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Pitágoras, el asesino.


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23/03/2011


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En cierta ocasión, un padre fue a recoger a su hijo al colegio y lo encontró rezando en la capilla: «¿Qué le pides a Dios", le preguntó». «Que Roma sea la capital de Francia», contestó el niño. «¿Por qué deseas algo tan extraño?», continuó el padre. «Porque es lo que acabo de poner en el examen». A veces todos somos como este niño: hacemos lo imposible para que la realidad sea tal y como la describen nuestras teorías. Pitágoras, uno de los más sobresalientes pensadores de la Antigüedad, también sucumbió a esta tentación.






Pitágoras no sólo fue un gran filósofo y matemático, sino también el carismático líder de una comunidad que nos ha legado una de las cosmovisiones más bellas e imponentes del Mundo Clásico. Se trataba de una escuela en la que se llevaba una peculiar forma de vida. Al parecer eran puritanos hasta el extremo, y seguían escrupulosamente una serie de rituales que hoy nos pueden parecer ridículos, como calzarse siempre comenzando por el lado derecho, o no comer habas por su parecido con las partes pudendas. Pero, más allá de estas excentricidades, los pitagóricos, repetimos, elaboraron una interpretación del mundo de una enorme riqueza.  Todo su sistema se sustentaba en la convicción de que la realidad era un cosmos, en el más estricto sentido de la palabra (κόσμος significa «orden»). Es decir, estaban persuadidos de que los fenómenos naturales se hallaban gobernados por leyes que eran el reflejo de la armonía entre todas las cosas. Todo obedecía, según su doctrina, al perfecto equilibrio que se da entre las distintas proporciones. Como las relaciones entre proporciones se pueden expresar numéricamente, se puede decir que para ellos el principio de la realidad, su fundamento, era el número.





No obstante, no hay que pensar que los pitagóricos  matematizaron la naturaleza al modo de la ciencia moderna. Para ellos los números no eran simples unidades cuantitativas, sino que poseían cualidades. Así, por ejemplo, el número dos representaba lo femenino, el tres lo masculino, el cuatro era el número de la justicia, y el cinco, el del matrimonio, pues procedía de la unión del dos y el tres. Pero el número que más importancia tenía para ellos era el diez, al que llamaban la «sagrada tetractys», pues  sintetizaba toda la geometría del universo. Veamos la razón de ello. El uno es el origen de todo; el dos representa la recta (la unión de dos puntos en el espacio); el tres forma el plano (tres puntos no alineados); y el cuatro señala el volumen (cuatro puntos que no están en el mismo plano). La suma de todos ellos (1+ 2+ 3+ 4) es diez; por consiguiente, todo el espacio se halla en él.  Sobre esta base se podían explicar todas las propiedades de los seres. Se trataba de un sistema aparentemente perfecto... hasta que le surgieron grietas.



Un miembro de la comunidad, Hipaso, intentó medir la diagonal de un cuadrado tomando como medida uno de sus lados. De acuerdo con principios de Pitágoras, el resultado debería ser una proporción de números, pero Hipaso demostró que no era posible. Se trataba de un número que no se podía expresar como fracción de otros números; es decir, había descubierto lo que hoy denominamos «números irracionales» (era √2). Obviamente, esto dinamitaba toda la construcción intelectual del maestro. Si ni siquiera la diagonal de un cuadrado se podía explicar como una proporción de números (naturales), ¿Cómo intentarlo con el conjunto del cosmos?



El descubrimiento le costó la vida. Sobre su muerte hay distintas versiones. Algunos sostiene que, durante un viaje por mar, Pitágoras ordenó que lo arrojaran por la borda; otros, en cambio, dicen que lo mataron sus discípulos por revelar lo que debía permanecer en un secreto; de acuerdo con otras fuentes se suicidó al no poder soportar las implicaciones de su revelación. En cualquier caso, el episodio nos pone frente a un hecho que muy a menudo se repite en la historia: la razón puede rebelarse contra sí misma. En efecto, la verdadera naturaleza de la razón es la buscar indicios para alcanzar la verdad allí donde surjan, sin censurar de antemano ninguna posibilidad. Sin embargo, a veces nos aferramos tanto a nuestras certezas, a nuestras teorías, que somos capaces de negar la evidencia antes de renunciar a ellas. La razón, entonces, se vuelve irracional, ciega. Quizás aquí se halle la raíz de todos los fundamentalismos, aunque se presenten con un barniz de ilustración.











Etiquetas:   Arte de Grecia Antigua   ·   Crimen   ·   Matemáticas

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2 comentarios  Deja tu comentario


, Bajo este antecedente, ¿¿¿Consideramos que Pitágoras plagió el más importante de sus teoremas*???

* a^2 b^2 = c^2 . La suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa



José Miguel Cruz, Ingeniería Civil Enhorabuena !
La historia de las matemáticas esconde sorprendente relatos de intrigas, muchos de ellos basados en los celos y algunas contradicciones como estas.
Y es que, como leía en otra publicación, la mente humana busca patrones para sostener sus postulados... y que esto es, lo que en muchos casos, lleva al fanatismo

Saludos.






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