. De pronto, aparecen en un bar, sentados, o tal vez, por
qué no, en una mesa familiar, quizás nadie los invitó pero están. Ellos, tan
llenos de ínfulas, encuentran ante la cercanía de cualquier ser la posibilidad
de hacer su monólogo sobre fútbol. Porque hablar es otra cosa, es mostrar
alguna disidencia en lo que se plantea, construir vagamente algo, un concepto,
idea, una noción que quizás no dura dos minutos, pero es. Con ellos, el mapa es
disímil, peor aún con ese tonito entrecortado, sucio, te golpean el hombro y
clavan su daga, esa frase que ya no quiero volver a escuchar: pibe, vos no sabés nada de fútbol, fútbol
era el de antes. Ya de escribirla, viendo esta frase en la notebook sale lo
peor de mí, apreto el puño, saco la cabeza por encima de la pantalla, respiro
unos segundos y vuelvo a colocar la imagen en el texto. Idiotas a la milésima
potencia, sarta de inútiles.
Ellos, siendo minoría, parecen argumentar,
desde vaya uno a saber, un sentir popular que sólo contienen verdades en las
venas y no encuentran mejor modo que estigmatizando, mediante una variable tan
soez como la edad, a cualquier atisbo de resistencia a esas indicaciones
precarias, eso sí, debo admitirlo, vendidas como cualquier chiche tecnológico
que irrumpe en el mercado. Pero precarias, igual, a mí, que luché contra ellos
infinidad de oportunidades no me van a engrupir. En cualquier charla con los que a continuación
tildaremos de “ellos”, tan incontinentes, desde un atril imaginario te señalan
y mascullan una pregunta: pibe, a vos te
debe gustar Bielsa ¿no?, con una
mueca sobradora, diciendo por dentro mirá
estos pendejos, no paran de comerse ese chamuyo. Y uno siente que la lucha
empezó, que por un deber, configurado como moral debe estructurar en su mente
las anotaciones mentales que ya utilizó alguna vez cuando estuve en presencia
de estos seres. ¿Por qué todavía existen? ¿Por qué? Habrá que defender al
prócer rosarino una vez más, hablar de la revolución futbolística que causó en
México y Chile, de innovaciones tácticas que tipos, ultraganadores como
Guardiola han valorado y asumido en su propio trabajo, en fin, cumplir con la
tarea de no convencer a estos seres incapaces de una comprensión sino para un
mismo, como un cumplido personal.
Y
este muchacho, mucho entrenamiento pero nos fuimos en la primera ronda del
Mundial. Es una estocada que, de tanto decirla, en el caso particular ya no
llega con la misma profundidad. “Ellos”
defienden un fútbol que nos hacía pasar papelones afuera, un fútbol de mierda,
lento, bohemio sin sentido, una reverenda cagada. Desde perder 6 a 1 con
Checoslovaquia en el 58 hasta no clasificarnos en el Mundial del 70, emergen
sin pensar algunos ejemplos, debe haber muchos más. “Ellos”, tan sueltos de cuerpo largan Messi hace 40 años no iba ni
al banco. Es la repetición de clichés que algún malparido dijo hace décadas y
como si fuese un Mahoma en nuestras pampas, tratan de evangelizar con estos
mandamientos, de resultado nulo, a cada sujeto que, por mala fortuna se les
sienta adelante. De vez en cuando veo a alguno con un micrófono adelante que se
atreve, con una inconsciencia sideral, a machacar sobre las mismas ideas, de
que el fútbol ya no es lo que era, que esto, que lo otro, pero a fin de mes
cobra un cheque bien cargado del mismo fútbol que dice aborrecer. Estoy seguro
de quien lea estas líneas debe acompañar este sentimiento de rechazo excesivo
para este tipo de individuos, que formulan irrealidades, submundos, todo por mantener
su estrechez existencial a costa de dañar al resto. No sólo es un sentimiento
individual, hay algo más, una molestia que debemos extirpar a partir de un
esfuerzo colectivo, en ridiculizar a estos sujetos en cualquier espectro que
aparezcan, hacerlos sentir inútiles, que no tengan otra alternativa que seguir
recluyéndose aún más, escondiéndose de la vergüenza que significa nada más y
nada menos que ser como “ellos”.