En cierta ocasión, un padre fue a recoger a su hijo al colegio y lo encontró rezando en la capilla: «¿Qué le pides a Dios", le preguntó». «Que Roma sea la capital de Francia», contestó el niño. «¿Por qué deseas algo tan extraño?», continuó el padre. «Porque es lo que acabo de poner en el examen». A veces todos somos como este niño: hacemos lo imposible para que la realidad sea tal y como la describen nuestras teorías. Pitágoras, uno de los más sobresalientes pensadores de la Antigüedad, también sucumbió a esta tentación.




