. Como sucede en
otros pensadores (como Habermas, por ejemplo), estos postulados funcionan en
comunidades de hombres que cooperan entre sí en situaciones estables y
normales, pero no así en los momentos extraordinarios o revolucionarios de la
sociedad, donde se procura subvertir muchos de los valores dominantes y existe
el enfrentamiento entre los ciudadanos, porque precisamente la sociedad (y sus
valores) son los que pretenden cambiar los revolucionarios y los portadores de
utopías. Ese es su fin, aunque por ello tengan que dejar a un lado la célebre imparcialidad;
todo lo cual constituiría la también llamada ética de los fines últimos.
Existe un texto escrito por
el académico alemán Ingo Müller y traducido al español por el abogado
venezolano Carlos Armando Figueredo, llamado Los juristas del horror, donde se expone cómo durante la Alemania
nazi una serie de abogados y jueces se dieron a la tarea de torcer las leyes
con el fin de otorgarle “legalidad” a muchos de los “métodos” que fueron
utilizados para alcanzar esa utópica sociedad que pretendían los nacional
socialistas y en la que no tenían cabida los gitanos, los homosexuales , los comunistas
o los judíos. Salvando las distancias, algo por el estilo parece estar
sucediendo en los países que comulgan con el inefable socialismo del siglo XXI
y que pertenecen a La Alternativa Bolivariana Para las Américas (ALBA), cuando hacen
una serie de reformas a sus respectivas constituciones y promulgan leyes que no esconden sus propósitos de permanecer
en el poder y eliminar la oposición y la crítica. A esto se viene a sumar ahora
una serie de fallos judiciales que no dejan de causar asombro. Por la muerte de
tres miembros de una familia de opositores, ocurrida en noviembre del año pasado
en Madriz , provincia norteña de
Nicaragua, la justicia nicaragüense acaba de condenar a apenas tres años de
cárcel a un dirigente del Frente Sandinista de Liberación Nacional
(FSLN) y a tres policías. En Ecuador, se acaba de ratificar la sentencia que
condena a tres años de cárcel y a pagar la suma de 40 millones de dólares a tres altos directivos y un periodista del
diario El Universo. Y aquí, en nuestro
país, se ha producido una sentencia judicial por la que se le dice a los familiares
de Franklin Brito que no se investigará su privación ilegítima de libertad, la
que tuvo lugar cuando se le trasladó a la fuerza desde la sede de la OEA al hospital militar, donde finalmente se
produjo su muerte el 30 de agosto de 2009.
Si bien no tenemos forma de
saber si unos fines son mejores que otros, si podemos discutir y deliberar
sobre los medios y métodos para alcanzarlos. Y por supuesto que existirán medios
más o menos razonables y métodos más o menos dañinos. No basta decir que los medios y métodos no
pueden ser evaluados con los valores imperantes porque son ellos precisamente
los que se quieren desplazar. Nadie
tiene derecho, por ejemplo, a sacrificar la vida y hasta el bienestar de toda
una generación, como pretenden algunos utopistas, por muy loable que sea el fin
último que éstos buscan. Allí tenemos el caso de la iglesia católica y los años
de la “sagrada” Inquisición, por los cuales el mismo Juan pablo II tuvo que
pedir perdón. ¿Pedirá alguien perdón algún día
por estos hechos?