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Decía Borges en su obra “El Libro de Arena” que “las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida”. Esta ha sido una semana en Argentina de mucha memoria, muchas palabras y muchos símbolos.  

. Esta ha sido una semana en Argentina de mucha memoria, muchas palabras y muchos símbolos.  
Provoca satisfacción comprobar, en mi caso a través de la lectura y contemplando imágenes, como se recuerda masivamente en las calles una fecha, el 24 de marzo, de memoria trágica. Provoca tristeza y un halo de desesperanza comprobar también cómo algunos, al recordarla a través de sus palabras, mancillan símbolos que son de todos; símbolos que deberían postular, como decía Borges, una memoria que se comparte pero que no es moldeable cual plastilina; símbolos que, precisamente por su entidad colectiva y fuerza unitaria, no deberían ser utilizados de forma torticera.   

Espero no herir a nadie - si lo hago de antemano me disculpo – si digo que al escuchar a Sergio Schoklender apoderado de la Fundación Madres o al Secretario de Comercio Guillermo Moreno recordar a Néstor Kirchner como el “desparecido” 30.001,  vinieron a mi mente,  (dicen que los extremos se tocan hasta unirse),  aquellas patéticas imágenes en rueda de prensa de Jorge Rafael Videla en las que este disertaba sobre la categoría jurídica o existencia cierta, no ya del término “desaparecido”, sino de las personas que por serlo lo hicieron carne.   

Jorge Rafael Videla se permitía, en plena represión ilegal, definir a los desaparecidos con la palabra “incógnita” y afirmaba con frío aplomo y crueldad infinita  que, “no tenían entidad, no estaban ni muertos ni vivos sino desaparecidos”. Aquel uso maniqueo de las palabras y el lenguaje no podría justificar ahora (ni nunca), por el sagrado respeto que deben provocar todas aquellas muertes, que la palabra y el símbolo “desaparecidos” se ensucie.

Puedo comprender en el plano afectivo y si me apuran hasta político, el sentimiento de gratitud y añoranza que transitan todos aquellos que son seguidores del Kirchnerismo o que, sin serlo, profesan afecto infinito por el señor Kirchner. Puedo comprender que, al recordarle en el primer 24 de marzo en el que no está físicamente, se desborden emocional e incluso verbalmente. Aun comprendiendo lo anterior no puedo avalar con mi silencio  que símbolos trágicos que pertenecen a todos y cada uno de los argentinos, se transformen en una suerte de cajón de sastre. Creo que debe señalarse todo esto, precisamente para que no se vuelvan a cometer ciertos errores que muchos de ustedes conocieron y que traen consecuencias muy graves. Es pues inaceptable, aún en el dolor, que se diga públicamente que el señor Kirchner es el “desaparecido” 30.0001.

Se ha llegado al 24 de marzo de 2011 a costa de muchas vidas y gracias a la entrega, la labor y el trabajo de mucha gente. Gente que ha tenido o tiene – ¿no los tuvo también el señor Kirchner? – su cara y su cruz, sus aciertos y sus errores, sus brillos y miserias: Ricardo Alfonsín padre, Luis Moreno Ocampo, Julio César Strassera, las Madres y Abuelas, decenas de jueces, y fiscales, periodistas, escritores, intelectuales, personas anónimas… y, cómo no, también Néstor Kirchner.  

No voy a entrar a detallar qué hizo cada uno en vida o qué dejó de hacer y podría haber hecho para ser considerado impoluto o impecable sino a resaltar que todos ellos contribuyeron de algún modo a que hoy se pueda recordar con libertad y sin miedo en las calles. ¿Son todos los que ya no están y aportaron su grano de arena a ello “desaparecidos”?, ¿son todos los que todavía están físicamente entre nosotros, igual y justamente reconocidos y aplaudidos? Pensemos seria y honestamente en todas estas cuestiones porque, como también decía Borges, “todas las teorías son legítimas y ninguna tiene importancia. Lo que importa es lo con ellas se hace”.  

Es cierto que hoy hay en Argentina más conciencia política, más participación juvenil y más presencia masiva en este y otro tipo de aniversarios. Es igualmente cierto que ese camino no nació, por mucho que algunos se empeñen, en el 2003 ni que sólo unos cuantos y no la mayor parte lo han recorrido con firme convicción democrática y las mismas esperanzas de un país mejor y más libre para sus hijos. Hijos de algunos que, como he visto en una serie de fotos, celebraron este 24 de marzo escupiendo imágenes de algunas personas mientras recibían un premio por hacerlo y sus padres les aplaudían el gesto. Imágenes de personas muy conocidas que han sido sometidas al escarnio y la acusación pública sin que la Justicia – elemento imprescindible en democracia – los haya juzgado o encontrado culpables de delito todavía. Delitos por otra parte que, en caso de que existieran y fueran probados, la Ley – esa que debe ser igual para todos – debería determinar si son de lesa humanidad o comunes y por lo tanto prescriptos. Esa Ley y esa Justicia han declarado esta misma semana, lo recuerdo por si algunos lo olvidan, prescriptos por no poder considerarse de lesa humanidad, delitos como el atentado de 2 de julio de 1976 contra la Superintendencia de Coordinación Federal en el que 23 personas perdieron la vida.  

Esos hijos que yo he visto en fotos y que salieron a la calle con sus padres, no vivieron la dictadura y por tanto conformarán su memoria sobre la misma a través de las palabras y los símbolos que les leguemos. Considero que ese legado debe ser ante todo, cien por cien pacífico y respetuoso de la Ley y sus garantías, es decir plenamente democrático.  

Néstor Kirchner pudo - como antes lo hicieron otros - colaborar a que hoy pueda reivindicarse “Memoria, Verdad y Justicia”,  pero para ello no hubo de afrontar secuestros, torturas, picanas o vuelos de la muerte. Su muerte, aún dolorosa prematura y trágica, no fue consecuencia de ningún delito de lesa humanidad.  

“Memoria, Verdad y Justicia” así como “Desaparecidos”, son palabras importantísimas que, como decía Borges, constituyen “símbolos que postulan una memoria compartida”. Cuidemos fielmente de ella.

 

* Este artículo ha sido publicado previamente en el diario digital www.noticias.iruya.com

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