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07/03/2012


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Hay ventanas que se abren y conectan mundos; ese interior que ellas encierran y el que irrumpe con la claridad que inunda su garganta. Suelen ser ventanas optimistas, que no temen a ese “afuera” que amenazan y cada día, sin mostrar el rostro a lo vivido, dejan entrar.


Hay ventanas por la que entran siempre las mismas imágenes y es como si no estuvieran abiertas; entonces dejamos de mirar a través de ellas y cada vez son menos ventana, hasta que un día le llamamos hueco, abertura, ojo indiscreto desde el que pueden espiar nuestras vidas. Son ventanas aburridas.

Hay ventanas hipócritas, contra la que chocan los pájaros que la creen abierta. Son ventanas vagas que se abren en transparencias y solo muestran parte de la verdad, una verdad insonora e insípida.

Hay ventanas que son abismos a los que temo asomarme. Ventanas proclives al suicidio, pero también a la aventura, al romance, a la inspiración. Son ventanas reto, a las que se mira desde el suelo con curiosidad, intentando adivinar quién nos mira desde ella.

Hay ventanas que se cerraron un día y olvidaron abrirse. Son ventanas ciegas, que acumulan en su rostro las impurezas de ese mundo pujante que trata de abrirse paso a través de sus persianas. Suelen ser ventanas tristes, mortaja de los que ya no miran a través de ellas.

Hay todo tipo de ventanas: de lujo, presuntuosas, indiscretas (aunque todas tienen un poco de éstas); hay ventanas que ahogan gritos, ocultan conversaciones, y las hay que dejan escapar intimidades; hay ventanas que se enfrentan y estimulan los conflictos. Hay ventanas, ventanales, ventanillas y otras que no merecen ser llamadas como tales.

Pero hay una ventana, de raíz anglófona y dominante, que exaspera mi paciencia cada vez que intento adentrarme en ese mundo adictivo que nos muestra y llena mi pantalla de mensajes, y no responde cuando intento abrirla. Una ventana que se renueva año tras año y promete nuevos paisajes; y cumple su promesa, pero luego nos cobra en actualizaciones e incompatibilidades; en fechas de caducidad y amenazas “el equipo”. Una ventana que nos hace dependiente de sus horizontes, al punto de dudar si cambiarla por un espacio abierto, libre de persianas que amenacen con cerrarse, o si reinstalarla (en su versión anterior o en la última del mercado) y rendirme a sus encantos, una vez más, hasta que un día intente abrirla y dude en responder a mi mandato. 



Etiquetas:   Reflexión

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