Una historia entre tantas...

Cuando era yo una niña, escuchaba frases como ‘una mujer decente no hace esto, ni lo otro, ni aquéllo...’; eran tantas las prohibiciones para una ‘mujer decente’, que en determinado momento creo haber tomado la decisión de ser una mujer ‘no decente’.

...’; eran tantas las prohibiciones para una ‘mujer decente’, que en determinado momento creo haber tomado la decisión de ser una mujer ‘no decente’.
Sin embargo, el tiempo pasó, y envuelta en los estereotipos propios de mi juventud, terminé siendo una ‘mujer decente’...o lo más parecido a ese término.

Por las fechas en que Simón comenzó a visitarme para traerme los periódicos, yo comencé a visitar a nuestra nueva vecina, la que ocupara el departamento de mi vecina de enfrente, aquella que se perdiera en sus recuerdos. Era una mujer de edad indeterminada, intelecto muy respetable y una indumentaria poco usual. Dirían las voces de mi niñez: era una mujer indecente.

Observadora y lista como era, pronto se dio cuenta de mi hábito poco respetuoso de su privacidad (y de todas las personas que estaban al alcance de mi vista), cosa que desde luego no le molestaba, me comentó un día. Al poco tiempo de su llegada, las vecinas estaban escandalizadas por su atuendo y sus costumbres, los hombres estaban, mientras tanto, calladamente agradecidos no tanto por las carnes que mostraba, sino por las notas de alegría que regaba por doquier y con las que respondía todo agravio que recibía.

Cierta tarde me mandó un mensaje con Simón: ‘que dice la señorita, su vecina de enfrente, si le molestaría que ella viniera a tomar un café con usted’. Emocionada con la expectativa de su visita, preparé una jarra de café, mientras pensaba una y otra vez qué ropa usar para tan inusitado evento: no todos los días tenía la oportunidad de tener frente a mí a una mujer como ella.

Se presentó como Thais: ‘sí, como la que menciona Sor Juana en sus Redondillas... ya sabrás en un rato a qué me dedico’. La jarra de café fue insuficiente, tuvimos que preparar dos más, tomando un desabrido licor en los intervalos. Y no era para menos: durante cuatro horas escuché no sólo la historia de su pasado (ni turbio ni violento, por cierto), sino también las proezas de su presente. Cada día, desde el portal de su computadora personal, libraba una batalla sin cuartel contra los estigmas con los que se marcaban a hombres y mujeres que se dedican a la mal llamada prostitución; se enlistaba en cuanta actividad le propusieran para el respeto del trabajo sexual; recorría calles de arriba a abajo y de un lado a otro, entregando volantes informativos para prevenir enfermedades de transmisión sexual; daba pláticas y conferencias a toda aquella persona que deseara escucharla...

No, Thais no era trabajadora sexual. Sin embargo, cuando estudiaba la carrera de licenciatura en arte visual, se dio cuenta, no sin tristeza, que los estigmas marcaban no sólo las escenas, sino también a las personas, y que esos estigmas se perdían en la ignorancia, y que la ignorancia tenía graves consecuencias.

Lo peor no es que a una mujer la denosten diciéndole ‘prostituta’ –me dijo, con las mejillas encendidas- sino que mujeres como tú y como yo, que decidimos no participar de un estereotipo establecido, también caemos en la provocación inhumana de juzgarlas... y al hacerlo, estamos insultando a nuestro género.

Cuando bebí el último trago de café aquella madrugada, observando la cortísima minifalda de color chillante que mi visita vestía, confirmé que muchos dichos populares tienen su fundamento en esos estigmas que Thais tanto repudiaba... al menos uno, que flotaba en mi cabeza: ‘como te ven, te tratan’... ¿Cuántas veces no habría yo cometido el mismo error?






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