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Marketing político y binominalismo


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16/03/2012


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La concepción autoritaria que se viste de democracia es la peor de las mentiras que empantana a nuestra sociedad, ya que el ciudadano no es visto como sujeto crítico  de la polis,  sino como un consumidor pasivo del producto político que generan los comités creativos y que  colocan en el mercado, territorial o sectorialmente, los operadores políticos. 





La publicidad engañosa, el consignismo barato, las imágenes prefabricadas, el efecto multiplicador de los medios que venden sus espacios al mejor postor, buscan asignar a determinados personajes públicos cualidades que nunca tuvieron, ocultando sus errores  con inusitados blindajes que se montan al máximo nivel internacional.





En la mascarada electoral del binominalismo, los partidos son espacios de poder que constituyen un verdadero oligopolio. En ellos se concentran las designaciones de candidatos. Salir como independiente para algún cargo es casi utópico, todo está hecho para que el poder se lo repartan los dos sectores oficiales.





A través de la farándula que conlleva el marketing político se posicionan rostros, todo se construye con slogans, se elude el debate, no hay una tabulación transparente de cómo ha actuado un candidato, ninguno se hace voluntariamente el test de la blancura, como podría ser la declaración de intereses o un examen de pelo para excluir el consumo de psicotrópicos. Nadie sabe a ciencia cierta quién es o qué hace cada candidato.





 La democracia es penosamente una dedocracia, con caudillos y tribus que actúan como sectas al interior de los partidos, con reticencia a exponerse, con primarias que han sido vergonzosas,  una mera forma de lavarle la cara a la falta de representatividad que conlleva el sistema.





Un puñado de militantes tiene el derecho de nominar candidatos a Alcalde, a Concejales, a Consejeros Regionales, a Diputados, Senadores y Presidente de la República.  Cuando salíamos del régimen militar, a través del Plebiscito de 1988, la civilidad estaba movilizada, luchando por el retorno a la libertad. Pero, en la transición amañada, las élites concertacionistas que monopolizaron el poder, fueron premeditadamente desmovilizando a la civilidad y amarrando sus redes y sus parcelas de poder, sumamente cómodos en el binominalismo. Y lo hicieron desplegando un marketing político que vendía una pseudo izquierda democrática, pero que en los hechos reales resultó más entregada a los intereses multinacionales que las propias fuerzas opositoras herederas de la dictadura. Recuerdo que el cantautor Oscar Andrade los denunciaba diciendo que escriben con la izquierda , pero cobran con la derecha.





 El marketing político en la sociedad mediática de los noventa tapó grandes escándalos de corrupción, genero mitos urbanos respecto a determinados personajes políticos que a la hora de la verdad fracasaron. Frente a este espectáculo, sólo escasas voces alternativas persistieron denunciando a las máquinas corruptas. La colusión de la Concertación con los medios oligopólicos significó que dejaran caer medios de prensa valiosos, como fuera el Diario La Época, las Revistas Hoy, Análisis, Apsi, Nueva Voz;  las radios que habían servido de canales de comunicación para la disidencia contestataria durante los ochenta. Para un candidato “renovado” y  “con fines de lucro” aparecer en El Mercurio o La Tercera era tocar el cielo y eso explica la alianza tácita de la Concertación con estos medios durante los 20 años de gobierno.





La llave que tiene el marketing político para colocar un producto es el dinero. Una campaña para Senador se estima que cuesta unos 50 millones de dólares. Una campaña Presidencial mucho más. El gran riesgo de nuestra sociedad es el oscuratismo que rodea el financiamiento de las campañas políticas, donde nadie sabe el origen de las platas y ellas podrían fácilmente derivar de ilícitos, como el narcotráfico o actos de corrupción.





 El Estado y las instituciones se ven ocupados por grupos de poder que se enquistan en el sistema binominal con lealtades sectarias y así, la democracia profunda, participativa, que procura relaciones más justas para todos los habitantes del país, sufre la estafa constante de esa llamada clase política oficial. El descreimiento y el repudio que generan sus manejos, lleva al sistema democrático a precipicios de alto riesgo. Basta con escuchar las propuestas anti Estado de los dirigentes sociales jóvenes para darse cuenta de la confusión y anarquismo que se produce como respuesta visceral a la manipulación mediática de  masas que organiza el marketing político para vender buzones.





Con el ímpetu e independencia de la juventud, las generaciones jóvenes actuales ven que el sistema globalizado ha generado alianzas estratégicas sórdidas de élites políticas con intereses multinacionales y que sirven a esos patrones antes que al interés colectivo.  El resorte de la rebelión puede ser desgastador porque el sistema actúa como un sólido bloque impermeable.





En el marketing político aparecen discursos encendidos de cambio, pero, a la hora de la verdad,  en la trastienda, los controles y el mando altamente concentrados, frenan las buenas intenciones de abrir espacios. Por ello, para ese poder tras bambalinas la democracia representativa  podría ser una opción descartable, dado que, si la situación rebelde amenazare los pilares del sistema, el pragmatismo mediático pasaría sin asco a los planes B del autoritarismo.





La democracia profunda, sin embargo, comienza a incubarse a partir del desencanto y el cansancio. La desconcentración del poder conlleva redistribución de la riqueza y potenciar los gobiernos locales y regionales. La generación de candidatos provenientes de la sociedad civil y no de los partidos es un ejercicio difícil. La fortaleza potencial de los nuevos 4 millones de personas que pueden votar podría ser una gran sorpresa, con liderazgos genuinos y no prefabricados. El marketing político que nos vende pomadas debería retroceder, pero todo depende de un cambio cultural y conductual de los nuevos ciudadanos y de su grado de compromiso para asumir responsabilidades y deberes y así mejorar las cosas, negociando con inteligencia una mayor transparencia en las contiendas electorales que se vienen.

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Periodismo Independiente, Hernán Narbona Véliz, 16 de Marzo de 2012.













Una mirada libre a nuestro entorno

Etiquetas: anarquismo, anticorrupción, civilidad, Crisis, democracia profunda, desencanto, política, sociedad, transparencia



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