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Siglo XXI, la familia en crisis


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19/03/2012


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Nunca imaginé que terminaría defendiendo,  por una necesidad de supervivencia, elementos propios  y tradicionales de la vida en sociedad del Siglo XX, en la época de la pre-dictadura, cuando temas como la familia, la mamá en casa, el hombre en el trabajo, eran formas de vida y organización social que en nuestra juventud  no se cuestionaban , que eran el hábitat normal  en donde se desenvolvía la vida, la configuración natural de las familias, fuesen éstas más pobres o más ricas, porque había un sentido similar en cuanto a objetivos afectivos y materiales. 





Una mujer y un hombre se unían en un matrimonio obviamente heterosexual,  con un proyecto permanente en el cual  fundaban la esencia vital de los afectos y el deseo,  para procrear, vivir juntos y apoyarse en las buenas y en las malas, en salud y en enfermedad, para  formar y dejar una descendencia lo más unida posible, con hombres y mujeres de bien que continuaran la labor silenciosa de hacer comunidad, de hacer país, de hacer Patria. Ese fue el sentir de mis abuelos, de mis padres y de mi compañera y yo como pareja, cuando llenos de utopías nos asomábamos a los años setenta.





¿Porqué hoy la familia se percibe descuidada por un pseudo progresismo que ha relativizado instituciones como el matrimonio?  ¿Porqué los valores tradicionales de familia en que nos formamos hoy sufren el embate de invasivas tendencias al libertinaje? 





Explicaciones puede haber muchas y lo que aprecio es una recurrente reacción pendular en la sociedad, que pasa de etapas de oscurismos a otras de destapes rupturistas, hasta encontrar términos medios de relativa sensatez. En el franquismo los españoles sufrieron la represión conservadora que el fascismo instaló después de la guerra civil; el destape ulterior en la transición fue abrupto y transgresor, rechazando la idea de familión unido que tenían los españoles, la cual se adscribía al ethos conservador, aunque en realidad solo fuese parte de la idiosincrasia, tal cual se ha dado con los italianos. En forma parecida, en Chile, los sesenta abrieron expectativas de cambios sociales, la dictadura fue un gran golpe cultural sobre las comunidades de base. Sobrevivir exigió a las familias sacrificios e ingenio. La gran crisis de cesantía de los ochenta detonó no sólo las protestas sociales por la libertad y la democracia, sino que también  rompió la concepción patriarcal de familia, donde el padre proveedor debía cubrir tradicionalmente  el sustento y la mujer, prioritariamente, criar y educar los hijos. 





En medio de la tromba de los ochenta, un feminismo revanchista aparece en el espacio social con aires de progresismo frente a una  supuesta opresión machista, que habría limitado el desarrollo de las mujeres. Respetable posición si  no hubiese conllevado un sentido rupturista con el hombre y la negación de la complementación natural de hombre y mujer. El fundamentalismo feminista se pasó al extremo opuesto  y perdió el norte en cuanto a equilibrio de la pareja, desmereciéndose el  matrimonio  por ser una institución conservadora y un espacio que dejaba a la mujer sometida al marido, lo cual no era muy real porque siempre existió la separación de bienes como alternativa de la sociedad conyugal. 





Esto se fue dando en el contexto de la crisis social, la mujer debió salir a cubrir la cesantía del hombre, pero, de allí en más se tomó como normal y necesario que ambos trabajaran.  El hombre se sacó el peso de ser el soporte proveedor de su familia y exigió que la mujer aportara con su trabajo fuera de casa. Culturalmente eso fue un gran remezón y el feminismo fundamentalista dejó a las mujeres en peor posición, porque el hombre se desligaba de su rol tradicional. Por otra parte,  la inserción laboral de la mujer conllevó también una actitud de rechazo cultural a lo que había sido el noble rol de madres, dueñas de casa. Las propias madres que enviaban a sus hijas a la Universidad lo hacían con la consigna de que llegar a ser profesionales las excluiría de las tediosas labores domesticas. ¿Dónde los hijos entonces? 





Es cierto que en los ochenta hubo en la sociedad preocupaciones mayores en las que focalizábamos las energías. Buscábamos generar condiciones para un mundo más justo, se imaginaba una sociedad equitativa, pero sin preocuparse mayormente de lo obvio, de las relaciones afectivas y físicas de hombres y mujeres, y poco a poco el clásico compromiso del hombre de sustentar la crianza y educación de los hijos, de asegurar las condiciones básicas para ser felices, para desarrollar familia en un ambiente sano, positivo, seguro y alegre, se fue desperfilando. Los matrimonios fueron reduciéndose, la tendencia a las rupturas aumentó. Y con ello hubo tornados de inseguridad afectiva en los niños que crecían.





Es así como en medio de estas tendencias, se abren los noventa con un cambio de roles y con un vacío serio en la crianza de los hijos, quienes van a acceder a más cosas, pero menos relación afectiva y formativa con ambos padres. Una actitud permisiva cruza esas familias y los jóvenes se sienten desorientados. Era la sociedad que evolucionaba, con desviaciones culturales hacia posiciones dogmáticas de género, que incentivaban una posición antagónica de las feministas con los varones, a quienes culpaban de invisibilidad y opresión, asimilando este concepto con la atención de hijos, familia y labores domésticas. 





En la sociedad del siglo XXI muchas más son las amenazas que apuntan a la familia. El mayor problema es que los jóvenes actuales son más hedonistas, priorizan sus intereses personales, mantienen bajos niveles de compromiso, el tema patrimonial de las parejas es un tema sensible y el matrimonio muchas veces se pospone o se evita, prefiriendo las parejas convivir sin mayores obligaciones recíprocas y los hijos en estos escenarios, quizás no lleguen a tiempo.

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Periodismo Independiente, Hernán Narbona Véliz, 18 de marzo de 2012.







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