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Un traguito de ron


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02/03/2012


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Me percato que, casi sin proponérmelo, he mencionado el Ron --o bien el gusto de los cubanos por el ron-- en varias de mis columnas anteriores. Temo estar contribuyendo a la falsa imagen que la publicidad se ha encargado de difundir sobre Cuba: playas, mulatas y ron.


Nada más alejado de mis intenciones, sobre todo porque Cuba es más (mucho más) que eso y confío que así lo entiendan quienes gentilmente leen estas líneas.

Pero ya que hice mención de esta bebida me permito entonces dedicarle una columna a modo de vindicación.

En primer lugar declaro que no gusto del ron. Será esa sensación quemante que desgarra mi garganta a cada trago, o el sabor seco que deja en mi paladar. Lo cierto es que siempre fui más de vinos y cervezas, hasta que “llegó mi gastritis y mandó a parar”.

Segundo, recordar que en Cuba existe una gran tradición ronera que tuvo en la polémica marca Bacardí (originaria de Santiago de Cuba) su mayor exponente; y que hoy presume de a una extraordinaria variedad de rones con sus respectivas marcas. De ahí que no es extraño que la vida el cubano haya estado vinculada en no pocas aristas a esta bebida.

Es imposible no reconocer el carácter aglutinador de una botella de ron; ya sea de las “de etiqueta”, o de esos mejunjes que el mercado negro y las necesidad impuestas por la crisis económica de los noventa, insertaron en el “menú” de los bebedores cubanos. Muchas veces la botella es el elemento disuasorio, ante la duda de aceptar una invitación, o el motivo para la celebración o es el regalo salvador con el que “se cumple” con el padre, el tío o el abuelo en fechas de conmemoración.

Hay quienes andan con un pequeño envase plástico (cargado, por supuesto, de ron) en el bolsillo, “por si las moscas”; o simplemente, al encontrarse con un conocido al que no ven desde “hace tiempo” (así sea un día), encuentra razón suficiente para “darse unos tragos”. Acaso el “hasta el fondo” marca un intervalo para el intercambio, el recuento, la confesión.

El ron tampoco ha escapado a la característica ocurrencia de los cubanos. Tanto al líquido como a los diversos envases que lo soportan se le han rebautizado de diversas formas. Así, no dude que lo inviten a “bajar” un rifle, una canequita, un pepino o, más recientemente, una yutong[1] que, de acuerdo a la calidad del brebaje puede llamarse chispa’e tren, espérame-en-el-suelo, bota-ojo, rasca-ombligo y así hasta donde la imaginación y la jocosidad de los cubanos lo permita.

Sin embargo, estas innovaciones populares en materia alcohólica, hija del contrabando de alcohol y el mercado negro, no demeritan las marcas de rones cubanos consagradas en el mercado local e internacional. Abundan en Cuba productos de una excelente calidad y de mucha aceptación por los bebedores (incluso por aquellos que son asiduos a los de dudosa procedencia). Havana Club, Ron Santiago, Ron Caney, Guayabita del Pinar, Mulata, son algunos de los más renombrados. Y qué decir del mítico “Paticruzado”, que en no pocos viajes de trabajo a la capital del país, mi abuelo llevaba como seguro objeto de cambio para conseguir una homóloga botella de Havana Club, gracias a la preferencia de no pocos habaneros por la de los marinos en portada.

Mientras tanto, más allá de denominaciones, de pedigrí o de precios, el cubano mantiene al ron en la preferencia de las bebidas que no pueden faltar en una celebración (cualquiera sea su tipo), un partido de dominó, un juego de pelota, la inauguración de una exposición, un debate en una esquina del barrio o incluso un velorio.

Mucho más se pudiera hablar sobre la relevancia de esta bebida para un pueblo como el cubano, pero eso se lo dejo a especialistas y estudiosos, voces autorizadas como no lo es la mía; quizás invitarlos a que algún día, si sus pasos los traen por esta ciudad, lleguen hasta el Museo del Ron y tal vez, mientras degusten un dulce trago de ron, recuerden que algún día leyeron estas palabras.

[1] Forma simpática con que el que se ha bautizado a un ancho envase plástico de litro y medio de Ron (normalmente de marca Santiago), y que hace alusión a los ómnibus chinos que dominan el transporte interprovincial en nuestro país.







Etiquetas:   Gastronomía

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