. Las cinturas de las mujeres se contornean al ritmo inconfundible de la corneta
china y el trepidar de los tambores. Algunos parecen sólo estar allí por la música. De pronto una
larga conexión arranca un grito común de las tribunas que acompaña el
desplazamiento de la pelota por el aire y el coro rompe en incoherencias de
alegría cuando la pequeña bola blanca pica sobre el césped y choca contra la pared. El ruido es
ensordecedor, pero se agradece. Es síntoma de que el equipo local gana.
La música
entonces arrecia, clama por más. La gente acompaña el ritmo con cantos,
improvisaciones y hasta discusiones sobre la jugada anterior, o la que vendrá.
Algunos retoman viejos conflictos, elogian al jugador en turno o simplemente
queda expectante, con los ojos muy abiertos en medio de la tormenta; cada quien
tiene su propia forma de festejar.
En el terreno
hay dos caras de una misma moneda. Los locales celebran en su banco, dan
palmadas, agitan gorras, gritan palabras de apoyo que se pierden en el barullo
general. Los visitantes por su parte se muestran taciturnos, serios, algunos
parecen tener su mente en otro sitio, lejos de allí, o de aquellos grandes
números que dan luz al marcador. La historia bien pudiera ser al revés…pero
ahora no lo es.
Sobre la
línea de tercera base, justo encima del dogout
de los visitantes, están los seguidores el equipo rival. El rostro está
serio...en algunos, otros se dejan llevar por la exaltación general y se unen
al festejo. Se adentran en discusiones estériles con los que lo rodean; él
contra el mundo… y el mundo ríe socarronamente. Otros responden con risas a los
gritos de los fanáticos locales y dicen, más con las manos que con las voces,
“hoy por ti, mañana por mí”. Al final, unos y otros se abrazan sonriendo,
comparten tragos, gorras, anécdotas, y vuelven la atención al juego, en espera
de que la suerte cambie o se mantenga.
Así se juega normalmente
al béisbol en Cuba, una verdadera pasión en las gradas. Sobre todo en partidos
como los que por
estos días sostienen las novenas de Santiago de Cuba e Industriales, los
dos equipos más ganadores de nuestras Series
Nacionales. Equipos que representan, más que una rivalidad en el terreno, un
enfrentamiento entre el Oriente y el Occidente del país y por tanto, desatan
todo tipo de pasiones que muchas veces, al final, se zanjan con un abrazo y una
botella de ron.