.ciudadseva.com/">Luis López Nieves,
es un cuento en el que se reescribe la historia de la invasión de Puerto Rico
por las tropas norteamericanas en 1898. El autor ahonda en los verdaderos
sentimientos independentistas del pueblo boricua, a partir de la historia de un
ficticio pueblo costero, Seva, que
enfrentó heroicamente a las tropas invasoras y pagó, con la muerte por
fusilamiento de 720 de sus hijos, el precio de la resistencia ante un ejército
muy superior.
La publicación del texto en 1983
tuvo en la isla caribeña una extraordinaria repercusión, comparada en ocasiones
con la ocurrida con la transmisión radial de “La guerra de los mundos”, de
Orson Wells, en 1930, cuando el pueblo norteamericano realmente creyó que
estaban siendo invadidos por extraterrestres.
Según se ha manifestado, la versión
histórica ofrecida por López Nieves sobre los acontecimientos que tuvieron
lugar durante la invasión norteamericana a Puerto Rico, puso en duda, en la
mente de no pocos puertorriqueños, la versión oficial y comprobada de lo que
fue el inicio de la dominación colonial estadounidense en Borinquen. Y es que,
lo ocurrido en el pueblecito literario rescata el orgullo herido de los
isleños, quienes no se conforman con el aparente conformismo con que se aceptó
el paso de la isla a manos de Estados Unidos.
Cada reedición del texto ha venido
acompañada de páginas complementarias donde se narra la conmoción causada por
el cuento en tierras borinqueñas, así como diversos ensayos que, sobre Seva y sus repercusiones, han sido
realizados por diversos especialistas.
La edición cubana, Seva:
Historia de la primera invasión norteamericana de la isla de Puerto Rico
ocurrida en mayo de 1898 (La Honda, Casa de las Américas, Cuba, 2007,
pp.153), no es menos.
Fue
precisamente esta edición la que disfruté hace ya más de dos años, luego
de conocer sobre su autor gracias a una entrevista cedida por este en un diario
local, con motivo de la presentación de su novela “El corazón de Voltaire”
en la Feria del
Libro de 2010.
Tanto me
impresionó el texto que de inmediato quise compartirlo con amigos y conocidos;
manía casi enfermiza que tengo de prestar libros que me ha deparado no pocos
disgustos por ver cómo algunos no regresan jamás a mis manos.
Poco faltó para que Seva sufriera la misma suerte. Después de
leerlo lo presté a una colega de trabajo y hace unos pocos días, ¡casi dos años
después!, me fue devuelto. Durante ese tiempo la permanencia del libro en sus
manos se convirtió en un tema jocoso entre ambos, dada la brevedad de la
narración y el tiempo consumido para leerla; tal así que, al devolverme la
pequeña edición cubana, mi colega me dijo pícaramente: “ahorita tengo que
volver a leérmelo porque ya se me olvidó de qué trata”
Esta anécdota vivida con Seva trajo a mi mente otras tantas
relacionadas con los libros, esos tesoros impresos que me han acompañado desde
mi infancia y que me han regalado algunos de los más extraordinarios momentos
de placer.
Recordé, por ejemplo, el caso de
otro libro “viajero”, En el cielo con
diamantes, del escritor y guionista de cine cubano Senel Paz (El lobo, el bosque y el hombre nuevo). Comprado
por mí en la Feria
del Libro de 2009, lo presté a una amiga que lo tuvo en su poder durante más de
un año, tiempo durante el cual, incluso, ella vivió en la Habana, manteniendo “mi
libro” a unos peligrosos 969
km de distancia de mí. Lo curioso es que cuando me lo
devolvió (ay de mi que no aprendo la lección!) lo presté a otra persona y hasta el sol de hoy…
Otro libro de la colección La Honda, de Casa
de las Américas, ocupa un
lugar especial en mi anecdotario. Se trata de la edición cubana de El cartero de Neruda, de Antonio
Skármeta, el que se convirtió en mi libro favorito (desplazando incluso a los
textos de José Saramago, mi autor de cabecera).
Este título, y en especial la
edición de La Honda,
logró el raro record de ser comprado en ¡seis ocasiones diferentes! por mí y,
en cada caso, luego de (re) leerlo, lo regalaba a alguien por quien sentía
afecto, incluyéndole irremediablemente una dedicatoria. Sin embargo, a pesar de
ser el libro que más veces he comprado, ¡no tengo ni una copia!
Pero El cartero… no solo protagoniza esta anécdota, sino que se
convirtió en el primer y único libro que he sido capaz de leer íntegramente en
formato digital; una opción que descarto incluso con otros libros que me
adeudo. Para mí, el contacto físico con la página impresa, es uno de los
placeres de los que jamás me quisiera privar.
Si de lecturas hablo, entonces
vienen a mi memoria dos textos que comparten anécdotas similares aunque
opuestas. Se trata de Faraón del
escritor polaco Boleslaw Prus y Del
amor y otros demonios, de Gabriel
García Márquez. El primero de ellos se convirtió en el libro
que más he demorado en leer, casi seis meses, coincidiendo con el primer
semestre de mi carrera universitaria, un momento de cambios y adaptaciones en
el que aún no controlamos bien el tiempo del que disponemos. La demora, sin
embargo, no hizo mella alguna en el efecto positivo que la novela dejó en mí.
Por el
contrario, la obra de García Márquez atesora el récord de ser la que menos
tiempo me ha tomado en leer, poco menos de una jornada de trabajo de ocho horas,
durante un día ocioso en mi etapa de Servicio Militar.
Así, he ido
conformando un anecdotario literario personal que aporta nuevos encantos a las
páginas leídas. En el se incluye el descubrimiento de nuevos autores; los
constantes ires y venires al Club Minerva de la Biblioteca Nacional
José Martí; el libro que reclama ser leído en cada instante y lugar; el best seller que se impone leerlo en
apenas un fin de semana, tiempo del que se dispone antes de su devolución; el
perseguir un título por todas las librerías de la ciudad; los libros
extraviados; los autores y títulos que me adeudo; el diminuto librero artesanal
que atesora los libros que forman parte indispensable de mí…
Cada persona
ha de tener su propio anecdotario de libros, historias semejantes o no a las
aquí confesadas, pero extraordinarias desde el mismo instante en que el libro
se convierte en uno de los protagonistas de la misma.
Pero más allá
de recordar los avatares que enlazan la historia propia con la que se
desarrolla en las páginas impresas, donde hallo mayor regocijo es en el libro
que aún no he leído, ese que potencialmente se convertirá en una nueva anécdota
que contar.