. Suelen ser ventanas optimistas, que no temen a ese “afuera”
que amenazan y cada día, sin mostrar el rostro a lo vivido, dejan entrar.
Hay ventanas por la que entran
siempre las mismas imágenes y es como si no estuvieran abiertas; entonces
dejamos de mirar a través de ellas y cada vez son menos ventana, hasta que un
día le llamamos hueco, abertura, ojo indiscreto desde el que pueden espiar
nuestras vidas. Son ventanas aburridas.
Hay ventanas hipócritas, contra la
que chocan los pájaros que la creen abierta. Son ventanas vagas que se abren en
transparencias y solo muestran parte de la verdad, una verdad insonora e insípida.
Hay ventanas que son abismos a los
que temo asomarme. Ventanas proclives al suicidio, pero también a la aventura,
al romance, a la
inspiración. Son ventanas reto, a las que se mira desde el
suelo con curiosidad, intentando adivinar quién nos mira desde ella.
Hay ventanas que se cerraron un día
y olvidaron abrirse. Son ventanas ciegas, que acumulan en su rostro las
impurezas de ese mundo pujante que trata de abrirse paso a través de sus
persianas. Suelen ser ventanas tristes, mortaja de los que ya no miran a través
de ellas.
Hay todo tipo de ventanas: de lujo,
presuntuosas, indiscretas (aunque todas tienen un poco de éstas); hay ventanas
que ahogan gritos, ocultan conversaciones, y las hay que dejan escapar
intimidades; hay ventanas que se enfrentan y estimulan los conflictos. Hay
ventanas, ventanales, ventanillas y otras que no merecen ser llamadas como
tales.
Pero hay una ventana, de raíz
anglófona y dominante, que exaspera mi paciencia cada vez que intento
adentrarme en ese mundo adictivo que nos muestra y llena mi pantalla de
mensajes, y no responde cuando intento abrirla. Una ventana que se renueva año
tras año y promete nuevos paisajes; y cumple su promesa, pero luego nos cobra
en actualizaciones e incompatibilidades; en fechas de caducidad y amenazas “el
equipo”. Una ventana que nos hace dependiente de sus horizontes, al punto de
dudar si cambiarla por un espacio abierto, libre de persianas que amenacen con
cerrarse, o si reinstalarla (en su versión anterior o en la última del mercado)
y rendirme a sus encantos, una vez más, hasta que un día intente abrirla y dude
en responder a mi mandato.