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Es la segunda ocasión que un Jefe de Estado del Vaticano visita
nuestro país, luego de la realizada durante cinco días por Juan Pablo II en
1998. En esta ocasión la presencia del Sumo Pontífice coincide con la
celebración del Año Jubilar, decretado por el Consejo de Iglesias de Cuba, con
motivo del aniversario 400 del hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad, patrona de
nuestro país.
Desde el anuncio oficial de la visita de Benedicto XVI, no pasa un
día sin que el tema sea mencionado, ya en medios de prensa oficiales como en
otros sitios de la web y en cada una de las calles cubanas.
Cada quien asume este acontecimiento desde sus propias creencias y
convicciones. Al discurso oficial sobre la visita, dado a conocer en un Editorial del órgano
oficial del gobierno cubano, se oponen otras
posiciones, tan respetables como cualquiera que nazca de la razón y la defensa
del derecho a disentir. Pero, más allá de las controversias que pueda
desatar, de las expectativas de unos y otros, no cabe duda que la presencia del
Papa en Cuba ya se vislumbra como uno de los hechos relevantes de este aún
joven 2012.
Mientras tanto, en Santiago de Cuba y La Habana el suceso se vive con
una intensidad diferente al resto del país. Se reparan edificaciones y arterias
involucradas en la estancia del Sumo Pontífice en estas ciudades; se incluye la
restauración del Santuario de la Virgen de la Caridad, en el poblado
santiaguero del Cobre; del inmueble que ocupa el Arzobispado de Santiago de
Cuba y la construcción de los escenarios donde Su Santidad celebrará las misas.
En los centros de trabajo, de estudio, en los barrios, se
coordinan las acciones a desarrollar con vistas a dar la Bienvenida al visitante
y la posterior participación en la misa a celebrarse en la Plaza de la Revolución Antonio
Maceo, el propio día 26 de marzo.
Las iglesias de denominación católica de la ciudad adornan sus
fachadas con carteles y telones alegóricos al acontecimiento y no pocas casas
se suman a este multicolor festín.
Lo cierto es que, hoy por hoy, la visita del Papa, y todo cuanto
se mueve alrededor de la misma, está en el centro de la mira de los cubanos, quienes,
sin renunciar jamás a la jocosidad que los caracteriza y que ha llevado a algún
“reconocido sabio maestro” a afirmar que los cubanos “toman en serio los
chistes y hacen chistes de lo serio”, achacan a la visita del máximo exponente
de la iglesia católica cuanto bien o mal les ocurre por estos días.
De esta forma, si tiene lugar un apagón en la ciudad es porque
están “trabajando en lo del Papa”, si cierran el tráfico de una calle es porque
la repararán “para cuando el Papa”, si bajan las temperaturas es para aliviar
de calores al Papa, e incluso, luego del reciente sismo que sorprendió a los
santiagueros en la madrugada del sábado 10 de marzo, hubo quien comentó entre
risas que tembló la tierra en Santiago para que no tuviera lugar un sismo
durante a la visita de Su Santidad, a lo que alguien de mayor picardía agregó
que se trató de un “ejercicio programado” para probar la resistencia de la capilla
a cielo abierto que se construye en “la Plaza”.
Más allá de bromas, a menos de una semana del arribo de Benedicto
XVI a tierras santiagueras, este acontecimiento ocupa toda la atención no solo
de los cubanos, sino de buena parte del mundo. De uno y otro lados se alimentan
expectativas sobre lo que dejará o no la visita del máximo representante de la
Iglesia católica. Mientras tanto, quizás comparto más la posición de ese vecino
quien, abrumado por la lluvia mediática que desata este suceso, dice en un
rezongo: “tengo unas ganas de que el Papa llegue, visite y se vaya de una vez…”Esta columna también está publicada en Santiago en mi