. Hace más de media hora que aguardo a
que Ella culmine el turno de clases, pero las notas en sordina de un piano tras
la puerta cerrada no dejan de sonar, bajo la voluntad de las manos que espero.
Las piernas no hallan consuelo en posición alguna y se desesperan más que yo.
Camino de un lado al otro del largo pasillo del tercer piso, lentamente, como
si tuviera que pensar cada movimiento; así trato de engañar a mis extremidades
con renovados flujos de sangre. Luego me detengo y levanto mi pie derecho sobre
uno de los maderos horizontales de la baranda que limita el pasillo del abismo
de tres pisos. De inmediato mi pie me lo agradece en un oleaje de nervios
relajados por el gesto.
A unos metros de mí dos niños de unos diez años, ensucian el rojo
de sus pantaloncillos escolares contra los mosaicos polvorientos. Sin nada
mejor que hacer les dedico una ojeada.
Uno es blanco, muy delgado, con un rostro hermoso como el de una
niña, y un pelo descuidado que cae en un largo cerquillo sobre su frente. El
otro es mulato, también delgado y una pequeña mancha de un tono claro en la
barbilla; es quizás un poco más alto que su acompañante. Este registra una
mochila, saca de su interior una libreta y se la alcanza a su compañero quien
al tomarla, ve deshacerse el cuaderno entre sus manos.
Ríen los pequeños por el breve desorden, mas no se apuran por
recoger las hojas sueltas que quedaron desparramadas sobre el piso. De pronto
el de la barbilla manchada dice algo al del cerquillo, pero desde donde estoy
no puedo definir qué; aunque por la amplia sonrisa que se dibuja en su rostro y
el gesto afirmativo de la cabeza se deduce que llegaron a un acuerdo.
Entonces cada uno toma una de las hojas sueltas que permanecen
regadas sobre el suelo y, casi al unísono, se inclinan sobre ellas. En un gesto
automático, cargado de curiosidad, también me inclino un poco, apoyando mi codo
sobre el barandal, para seguir mejor los próximos movimientos de mis vecinos.
Muy concentrados, los niños hacen y deshacen dobleces en el papel,
mientras trato de adivinar cuál será el objetivo de tales manualidades. La duda
solo duró unos segundos; el más alto de los dos se levanta de un salto con un
avioncito de papel entre sus manos, enseguida su compinche hace lo mismo. La
sonrisa no se borra de sus rostros, mientras se acercan a la baranda, y el
último de los constructores lanza su aeroplano hacia el abismo. El aparato se
eleva ligeramente y luego cae en picada hasta morir estrellado contra las ramas
de un árbol vecino.
A pesar del fiasco del primer vuelo el niño ríe y convida a su
colega a poner en vuelo su propio artefacto. Sin mayores razones, el pequeño de
piel mestiza lanza su propio avión. Este logra planear unos centímetros y luego
se pierde de mi vista tras la fronda del mismo árbol devorador de avioncitos de
papel. Por el recorrido que llevaba en su vuelo y la picardía en los ojos de
los niños, adivino que el segundo de los coheticos no tuvo mejor suerte que el
de su antecesor.
Los pequeños regresan corriendo a su puesto de fabricación y
arrancan otras hojas a la libreta deshecha. Espero que no sea uno de los
cuadernos del año en curso, pienso mientras observo las nuevas maniobras
constructivas de los pilotos.
Una y otra vez los infantes construyen nuevos aeroplanos y lo
envían a imaginarias misiones de las cuales ninguno de los aviones regresará.
Una y otra vez los trozos de papel modelado caen estrepitosamente sin haber
dibujado una trayectoria que pudiera denominarse vuelo. Por mi parte trato de
fabricar en mi mente mi propio avión, pero me doy cuenta que no recuerdo los
pasos necesarios.
Mientras tanto los aeronautas insisten en sus intentos; de pronto
uno de los modelos fabricados parece funcionar. Tras un breve impulso sale
disparado y luego de delinear un semicírculo en el aire cae a uno pocos pasos
de su constructor, el más pequeño de los dos.
Con evidentes muestras de alegría los niños corren hacia el
exitoso pedazo de papel. El del cerquillo lo toma en su manos y se dispone a
lanzarlo, pero su cómplice le dice que espere y se aleja corriendo uno metros
para regresar enseguida con una mano extendida con un raro gesto, como su
sostuviera entre sus dedos una flor invisible.
Me inclino más hacia adelante y fijo mejor la vista para adivinar,
más que ver, el nuevo objeto de la atención de los imberbes pilotos: una
hormiga. Imagino que se trata de una de esas llamadas “bibijaguas”, mucho más
grande que las otras, pues solo así podría explicar el haberla podido
distinguir desde mi posición, entre los delicados dedos infantiles.
El caza-hormigas cruza su brazo por sobre los hombros de su amigo
mientras coloca al minúsculo insecto entre los pliegos del papel. Se miran con
divertida complicidad y de inmediato hacen despegar la aeronave con su
improvisado piloto al mando.
El papel se eleva por el aire, dibuja una ligera curva y comienza
un descenso leve, pausado, describiendo una amplia espiral hasta posarse boca
abajo en un charco de agua formado durante una lluvia ya olvidada.
Los niños estallan en júbilo, hacen simpáticos bailes y comentan
entre sí sobre los detalles de su hazaña aérea. Desde mi rincón comparto
silencioso su jolgorio con una amplia sonrisa y gestos de aprobación con la
cabeza.
De pronto a mis espaldas se abre una puerta y Ella aparece. Tan
concentrado estaba en las travesuras de los pequeños, que no sentí cuando el
piano calló definitivamente. Me roza los labios con un beso y me mira con ojos
curiosos, como preguntando la causa de la sonrisa que aún adorna mi rostro. Le
indico con un breve gesto de mi cabeza a los dos niños que se alejan en sentido
contrario, con los brazos entrecruzados por sobre sus hombros. Ella levanta los
hombros incrédula, sin entender del todo mi mensaje. Yo la beso, la tomo de la
mano y caminamos hacia la escalera más cercana.
Ni los niños, ni Ella, ni yo, dedicamos una última mirada al pobre
avión que absorbe humedades en el suelo, sobre el cuerpo inerte de la hormiga.