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De La Libertad a Montañita Internacional


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13/03/2012

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Es una nueva aventura. Esta vez desde el populoso puerto principal Guayaquil con dirección a la tierra de los gigantes de Sumpa, la península de Santa Elena, hoy provincia número 24 del Ecuador. Ya por la ruta y en las afueras del puerto, veo que un pequeño grupo de personas discuten algo en torno a su empresa: un gran montón de fundas de basura; junto a ellos varias viviendas de pobreza evidente y calles llenas de desperdicios y caos sanitario. Es el otro rostro de la populosa ciudad de Guayaquil.






Hablando de extravíos

Vuelvo a la Península a los 30 años y todo se muestra diferente. La red vial a partir del eje de cuatro carriles es excelente, pero la veo confusa, creo que conduciendo un vehículo me perdería en menos de lo que canta un gallo, como sucedió una mañana hace varias décadas en el Cajas desde la Luspa, apareciendo de modo inexplicable en horas de la noche, como magia, como un pañuelo desde el sombrero de un mago, lo que ya contaré en su momento. En el interior del confortable bus veo la película “¿Para qué vivimos?” Me preocupa un poco. Es que sería muy grave no saber para qué estamos en este mundo. No sé si sea mejor  ignorar, como la avestruz su realidad escondiendo la cabeza, queriendo o sin  querer, para no sufrir, aunque de todas formas éste sufrimiento se presente con muchas caras que a veces no las podemos entender, por profundas e insondables…

El sol brilla en todo su esplendor, el cielo está completamente azul, los cultivos, el agua, los frutales, las fincas, los ceibos con sus tétricas figuras de sequía, las palmeras, los pastos, el bosque nativo, los mangos, los platanales, todo es un nuevo mundo diferente al de ayer. Pero continuamos, siempre buscando como el hombre antiguo, el camino del mar.





Recorriendo La Libertad

La Libertad a la vista. ¡Qué diferente!  Ahora una ciudad grande, con avenidas, edificios altos y nuevos, tráfico intenso y ya conurbada con Salinas un poco más allá, éste quizás el balneario más hermoso de la costa del Pacífico sur, herencia del auge petrolero y de la pujanza industrial y comercial. En La Libertad camino a tempranas horas de la noche, no conozco a nadie ni nadie me conoce, y junto al mar las olas golpean fuerte y las luces de los pequeños barcos de pesca titilan en su mundo de siglos, mientras las risas juveniles de Peter, Pepe, Elenita, Chicho, Raúl y otros amigos y amigas de hace décadas emergen del recuerdo junto al Salón Hong Kong de noche, o de día cuando llegaban las chicas de su colegio en Ballenita, o los futuros marinos y pilotos que saludaban amistosos con nosotros para hacer planes, y años después, cuando el Jairo Vallejo emprendería una verdadera hazaña o locura al cruzarse a nado desde la playa hasta un barco, causando admiración aún a los propios tripulantes. Recordaba que sentados junto al salón luego, esperando al Jairo, una mano tocaba mi espalda, era Elenita que a los tiempos asomaba, con la misma sonrisa y verdor de sus ojos de siempre.

Prosigo mi camino desde La Libertad hacia Santa Elena, con su hermoso parque y el monumento a Rocafuerte, primer fundador, y a la Madre, heroína de siempre; enseguida Ballenita, San Pablo, Monteverde, Jambelí, Palmar, Ayangue, San Pedro, Valdivia, Libertador Bolívar, Cadeate, Río Chico, Manglaralto y por fin Montañita.





En Montañita de todo

Montañita es un mundo diferente, de turismo puro, todo allí invita al abandono de preocupaciones personales o existenciales. Los que llegan viven su propia vida y disfrutan “como si el mundo se fuera  a acabar”. Arriban de todas partes, cada loco con su tema: unos con tablas de surf y cuerpos bronceados; otros, “hippies”, que elaboran y venden manillas y adornos simples y a veces bonitos, que viven de eso y del gozo diurno y nocturno que brindan la playa y las discotecas y los bares, como que no temen ni deben a nadie. No faltan los que venden refrescos, golosinas, caramelos y pequeñeces, humildemente. Algunas chicas se pasean en cuadrón por la playa con trajes pequeñitos “dando bola” e inquietando, incluso al hombre maduro y barrigón que descansa recostado en la arena junto a su consorte muy del siglo pasado. Una chica colombiana me ofrece lindos recuerdos en la playa, digo souvenirs y seguramente se ha olvidado de sus padres que todavía le esperan en algún rincón de su tierra paisa, en fin, de todo. Yo observo y callo.





Península con historia milenaria

Mi cámara funciona, y no falta quien me pregunte, quizá por verme solo, qué hago. Les digo que estudio la posibilidad de buscar tesoros de piratas en la Isla de la Plata, y luego saber más sobre las culturas antiguas de esas tierras: Las Vegas, Valdivia, Machalilla, Chorrera, Manteño, Guangala…todo un mundo maravilloso de antes de Cristo y comienzos de nuestra era, como lo que muestra el museo de Los Amantes de Sumpa. Les digo que recorro solitario desde el extremo sur de América, asombrado y confundido por las historias, lejanas en el tiempo.

Y cae la tarde. Los turistas recogen sus cosas y se alejan de la playa. Yo me encamino a mi lugar en el hotel y entonces comienza la bulla nocturna de discotecas y bares, al tiempo que el mar se enfurece y golpea las rocas que protegen el balneario. A la madrugada todo es silencio y soledad, sólo el mar protesta e imperturbable recuerda a todos que es la única fuerza poderosa e incontenible, que proporciona placer pero también si se le ocurre, graves momentos de dolor. Retornaré a los museos de Valdivia y Los Amantes de Sumpa. Esa es otra historia.





César  Pinos Espinoza





Etiquetas:   Viajes

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