La
violencia es el miedo a los ideales de los demás.
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Mahatma Gandhi.
Toda
ciudad exhibe, como orgullo de sus habitantes, monumentos emblemáticos. La
Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad, y el monumental Taj Mahal, por citar
sólo algunos, son mudos y soberanos testigos del crecimiento y desarrollo de
sus respectivas naciones, y de su interacción con el resto del mundo.
De
igual forma, cada época tiene uno o varios referentes que provoca que la
memoria evoque historias, costumbres, indumentaria; y así, cuando, por ejemplo,
escuchamos un comentario alrededor de la famosa banda de rock The Beatles, acuden las imágenes no sólo
de sus integrantes, sino de todo lo que se construyó alrededor de ellos y su
música: un estilo musical que marcó un antes y un después en el estilo de vida
de millones de personas.
En
la actualidad, parece que un vestigio indiscutible de esta nueva era de la
información, es el insulto. Sí: la ofensa constante dirigida a figuras públicas
(y otras no tan conocidas) en redes sociales como Twitter, es acaso lo
representativo de nuestra comunicación actual. Aunque aquí cabría la pregunta:
¿eso es comunicación? ¿Es necesario criticar sin miramientos ni empacho lo
mismo un discurso, que una vestimenta y ni hablar de las decisiones, de cuanta
persona se crea que es conveniente hacerlo, enarbolando una falsa bandera de
libertad de expresión?
Considero
que existe una confusión discutible y reprochable entre ‘expresarse con
libertad’ y ‘agraviar’: lo primero conduce a un ejercicio sano que facilita la
comunicación, la interacción y la información; lo segundo, no es más que una
cuestionable actividad donde se conjugan la denostación, el hostigamiento y el
juicio.
Porque
una cosa es el beneficio que brinda la comunicación digital, que permite
difundir acciones de interés general (tales como los relacionados con derechos
humanos, ecología, corrupción, etc.); y otra, me parece muy opuesta, evidenciar
un error o una falla con el nada grato acompañamiento de insultos, groserías e
imputaciones de todo tipo –incluso- sexistas y racistas. Es común leer, por
ejemplo, menciones donde se acusa de ‘nena’ a quienes deciden no contestar, o a
quien lo hace pidiendo respeto. Sí: el insulto es cotidiano…
Todo
esto, como si quien escribe tuviera en sus manos la posesión de la verdad
absoluta, la autoridad moral para juzgar cualquier palabra, acto o pensamiento…
Es
evidente que hoy, como ayer, se declaran luchas sin cuartel a aquello que nos
resulta ajeno o diferente, aquello que es contrario a nuestras convicciones
personales. Sin embargo, hoy por hoy, esas luchas trascienden fronteras, y se
difunden en menos de un minuto gracias a la tecnología. Y así, en ese intervalo
de tiempo cada vez menor, se atestigua una afrenta insistente, en todos los
idiomas.
Que
reinara la congruencia entre nuestros pensamientos, sentimientos, palabras y
acciones debiera ser una ley de convivencia. Quienes exigimos respeto a la
libre expresión (y aquí cabría prácticamente toda usuaria y todo usuario de las
redes sociales), tenemos la obligación moral de respetar opiniones, posturas
políticas e ideologías distintas a la nuestra. Que una persona tenga una
opinión contraria a la que sostenemos, de ninguna manera le resta ni valor a su
opinión, ni a su inteligencia y mucho menos a su persona. ¿Por qué, entonces,
sobran los agravios? ¿Son necesarios?
Es
indiscutible que en México vivimos una situación de violencia sin precedentes a
lo largo y ancho del país. Y en ese contexto, al menos para mí, es irrefutable
mi decisión de cuestionar, divulgar, exigir si se hace necesario; pero siempre,
invariablemente, con respeto no sólo a las ideas, sino, por encima de todo, a
la persona.
Considero
urgente tomar conciencia que la violencia no sólo es física: las ofensas,
públicas y privadas, constituyen el germen de la violencia en su más amplio
sentido. Me niego a que sea esta violencia, verbal y escrita, un referente de
la época que vivo… No, yo propongo que sea el respeto lo que distinga los
tiempos venideros, esos que estamos construyendo, tú y yo, segundo a segundo,
de aquellos que hemos dejado atrás. Estamos a tiempo…