. En primer lugar porque lo
hace como parte interesada, a quien se le oculta buena parte de la realidad de
lo que ocurre en la suya, como le reiteran los procuradores de la oposición en
las Cortes. Y en segundo lugar, porque ligar el Estado de Bienestar con el
Estado de las Autonomías es pasarse tres pueblos a sabiendas.
Ni él mismo se cree sus
palabras. Debería saber el presidente Herrera que, como decía Esopo: “la rueda más estropeada del carro es la que
más ruido hace”. Ahí tiene la situación de la sanidad y de la educación;
ambas reclaman a gritos mejor gestión y más medios económicos. Y por si nos
quedamos cortos, no está de más recordar que la deuda de Castilla y León se
eleva a cinco mil millones de euros; tal cantidad es más alta que el concepto
de ‘chocolate del loro’.
Naturalmente, señor
Herrera, que el Estado de Bienestar hubiera sido mucho mejor sin las
autonomías. Usted no debió asistir a clase el día que lo explicó el profesor.
Si ya supone un tremendo gasto mantener lo que mantiene el Estado central, no
dude que si no hubiera existido tanto parlamento autonómico, tanto aprovechado
ocasional, tantos gobiernos manirrotos y mediocres, tantos parlamentarios
autonómicos, tantos coches oficiales, tantas sedes, edificios, fundaciones de
dudosos objetivos, y tantos y tantos sueldos desproporcionados, además de miles
de ayudas preocupantes, organismos autónomos,… el agujero del Estado no hubiera
tenido las dimensiones que tiene.
No hay ninguna duda: gran
culpa del desfase deficitario lo tienen las comunidades autónomas, por eso
escuchar al presidente Herrera defender a ultranza el Estado de las Autonomías
y compararlo con el Estado de Bienestar da pena, mucha pena. Y además demuestra
que está fuera de juego. No estaría de más que se planteara en serio no volver
a presentarse como candidato a la presidencia de la Junta de Castilla y León.
Le viene bien que se aireen las telas de araña que le recubren; además, en
vísperas de las elecciones autonómicas, ya anunció que esa era su última vez.
Vamos a ver si sabe cumplir su palabra o es como muchos de los adláteres de los
que lleva años rodeándose.
No es menos barbaridad
decir que “quienes atacan a las autonomías impugnan el modelo constitucional
que los españoles conquistaron en 1978”. Va siendo tiempo de cambiar el modelo;
el actual ya sabemos lo que encierra. Sinceramente, no estaría de más
replantearse el Estado de las Autonomías. No tenemos duda que tampoco acudió a
clase el día que explicaron ese tema. Herrera Campo desbarra en sus
afirmaciones, porque actualmente las autonomías son un gasto insostenible,
insoportable e indeseable. Solo interesan a quienes ‘maman’ de sus sacas. ¡Hay
que ver cómo y cuánto maman!
Las autonomías son la
historia de un fracaso suficientemente demostrado. Sin ellas, España estaría en
un lugar destacado, así como muy alejada de corruptelas y déficits
desorbitados. Tampoco hay dudas respecto
a que el esfuerzo económico diario de
los ciudadanos para mantener una educación, una sanidad y unos servicios
sociales de calidad sería mucho menor y más controlado. ¿Acaso puede explicar
que haya comunidades uniprovinciales con gobierno propio, parlamento,
diputación, fundaciones mil, organismos autónomos,…? No estaría de más que
echara una ojeada a sus déficits y a su endeudamiento. Sabe una cosa, señor
Herrera: ese día tampoco acudió usted a clase.
Vincular el Estado de las
Autonomías con el Estado de Bienestar es un atrevimiento que no se debe
consentir. Siempre se nos anunció que todo sería más fácil si la ciudadanía
tenía más cerca a la Administración. Pero nadie se atrevió a decir que, con el
tiempo, iba a acabar por utilizarle como una marioneta. ¿Acaso la comunidad de
Herrera es algo distinto a eso? ¡Ya está
bien de sandeces premeditadas e interesadas! No se ataca las bases del Estado
de Bienestar denostando al Estado de las Autonomías.
Señor Herrera: tonterías,
las justas. Usted sabe que a su entorno no le gusta nada que le canten las
verdades ni le den trabajo que deba realizar. Y cuando eso sucede llegan las
amenazas, a través de terceros, y en forma de retorcidos apercibimientos.
Jesús
Salamanca Alonso