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06/03/2012


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Primero fue la extraña sensación de ser observados; descubiertos en la intimidad, ese eufemismo en el que convierte un rincón en un banco del parque, bajo la sombra luminosa que escapa del farol. El beso quedó a medio camino. Se miraron como si compartieran un secreto.


De pronto, una risa fugaz, sobre pies veloces, asomó desde uno de los perfiles de la base que sostiene la luminaria, aportando un sentido, un blanco a las miradas incrédulas de la pareja.

El niño ríe con picardía y echa a correr. En su fuga, arrastra tras de sí a una bandada de infantes que comparten esa mirada de inocente suspicacia; aunque las risas burlonas difieren en su raíz.

Él encoge los hombros, resignado a la ignorancia, y se deja llevar por sus labios hacia ese camino que muere en los labios de ella. Las lenguas, en su lecho húmedo, comparten secretos, planes, deseos. La noche pertenece a ellos, el resto del parque se pierde en la bruma de lo que no pertenece a ese mundo en que son solo dos. Pero…

La misma risa furtiva interrumpe una vez más el duelo entre los labios. El niño pasa corriendo ante la joven pareja y les dedica una sonrisa de amplios diente de leche y un dedo acusador. Los jóvenes, en cambio, le devuelven unos rostros graves.

Ahora la cuadrilla de pillos sonrientes corre de un lado al otro frente a los amantes, sin ocultar impertinencias. Ora ríen descaradamente, ora murmuran palabras ininteligibles que vuelan tras el trote alegre de los bellacos. El primer niño, el líder de la cofradía de truhanes, siempre va al a vanguardia del desfile ofreciendo gestos cómplices y miradas socarronas, mientras alienta a su séquito.

Los enamorados asisten desconcertados al espectáculo, como si los intrusos fueran ellos y se avergonzaran de la intromisión. Una y otra vez ven pasar a los saltarines sapitos[1]. Primero se quejan por lo bajo, luego comparten simpáticas apreciaciones sobre cada uno de los personajillos; por último, vencidos por la cándida tozudez de los infantes, se suman a la travesura con guiños de complicidad y risas de aceptación.

Veinte años atrás, piensa él, yo era uno de ellos. Desliza el brazo por la cintura de ella, la mira con ojos sonrientes y le dice: “Te quiero”. Los niños ríen al unísono mientras preparan un nuevo asalto.

 

[1] En Cuba, jocosamente se le llama sapo a todo aquel que interrumpe un momento de intimidad de una pareja. A la acción de ser inoportuno se le dice sapear.







Etiquetas:   Relato Breve   ·   Santiago de Cuba   ·   Niños   ·   Amor

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