
. Ello, además de la sustancial ayuda financiera que nos había dado el Reino Unido en los primeros años de vida como Nación.(...) El primer día en Santiago, ofrecí un almuerzo a la Reina en el jardín de mi casa en Lo Barnechea. Como invitados de honor asistieron el Presidente del Senado, Salvador Allende, y un número importante de Senadores, Diputados, y Ministros de Estado. La música escogida para la ocasión fue chilena, con guitarras y arpas. El ambiente estuvo muy alegre y la conversación fluída. Una vez terminado el almuerzo, la Reina me dijo : " Hay aquí un Senador comunista. Me gustaría conocerlo, porque nunca he saludado a un comunista ".Hablé con el Senador Volodia Teitelboim para presentarle a la Reina, lo que él aceptó de inmediato. El encuentro fue cerca de los árboles, que formaban un pequeño bosque. Allí, en forma muy gentil, el Senador saludó a la Reina, quien lo miró con gran curiosidad. Al regresar al jardín, Su Majestad me presentó a Lord Rothschild, Presidente y dueño de un banco que lleva su nombre, un inglés muy fino, de cara rubicunda y grandes bigotes, de traje arrugado, como corresponde a la elegancia londinense. De manera muy afectuosa, Lord Rothschild me entregó copia de un documento desconocido en Chile. Se trataba de una misiva que el Presidente Federico Errázuriz Echaurren había enviado al abuelo de este Lord, por aquel entonces dueño del banco, dándole Poder para negociar el Arbitraje con Argentina. Me dijo que el Presidente de Argentina había enviado un Poder similar al Presidente del Banco Behrens. Ellos formalizaron, por tanto, en forma política, el Arbitraje que en definitiva fijó en 1902 los límites entre Chile y Argentina. Así se estableció una de las bases de la antigua y permanente amistad que Chile ha tenido con ese país. Para mi familia y para mi, ese fue el almuerzo más importante que hemos tenido en la vida.(...) Visitamos la Corte Suprema y el Congreso Pleno. Aquí leyó un discurso de gran categoría política, citando aquella conocida frase de Winston Churchill que define a la Democracia como "el peor de los sistemas de gobierno diseñados por el hombre, con excepción de todos los demás".(...) Conversamos básicamente de política, demostrándose la Reina muy firme en sus convicciones, muy inteligente, perfectamente informada y poseedora de carácter severo, aunque siempre con un trato amable. En la conversación, habló de las Malvinas, tema que le preocupaba, y me preguntó si consideraba posible que Chile recibiera a los Galenses que allí habitaban, porque no podían ser atropellados, pero naturalmente, impedían cualquier arreglo con Argentina. Le respondí que para nosotros sería extraordinariamente positiva una inmigración de esas familias al sur del país, zona que requería una mayor población y a la que yo conocía por su capacidad de trabajo y bondad de su gente. Le hablé de las distintas migraciones que habían tenido tanto Magallanes, como el sur de Chile; y el bien que le habían hecho al país.(...) De regreso a Santiago, el último día partimos en un coche landó de cuatro caballos desde el Hotel Carrera, pasando por Alameda y Avenida Ejército, hasta el Club Hípico. Las calles estaban absolutamente llenas de gente con banderas. Al paso de los coches, Su Majestad recibió aplausos entusiastas y cariñosos de miles de chilenos. ( Recordando esa escena hoy día, compruebo que en esa época la tranquilidad social era de tal naturaleza, que no vi entonces a ningún policía o guardia protegiendo a la Reina, porque bastaban su alegre presencia y sus afectuosos saludos. Hoy esto sería imposible. Tal impacto y afecto despertó su visita, que en el Estadio Nacional se presentó en su honor la obra de Oscar Wilde "El Príncipe Feliz" ).(...) Firmé el acuerdo unos meses después, en Londres, cuando realicé una visita especial para ese efecto. Fui invitado a tomar el te a Buckingham Palace, los dos solos. Allí me recordó el viaje, las flores, los paisajes de Pucón, y la simpatía de la gente chilena. En la conversación me preguntó quién era la persona que le había llamado la atención sobre la hora de salida del hotel. Le contesté que era el Jefe de Protocolo de nuestra Cancillería. Ella respondió :" Curiosa persona; no sabe que la hora la fijo yo, pues soy la dueña de Greenwich...".Gabriel Valdés : "Sueños y Memorias", Ed.Taurus, Santiago, Chile, 2009, pgs.185-192.