Los estereotipadores

Según la Real Academia Española, un estereotipo es una imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad, con carácter inmutable. Aunque inexactos, los estereotipos constituyen una manera eficiente de organizar mentalmente grandes bloques de información. Nuestro cerebro colapsaría si no pudiéramos de alguna forma categorizar lo que percibimos y lo que aprendemos. Desde ese punto de vista, podríamos decir que, sobre todo en la actual era de la información, los estereotipos son necesarios.

 

. Aunque inexactos, los estereotipos constituyen una manera eficiente de organizar mentalmente grandes bloques de información. Nuestro cerebro colapsaría si no pudiéramos de alguna forma categorizar lo que percibimos y lo que aprendemos. Desde ese punto de vista, podríamos decir que, sobre todo en la actual era de la información, los estereotipos son necesarios.
Los estereotipos tampoco son mentira. No es mentira que, en promedio, los asiáticos son mejores para las matemáticas que otros grupos étnicos; ni que, en promedio, los negros son mejores para el atletismo. Tampoco es mentira que, en promedio, a las mujeres se les dé mejor el multitasking. Pero todo esto es en promedio; es decir, estamos hablando de grupos y no de personas. Una persona asiática puede ser pésima para las matemáticas, una negra puede ser pésima para correr y una mujer puede ser completamente monotarea.

Sin embargo, todos sabemos que hay algo que anda mal. Lo que nació como un medio para simplificarnos la vida, se ha rigidizado, convirtiéndose en una peligrosa arma de normalización contra las minorías. Hay una palabra en la definición de estereotipo, que nos da una pista: inmutable. En vez de ayudarnos a caracterizar realidades que nos son ajenas, los estereotipos se han vuelto inamovibles. Se han transformado en ley. Cualquier cosa que se aleje un poco de ese marco seudo-legal, es raro, freak, malo, antinatural.

A este mundo le hace falta empatía. Antes de juzgar, tratemos de ponernos en los zapatos del otro y pensar cómo nos sentiríamos en su lugar.

Esto ocurre porque el cerebro acorta camino por donde puede. Lo más fácil es asignarle el estereotipo automáticamente a toda la categoría, porque así no hay que pensar tanto. El problema surge cuando somos incapaces de reconocer variabilidad dentro del grupo, y asumimos que el cien por ciento de los integrantes es exactamente igual al estereotipo.

La política también ha aportado a este fenómeno. La odiosa barrera entre “derecha” e “izquierda” nos tiene continuamente sesgados. Divididos entre buenos y malos, o entre malos y buenos, según desde donde se lo mire. Los que votan por un sector son fascistas, ricos, nazis (aunque sean judíos, no importa), explotadores, fundamentalistas, discriminadores y arribistas. Los que votan por el otro son abajistas, ineficientes, comunistas, flojos, utópicos e inmorales. Eso piensan los estereotipadores.

Para cierto nivel económico la posesión de un automóvil resulta obvia y las preguntas relacionadas frecuentes ¿Qué auto tienes? ¿Dónde estás estacionado? ¿Cuánto gastas al mes en bencina? ¿Desde cuándo que no cambias el auto? Nunca han preguntado si uno tiene auto, pero no es necesario porque es obvio. Y cuando uno dice que no tiene, las preguntas inmediatas son: ¿En serio? ¡Qué raro! ¿Por qué?

Los gays debemos andar a la moda y conocer la última vanguardia. Tenemos que saber qué diablos es Give Me All Your Luvin’. Obvio, porque si no, somos freak. Gays raros.

Lamentablemente, el fenómeno no es particular de un país. En Francia, un chileno rubio debe explicar cien veces que sí, es chileno, y que sí, sus papás son chilenos. Una estadounidense mulata debe explicar cien veces que sí, es estadounidense, y que sí, sus papás son estadounidenses. Un negro debe explicar cien veces que sí, fue a la universidad, y que sí, se tituló con honores. Un universitario debe explicar cien veces que sí, tiene treinta años, y que sí, está en la universidad. Y que eso no significa que sea mal alumno, sino que simplemente no se ajusta al estereotipo que el interlocutor tenía en la cabeza.

A este mundo le hace falta empatía. Antes de juzgar, tratemos de ponernos en los zapatos del otro y pensar cómo nos sentiríamos en su lugar. Abramos la mente, desafiemos nuestros propios principios, no demos todo por obvio. Conocer a una persona de una etnia, orientación sexual, opinión política, nivel socioeconómico o filosofía de vida distintos de los que estamos acostumbrados, nos enriquece. Aprovechemos la ocasión para aprender, en vez de juzgar. ¿Estamos?

UNETE



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