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Noche de ronda...


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28/02/2012


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Son las once de la noche y regreso a casa, a pie. Hoy lunes esta parte de la ciudad parece dormida. Solo algunas casas mantienen sus puertas abiertas. Las otras ocultan a las miradas ajenas todo un ritual familiar que quizá se repita cada noche, antes de dormir. A mi mente acude una escena del filme Amelié y me pregunto cuántas parejas estarán haciendo ahora mismo el amor detrás de esas paredes. Sonrío y pienso que tal vez la culpa es de esta brisa fría que me lleva a pegar los brazos al cuerpo en busca de un poco de calor.


Unas voces unos metros adelante me devuelve a la realidad del camino. Debajo de la luz que proyecta sobre la acera uno de los faroles citadinos, juegan una partida de dominó tres ancianos y un joven. Los miro y me devuelven la mirada, pero pronto pierden interés en mi y siguen “dando agua”[1] a las fichas sobre la mesa. Antes de perderlos de vista descubro a los pies de uno de los jugadores una pequeña botella de plástico: es el ron, me digo y no puedo evitar una sonrisa de satisfacción.

De nuevo me absorbe el silencio de la noche. Mis pasos arrancan leves ecos al pavimento mientras camino por el mismo centro de la calle, tal y como me enseñaron mis mayores, alejado de las sombras que acechan en las aceras.

A ratos camino como un autómata, sin fijarme demasiado de los pasos que doy. Entonces llegan las cavilaciones.

Se hizo en mí un hábito el caminar a casa bajo la noche que opaca la ciudad. Ese es el momento de introspección, el encuentro con ese otro (u otros) que comparte la soledad del camino y, desde no sé que rincones de mi conciencia, me interpela con mirada crítica (o hipercrítica, lo reconozco) por el ir y venir de mi actuar diario.

Me sorprendo a veces hablándole a la noche; está loco, pensará quien me vea en esas diatribas de labios inquietos, pero el silencio es tan grande y no me deja escuchar mis propios pensamientos, que entonces optan por hacerse voz. Además, a estas horas nadie presta atención a esos detalles, todos andan con su poco de locura, quizás en sus propias disquisiciones. El que menos, apura el paso por llegar a su destino, o tambalea una borrachera a deshoras, hija de otros circunloquios. Me pregunto cuántos dramas se escurren entre los claroscuros de la ciudad nocturna.

Por suerte, hoy mis introspecciones van lejos de aquellos reclamos lacerantes. Esos innúmeros que me conforman se encuentran en paz, coinciden desde sus individualidades en un estado de alegría (me gustaría creer de felicidad). ¿Acaso me abandonan en el andar silencioso por la ciudad? No, ahí están tan murmurantes como siempre; pero aquel que en otras caminatas me acompañaba entre quejas, se acerca hoy para sugerirme estas líneas. [1] Se dice dar agua al gesto mediante el cual se mezclan las fichas del dominó antes de repartirse para una nueva partida.







Etiquetas:   Reflexión   ·   Relato Breve

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