. El beso quedó a medio camino. Se miraron como si
compartieran un secreto.
De pronto,
una risa fugaz, sobre pies veloces, asomó desde uno de los perfiles de la base
que sostiene la luminaria, aportando un sentido, un blanco a las miradas
incrédulas de la pareja.
El niño ríe
con picardía y echa a correr. En su fuga, arrastra tras de sí a una bandada de
infantes que comparten esa mirada de inocente suspicacia; aunque las risas
burlonas difieren en su raíz.
Él encoge los
hombros, resignado a la ignorancia, y se deja llevar por sus labios hacia ese
camino que muere en los labios de ella. Las lenguas, en su lecho húmedo,
comparten secretos, planes, deseos. La noche pertenece a ellos, el resto del
parque se pierde en la bruma de lo que no pertenece a ese mundo en que son solo
dos. Pero…
La misma risa
furtiva interrumpe una vez más el duelo entre los labios. El niño pasa
corriendo ante la joven pareja y les dedica una sonrisa de amplios diente de
leche y un dedo acusador. Los jóvenes, en cambio, le devuelven unos rostros
graves.
Ahora la
cuadrilla de pillos sonrientes corre de un lado al otro frente a los amantes,
sin ocultar impertinencias. Ora ríen descaradamente, ora murmuran palabras
ininteligibles que vuelan tras el trote alegre de los bellacos. El primer niño,
el líder de la cofradía de truhanes, siempre va al a vanguardia del desfile
ofreciendo gestos cómplices y miradas socarronas, mientras alienta a su
séquito.
Los
enamorados asisten desconcertados al espectáculo, como si los intrusos fueran
ellos y se avergonzaran de la intromisión. Una y otra vez ven pasar a los saltarines
sapitos[1]. Primero
se quejan por lo bajo, luego comparten simpáticas apreciaciones sobre cada uno
de los personajillos; por último, vencidos por la cándida tozudez de los
infantes, se suman a la travesura con guiños de complicidad y risas de aceptación.
Veinte años
atrás, piensa él, yo era uno de ellos. Desliza el brazo por la cintura de ella,
la mira con ojos sonrientes y le dice: “Te quiero”. Los niños ríen al unísono
mientras preparan un nuevo asalto.
[1] En Cuba,
jocosamente se le llama sapo a todo aquel que interrumpe un momento de
intimidad de una pareja. A la acción de ser inoportuno se le dice sapear.