.- Aunque,
aparentemente, según se mire, porque como persona, siempre se desea tener todo
al alcance de la mano, incluso, si es posible, hasta el médico viviendo en casa
propia, parece que, en corrillos más o menos numerosos, y dependiendo siempre
de que la época traiga más o menos templanza, se oye decir que faltan
profesionales de la Medicina, sobre todo, médicos especialistas allá donde
nadie quiere ir, quizá por motivos de falta de interés y, sobre todo, de
estímulo, tanto profesional como académico.
La tan preocupante y
prolongada falta de especialistas, que se arrastra desde 2008, en boca de
algunos voceros, agoreros ellos, no es tal cual, si se analizan con lupa todas
las variables de la ecuación, porque lo que de verdad se necesita, aparte de
redefinir las funciones de estos profesionales, es utilizar adecuadamente los
recursos humanos de que se dispone en cada momento, hasta ahora inútil, tal es
el resultado. Y, en esto, las estadísticas nunca han sido reales porque se
sigue como antaño sin conocer el mapa de posibilidades de hogaño.
Profundicemos la
situación comenzando por la selección del estudiante que va a encauzar sus estudios
de Medicina, una selección que está muy condicionada por el nivel de nota media
que se le exige, lo que no quiere decir es que tal nivel asegure el éxito final
de la vocación, porque además de las buenas calificaciones se necesitan otros
requisitos como pueden ser el indispensable aliciente personal y la adaptación
durante la carrera hacia lo inédito y cómo se desarrollará la profesión
elegida.
En España, desde hace
varios lustros, en tiempos de bonanza, se ha despilfarrado lo poseído: se han
inaugurado hospitales y centros de investigación en demasía, lo mismo que la
moda de abrir facultades de Medicina, casi a la puerta de cada barrio, como una
megalomanía más, convertida en un deporte populista, sin disponer siquiera de
un mínimo estudio demográfico serio que avale necesidades y sustentación,
buscando como remedio los recortes de salario y de personal y siempre en contra de los criterios
de los propios técnicos profesionales. Esto hace que se expendan titulaciones
en 39 Facultades de Medicina, se dice bien, lo que representa el 0,82 por
millón de habitantes, cuando la Organización Mundial de la Salud (O.M.S.)
recomienda que sea tan sólo el 0,50. Esta recomendación es respetada por
Alemania con el 0,46 y el Reino Unido con el 0,45. En cuanto a número de
Facultades por capital, dentro de la Unión Europea (U.E.), Madrid se lleva la
palma con 8, algo faraónico, y le sigue Londres con 5; Roma con 3; Berlín con
2. En cuanto a la tasa óptima de estudiantes por población en la U.E. es de 1
por 10.000, mientras que en España es de 1,59. Todo esto nos indica claramente
que, a salto de mata, se está generando un exceso insostenible de formación de
médicos en un sistema sanitario, que quiere médicos y los tiene, que supera con
creces la media a los países más desarrollados y, encima, con 223 dólares
menos, per cápita, de gasto sanitario.
Sin duda, algo se ha
hecho mal, se hace mal y se seguirá haciendo mal, porque se pretende abrir, en
breve, otras tres Facultades de Medicina más en la comunidad andaluza (Almería,
Huelva y Jaén). Es decir, continuará habiendo una plétora de médicos que, en
breve, el superávit llegará al 23 %, debido a la irresponsabilidad
administrativa, que supone asumir la enseñanza de esta carrera profesional con
una inversión carísima para nuestra sociedad, con un futuro no muy lejano tan
preocupante que no se podrá asimilar como no poder ejercer o hacerlo en unas
condiciones pésimas e indeseables, porque cuando estos estudiantes terminen su
formación emigrarán a otros países donde los contratos laborales no son tan
escasos y precarios como los nuestros. Verbi gratia, actualmente médicos de
ambas comunidades castellanas emigran a nuestro país vecino, Portugal, en busca
de mejores condiciones laborales, que las tienen, y económicas, que también porque,
año tras año, el médico sufre en sus carnes la falta de definición de su
jornada laboral, a costa de lo que sea, incumpliendo el descanso tras
veinticuatro horas de guardia de presencia física, falta de reconocimiento en
la exención de guardias en médicos mayores de 55 años. Todo ello, sin hablar de
la retribución y de la ya famosa carrera profesional, aún no terminada de
desarrollar, despincelada en los últimos años, de la que se empezó a oír hace
ya una cuarentena de años, y discriminatoria en todas y cada una de las
comunidades españolas. Y a la que han ido apuntándose todos y cada uno de los
estamentos administrativos del Estado español como si fuera jauja.
De manera que el
ajuste pasa por ofrecer plazas en las que estos profesionales se sientan como
tales, donde el factor social del trabajo como médico se llene de contenido,
con medios adecuados para el ejercicio íntegro, poniendo sobre el tapete su
buen saber hacer en beneficio de la sociedad a la que tratan de servir. Hay que
tomar medidas de mejora estructural, burocrática y eficiencia, porque el
prestigio asistencial y científico se está deteriorando a pasos agigantados en
esta Sanidad nuestra convertida en un monstruo de diecisiete cabezas en el que
se necesitan más técnicos, en tanto que entre los intendentes sobran infinidad
de cargos inoperantes, que sólo buscan medallas una vez que han invertido más
de lo que se dispone y, pese a ellos, estamos a la cola de los países
desarrollados.
De todos es
conocido/sabido que las ciencias políticas no están preparadas para legislar
sobre conocimientos científicos, pero lo hacen atrevidamente, porque quizá
portan algún gen mutado y desconocido que se lo permite la sociedad que les
vota. Conviene recordar, aunque sea de pasada, que a la profesión médica se le
examina diariamente durante toda la vida profesional para poder ejercer, se le
exige continuamente un elevado nivel de valores y virtudes como abnegación,
compromiso, desinterés, entrega, sacrificio, que la propia sociedad es incapaz
de incentivar porque no está dispuesta a asumirlo cuando la vida de un ser
humano tiene un valor inigualable a cualquier otra cosa material, lo cual
genera desidia y desmotivación que pueden desembocar en una deshumanización.
Sin embargo, a los administradores de la cosa pública jamás se le examina y
menos se le hace un test psicotécnico. Es creencia popular, aunque la
ignorancia es atrevida, que las urnas ungen. Así nos luce el pelo.
Un médico en España,
desde que se inició la ya lejana andadura de la Seguridad Social (casi
septuagenaria, ella), ha estado y está permanentemente vigilado, perseguido y
controlado en su quehacer diario por los administradores de turno, a los que
cada vez se escucha más la idea de incentivar a aquellos que secunden sus
propuestas, entre ellas, la de prescribir cada vez menos medicamentos para
ahorrar más en la factura anual, así que el dinero ahorrado se va a los
bolsillos de los ahorradores. Sin olvidar que el médico tiene que ahorrar el
máximo posible sin privar nunca al paciente de lo que sea necesario para una
buena calidad asistencial.
Hoy en día, como algo
endémico desde hace aproximadamente una década, la tendencia asistencial en la
Medicina de Atención Primaria es la obligación, sin discusión posible, de
prescribir lo que se denomina sostenimiento infraterapéutico, unido a una mayor
frecuencia de asistencia a los centros hospitalarios, que está muy por encima
de la media de la U.E. Y para resolver parte de este problema se ha añadido,
sin contrastarla adecuadamente, la ocurrencia siguiente: la pretensión de dotar
a cada médico de atención primaria de un ecógrafo, cuando el especialista que
debe manejarlo es un radiólogo.
La profesión médica
española ha evolucionado, tanto o más que la sociedad, pero sus necesidades no
son las mismas. La tecnología avanzada en su aplicación a la Medicina ha
generado que el profesional pierda su propia cultura, perjudique su relación
con el paciente, de hecho los pacientes y sus patologías nada tienen que ver
con la actualidad. Hasta hace cinco quinquenios primaba la hospitalización,
donde un equipo médico estudiaba durante decenas de días el proceso patológico,
donde contaba la subjetividad, donde cada miembro aportaba su saber y
experiencia, mientras que hoy día, a pesar de algunos, ocurre al revés, porque
prima el estudio ambulatorio, tantas veces como sea necesario, casi individual,
cuantificando casi todo por medio de la aplicación de estadísticas desde el
parámetro económico, observando mucha objetividad, eso sí, con los cajones de
la mesa repletos de guías clínicas, anónimas, sin firmas, sin responsabilidad,
dispuestas a ser utilizadas como si fueran la Biblia, en las que se pretende
encontrar el saber aplicar, cuando toda aplicación se practica cuando se sabe,
donde la experiencia está tan mal vista, que no cuenta para nada y donde aflora
una evidente pérdida de valores. Así que en el arduo camino de esta exigente
evolución hemos perdido todos: empezando por los enfermos, continuando por la
sociedad y, ni que decir tiene, terminando por los médicos.
Teniendo en cuenta
que el número de hospitales, según datos del año 2008, varía entre La Rioja con
5 y Cataluña con 206, siendo la media de 47 por comunidad y el número de médicos,
según datos del año 2009, varía entre La Rioja con 1.445 y Madrid con 36.616,
siendo la media de un 4,44 por mil habitantes, nos quieren hacer creer que aún
faltan más de 3.000 médicos en España, a la vez que se habilitan con una
facilidad pasmosa títulos de médicos extracomunitarios europeos, pues a ellos
no se les ha exigido, como a los estudiantes españoles, tener una evaluación
media de 8,5 para acceder a las Facultades de Medicina. Y cuando solicitan su
trabajo eventual, ante una necesidad apremiante, no se comprueban sus
expedientes académicos ni sus títulos. Este agravio comparativo hace que la
Sanidad española esté retrocediendo a niveles de los años sesenta del siglo
pasado, tal y como ocurría en el Reino Unido, donde la Sanidad Pública estaba
en manos de médicos pertenecientes a la Commonwealth, mientras que los
oriundos, por incompatibilidad, trabajaban en lo privado. En esto estamos
ahora.
La Sanidad española,
para desgracia de todos, y dentro de un Estado mal administrado, aquejado de un
descontrol del gasto público, por un desajuste de cuentas, por la utilización
de medidas desorganizadas y dispersas, solicita medidas que deben atajarse lo
antes posible porque afectan a todo el entramado social, al haber evolucionado
con el paso de los años, así nació, en el diagnóstico y tratamiento de
patologías sintomáticas a diagnóstico y tratamiento preventivo, siempre en
beneficio de la sociedad. De ahí que sorprendentemente, y a partir de los años
ochenta del siglo pasado, no se hable más que de masificación y de las famosas
listas de espera. Lo preventivo es caro para la Administración y barato para el
usuario, en tanto que lo sintomático es barato para la Administración y caro
para el usuario porque le va su vida en ello. Y ya se sabe que toda prevención
crea adicción. Elijamos: en Sanidad no se puede ni se debe abrir muchos
frentes, ampliando el número del personal hasta el infinito, los médicos los
justos, porque lo que no se va en ayudas se va en personal y a la inversa.
Desde sus inicios, la
Sanidad española, a sabiendas, no ha apoyado ni dado cobertura pública a la
formación continuada e investigación de los médicos especialistas españoles
sino que, pese al visto bueno, a los parabienes, aunque cada vez con mayores
cortapisas de las autoridades competentes de turno, ha delegado este monopolio
en la industria privada, con el fin de que la sociedad prospere sanamente
gracias a los mejores y últimos adelantos técnicos y tecnológicos. Una
industria privada, no hay que ser hipócrita, que continúa involucrada en la
celebración y patrocinio de toda clase de eventos científicos, dentro y fuera
de España, llámense: congresos; cursos; inscripciones; jornadas intensivas de
quirófano; foros; mesas redondas; reuniones; seminarios; simposia; etc. con
comunicaciones; ponencias; pósters; publicaciones de libros y revistas; tesis
doctorales, en fin, unos servicios incalculables, que han dado lugar a la
Sanidad que hoy día conocemos, pero que no sabemos, si este grandísimo esfuerzo
en dotación presupuestaria, que ha durado más de medio siglo, que ha hecho que
la Medicina española se sitúe en el mundo occidental en el puesto de primera
línea, si tendrá futuro, pues la prospección actual la sitúa como un sistema
quebrado al borde del precipicio con una auténtica recesión que, si nadie lo
remedia, puede llegar a un puesto comparable con cualquier país en vías de
desarrollo, gracias a las trabas puestas por unos padrastros veladores,
utilizando continuamente datos electorales como salvavidas de esta sociedad que
no sabe qué modelo quiere. Pero esto es otra historia…
Fdo: Alfonso
Campuzano
Médico Cirujano Traumatólogo
Hospital Clínico Universitario de
Valladolid