Malecones



A veces creo que a mi ciudad le falta un malecón. También le faltan muchas otras cosas, claro está; pero… un malecón, ese pedazo de muro construido como protección contra las aguas, como (mal) define algún diccionario, falta a la ciudad.

 

No sé si la culpa es de los fundadores de la séptima de las villas cubanas, de su corta visión de futuro, de su poco romanticismo; o acaso la quietud de una bahía que se divorcia del mar abierto, o un litoral rural, distante de los sonidos de la ciudad, alrededor del cual no tendría sentido levantar muro alguno. Lo cierto es que a Santiago de Cuba le negaron un malecón.

Y fuimos nosotros (como fueron otros) los que perdimos la oportunidad de conocer el verdadero significado de la palabra.

Yo, en cambio, tuve oportunidad de vivir durante cinco años a unos metros del malecón habanero, quizá el más mítico de todos. Disfruté desde su muro el romance entre el sol y el horizonte; sentí sobre mi piel los restos salitrosos de las olas al romper contra la piedra; dejé que la brisa que moldea su silueta, despeinara la melena que aún extraño; temí cuando el mar desobedecía las fronteras y robaba los semáforos recién cambiados. Reí de los que eran sorprendidos por las olas saltarinas, de los autos que se perdían en un lengüetazo de mar; me estremecí ante el grito seco que arrancaba al añejo muro el oleaje de un invierno gris que asediaba la ciudad; lo vi perderse entre las aguas, rendirse ante la pleamar y dejarnos como isla recién nacida al archipiélago que es Cuba.

Pero el malecón es más que eso. El malecón es su gente, o mejor, es lo que cada individualidad que lo visita, hace del pequeño espacio de muro que habita durante un instante de día.

Luego, el malecón también es el sustento de los que pescan, de los que pueblan madrugadas cuando aún las brumas devuelven siluetas; la cama de los trasnochados; el destino de los bohemios y la inspiración de sus guitarras; el cómplice del primer beso; el escape de los incomprendidos; el muro de los lamentos; el inicio o final de todos los planes; el santuario de la diversidad; la fachada de los negocios; la certeza del aislamiento; el anhelo de otros destinos.

Así, esos ocho kilómetros de cemento y arena se humanizan, se convierte en un surtidor de anécdotas, en un confluir de historias. El concepto se escapa entonces del mero aspecto constructivo y se redefine.

Sólo así se podría explicar como una ciudad como Santa Clara, ubicada en la región central de Cuba, ajena a esos límites marinos de las ciudades costeras, presume de su “malecón”: un ancho muro que domina una esquina muy cercana al Parque Leoncio Vidal, en el que sus bohemios visitantes vuelcan sus deseos, preocupaciones, impaciencias e instintos.

Muro de sequía innata, desconocedor de los aromas marinos y la corrosión del salitre. Muro citadino al que los habitantes de esta ciudad, otros cubanos de inquietudes similares a los que miran el mar en la noche capitalina, llaman eufemísticamente El Malecón.

¿Será acaso que los de esta urbe oriental que nace ondulante desde el Mar Caribe, tendremos que construirnos también ese espacio común, hijo de nuestras introspecciones, al que llamamos definitivamente malecón?