Dominó

Jamás he entendido más allá de la lógica que está detrás del dominó. Esa capacidad de análisis que muestran algunos jugadores, al extremo de ser objeto de la burla de sus compañeros de mesa (como si ellos no actuaran igual en ocasiones): “¡oye, esto no es ajedrez!”; escapa a mis rudimentos sobre el juego.

 

. Esa capacidad de análisis que muestran algunos jugadores, al extremo de ser objeto de la burla de sus compañeros de mesa (como si ellos no actuaran igual en ocasiones): “¡oye, esto no es ajedrez!”; escapa a mis rudimentos sobre el juego.
Para mí no es más que ese mismo juego que cuando pequeño me obligaba a poner el dibujo al lado de su semejante, sólo que ahora no son simpáticas imágenes de colores, sino pequeños puntos de color negro sobre el rostro blanco de una pequeña ficha de madera o plástico.

Ni siquiera en mis años universitarios, cuando unirse a un partido de dominó podía marcar la diferencia entre un aburrido fin de semana, cargado de estudios, o tardes de intercambio de experiencias, alegría, bromas, música y bebida, entre esos amigos que llegan a ser los de la vida; pude aprender a jugar “realmente” al dominó. A pesar de que logré ganar varios partidos (quizás más a la destreza de mi acompañante, o por esa llamada “suerte de principiante”), solo aprendí algunos elementos básicos como “matar la salida del contrario y no la de tu pareja”.

Eso es el dominó para mí, y no dudo que para unos cuantos cubanos más. Para la gran mayoría de los de este archipiélago, sin embargo, el dominó es el pasatiempo preferido y remueve tantas o más pasiones que el propio béisbol.

Existen dos tipos de juegos de dominó en Cuba, el del “seis” y el del “nueve”. El primero se juega fundamentalmente en la zona oriental del país, además de ser el escogido para jugar los Campeonatos Internacionales de este ¿juego?, ¿deporte? Consta de 28 fichas. El del nueve (con 55 fichas) es propio de la zona occidental del país (es el que jugué durante cinco años de carrera universitaria). Para los occidentales, este es el “verdadero” dominó y quizás es visto como una “ofensa” que no sea ese precisamente el escogido para los torneos nacionales e internacionales jugados en Cuba.

Sin embargo, a pesar de estas y otras diferencias, el dominó también marca no pocos elementos comunes en la idiosincrasia del cubano.

No se concibe un partido de dominó en un barrio cubano, que no esté acompañado de una botella de ron. A veces se acompañan de un pequeño radio en el que sintonizan la música del momento, o un partido de pelota, y alternan los comentarios sobre el juego, con las más diversas opiniones sobre lo que dice el aparato.

El partido normalmente puede transcurrir en silencio, los rostros concentrados sobre la mesa o las fichas de los jugadores; pero de pronto, el silencio puede verse roto por oleada de gritos, fuertes gesticulaciones y hasta ofensas que, en la mayoría de los casos, no son entendidas como tales.

Algunos se levantan ofuscados y abandonan la mesa diciendo que no regresan más, para, apenas unos minutos después, regresar como si nada hubiera pasado, insertándose entre los que ahora forman parte del público.

Los de fuera siempre tiene algo que opinar, y son los que más saben sobre el partido que se dirime en la mesa. Los de dentro son capaces incluso de reconstruir todas las movidas para sustentar su explicación (siempre a todo pulmón) sobre una jugada mal hecha o, simplemente, no realizada. Las risas, las burlas van de una pareja a otra, según lo marque el ritmo de la partida. Los hay hasta quien hace una análisis filosófico y otros le echan la culpa “al bloqueo” (lo importante es que no caiga al suelo).

Usualmente la gritería termina tan de improviso como empezó, y es que se ha repartido una nueva mano y nuevos puntos por conquistar. Los rostros recuperan su mirada concentrada. La botella pasa otra vez de mano en mano y algún que otro dedica una mirada zalamera y un creativo piropo a las curvas de una mujer que pasa cerca.

 

UNETE



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