. Hoy lunes esta parte de la ciudad parece
dormida. Solo algunas casas mantienen sus puertas abiertas. Las otras ocultan a
las miradas ajenas todo un ritual familiar que quizá se repita cada noche,
antes de dormir. A mi mente acude una escena del filme Amelié y me pregunto cuántas parejas estarán haciendo ahora mismo
el amor detrás de esas paredes. Sonrío y pienso que tal vez la culpa es de esta
brisa fría que me lleva a pegar los brazos al cuerpo en busca de un poco de
calor.
Unas voces
unos metros adelante me devuelve a la realidad del camino. Debajo de la luz que
proyecta sobre la acera uno de los faroles citadinos, juegan una partida de
dominó tres ancianos y un joven. Los miro y me devuelven la mirada, pero pronto
pierden interés en mi y siguen “dando agua”[1]
a las fichas sobre la
mesa. Antes de perderlos de vista descubro a los pies de uno
de los jugadores una pequeña botella de plástico: es el ron, me digo y no puedo
evitar una sonrisa de satisfacción.
De nuevo me
absorbe el silencio de la
noche. Mis pasos arrancan leves ecos al pavimento mientras
camino por el mismo centro de la calle, tal y como me enseñaron mis mayores, alejado
de las sombras que acechan en las aceras.
A ratos
camino como un autómata, sin fijarme demasiado de los pasos que doy. Entonces
llegan las cavilaciones.
Se hizo en mí
un hábito el caminar a casa bajo la noche que opaca la ciudad. Ese es el
momento de introspección, el encuentro con ese otro (u otros) que comparte la
soledad del camino y, desde no sé que rincones de mi conciencia, me interpela
con mirada crítica (o hipercrítica, lo reconozco) por el ir y venir de mi
actuar diario.
Me sorprendo
a veces hablándole a la noche; está loco, pensará quien me vea en esas
diatribas de labios inquietos, pero el silencio es tan grande y no me deja escuchar
mis propios pensamientos, que entonces optan por hacerse voz. Además, a estas
horas nadie presta atención a esos detalles, todos andan con su poco de locura,
quizás en sus propias disquisiciones. El que menos, apura el paso por llegar a
su destino, o tambalea una borrachera a deshoras, hija de otros circunloquios.
Me pregunto cuántos dramas se escurren entre los claroscuros de la ciudad
nocturna.
Por suerte, hoy mis introspecciones van lejos de
aquellos reclamos lacerantes. Esos innúmeros que me conforman se encuentran en
paz, coinciden desde sus individualidades en un estado de alegría (me gustaría
creer de felicidad). ¿Acaso me abandonan en el andar silencioso por la ciudad?
No, ahí están tan murmurantes como siempre; pero aquel que en otras caminatas
me acompañaba entre quejas, se acerca hoy para sugerirme estas líneas.
[1] Se dice
dar agua al gesto mediante el cual se mezclan las fichas del dominó antes de
repartirse para una nueva partida.