. Aunque inexactos, los estereotipos
constituyen una manera eficiente de organizar mentalmente grandes bloques de
información. Nuestro cerebro colapsaría si no pudiéramos de alguna forma
categorizar lo que percibimos y lo que aprendemos. Desde ese punto de vista,
podríamos decir que, sobre todo en la actual era de la información, los estereotipos
son necesarios.
Los estereotipos
tampoco son mentira. No es mentira que, en promedio, los asiáticos son mejores
para las matemáticas que otros grupos étnicos; ni que, en promedio, los negros
son mejores para el atletismo. Tampoco es mentira que, en promedio, a las
mujeres se les dé mejor el multitasking. Pero todo esto es en promedio; es
decir, estamos hablando de grupos y no de personas. Una persona asiática puede
ser pésima para las matemáticas, una negra puede ser pésima para correr y una mujer
puede ser completamente monotarea.
Sin embargo, todos
sabemos que hay algo que anda mal. Lo que nació como un medio para
simplificarnos la vida, se ha rigidizado, convirtiéndose en una peligrosa arma
de normalización contra las minorías. Hay una palabra en la definición de
estereotipo, que nos da una pista: inmutable. En vez de ayudarnos a
caracterizar realidades que nos son ajenas, los estereotipos se han vuelto
inamovibles. Se han transformado en ley. Cualquier cosa que se aleje un poco de
ese marco seudo-legal, es raro, freak, malo, antinatural.
A este mundo le hace
falta empatía. Antes de juzgar, tratemos de ponernos en los zapatos del otro y
pensar cómo nos sentiríamos en su lugar.
Esto ocurre porque el
cerebro acorta camino por donde puede. Lo más fácil es asignarle el estereotipo
automáticamente a toda la categoría, porque así no hay que pensar tanto. El
problema surge cuando somos incapaces de reconocer variabilidad dentro del
grupo, y asumimos que el cien por ciento de los integrantes es exactamente
igual al estereotipo.
La política también
ha aportado a este fenómeno. La odiosa barrera entre “derecha” e “izquierda”
nos tiene continuamente sesgados. Divididos entre buenos y malos, o entre malos
y buenos, según desde donde se lo mire. Los que votan por un sector son
fascistas, ricos, nazis (aunque sean judíos, no importa), explotadores,
fundamentalistas, discriminadores y arribistas. Los que votan por el otro son
abajistas, ineficientes, comunistas, flojos, utópicos e inmorales. Eso piensan
los estereotipadores.
Para cierto nivel
económico la posesión de un automóvil resulta obvia y las preguntas
relacionadas frecuentes ¿Qué auto tienes? ¿Dónde estás estacionado? ¿Cuánto
gastas al mes en bencina? ¿Desde cuándo que no cambias el auto? Nunca han
preguntado si uno tiene auto, pero no es necesario porque es obvio. Y cuando
uno dice que no tiene, las preguntas inmediatas son: ¿En serio? ¡Qué raro! ¿Por
qué?
Los gays debemos
andar a la moda y conocer la última vanguardia. Tenemos que saber qué diablos
es Give Me All Your Luvin’. Obvio, porque si no, somos freak. Gays raros.
Lamentablemente, el
fenómeno no es particular de un país. En Francia, un chileno rubio debe
explicar cien veces que sí, es chileno, y que sí, sus papás son chilenos. Una
estadounidense mulata debe explicar cien veces que sí, es estadounidense, y que
sí, sus papás son estadounidenses. Un negro debe explicar cien veces que sí,
fue a la universidad, y que sí, se tituló con honores. Un universitario debe
explicar cien veces que sí, tiene treinta años, y que sí, está en la
universidad. Y que eso no significa que sea mal alumno, sino que simplemente no
se ajusta al estereotipo que el interlocutor tenía en la cabeza.
A este mundo le hace
falta empatía. Antes de juzgar, tratemos de ponernos en los zapatos del otro y
pensar cómo nos sentiríamos en su lugar. Abramos la mente, desafiemos nuestros
propios principios, no demos todo por obvio. Conocer a una persona de una
etnia, orientación sexual, opinión política, nivel socioeconómico o filosofía
de vida distintos de los que estamos acostumbrados, nos enriquece. Aprovechemos
la ocasión para aprender, en vez de juzgar. ¿Estamos?