concierto metálico se apropia de bancos y
arboledas, una controversia entre hierros que en su conversación recorren
múltiples sonoridades en las que se adivinan los remiendos de una cultura
sonera, la clave cubana.
Ambos sonidos se acercan desde sus
orígenes, el oleaje sonoro se va confundiendo en un único tableteo de metales
hasta convertirse en uno solo cuando se cruzan en el camino. Pudiera pensar el
público que asiste fortuitamente a este duelo, que la escena que le sigue
emulará con los mejores filmes del oeste; y ya hay quien escucha en sordina la
filarmónica, y hace un close up de
los ojos de los duelistas. Pero la sangre no llega al río, los revólveres no
abandonan las cartucheras, y el único gesto que se inicia por parte de ambos
contendientes es un alzar de barbillas a modo de saludo, mientras alzan sus
finas varillas metálicas y las descargan, casi al azar, sobre el pequeño trozo
de metal que descansa contra la también metálica superficie de la lata.
Cada hombre sigue por su lado y unen
al coro de metales la voz que convida: Maní, maní, maní.
Escenas como esta se viven a diario
en calles y parques de Santiago de Cuba. La ciudad se ha visto inundada de
maniseros que se acompañan de latas medianas, a las que hacen una abertura en
su costado inferior para colocar brazas de carbón, y así mantener bien
calentitos los cientos de cucuruchos de maní que llenan el interior del envase.
Como ha sucedido con otras inventivas
populares (los bicitaxi, los dispensadores de “coppelitas”, etc) los vendedores
de maní se han reapropiado de esta tecnología tradicional y ya son pocos los
que no anuncian su producto con el golpeteo metálico.
A veces se congregan en un mismo
sitio varios de estos maniseros y se puede entonces disfrutar de un simpar
concierto en el cual, oídos dotados de musicalidad, serían capaces de
identificar las preferencias rítmicas o las aptitudes musicales de cada
expendedor.
Quizás se extrañe ese ingenio popular
del pregón, inmortalizado en la voz de dos grandes de la cultura cubana como Rita Montaner y Bola de Nieve, pero no
se puede negar el espacio que ha ido tomando este repiquetear de metales en la
ciudad; a fin de cuentas, pudiera ser este rítmico aullar metálico una nueva
forma de canto, reconocida ya por el pueblo, como el preludio de un calientito
y rico cucurucho de maní.Esta columna también ha sido publicada en Santiago en mi