Mediocridad y decadencia de la sociedad occidental (I): caos subsecuente

 

. Además, si les preguntásemos por la sociedad civil, entonces seguramente serían más audaces en sus explicaciones, deshojando la margarita de la actual apatía social, de la aparente ausencia de valores y ética, de la mediocridad imperante, quizá como consecuencia de la conducción a ese callejón sin salida que es la probable falta de sintonía entre economía libre y libre sociedad.

 

En nuestro sistema occidental, por no decir en prácticamente todas las sociedades humanas, ha habido y hay una concentración del poder económico, político e ideológico. Esta es una idea que es por todo el mundo conocida, pero que no entendemos por no saber analizarla convenientemente. Puede parecer una ley básica de la sociedad o, inclusive, de la economía liberalizada, fundamentada en el hecho de que hay prácticamente absoluta libertad para luchar por estar en lo alto de la pirámide económica. Ello nos lleva a la deducción de que como la mayoría de los ciudadanos no poseemos las habilidades necesarias para apenas soñar con la consecución de dichos objetivos (llegar a la cima del poder económico), en definitiva unos cuantos aprovecharán dicha coyuntura parasitando al sistema, como huéspedes ilusionados con prosperar y conseguir algún beneficio a la sombra del poder. Se crea entonces una nueva casta, la del poder político e ideológico, unificado, pues la intelectualidad parece haberse afiliado desde hace siglos a determinados postulados políticos, buscando un interés falsamente ideológico, más bien un interés personal por mediocridad intrínseca, que en la mayoría de los casos tiende a ser compensado por el sistema mediante una mejora de la condición socioeconómica. Pero no olvidemos que la mediocridad sigue ahí, es decir, corre el riesgo de convertirse en fenotípica.

En Biología se diferencia al genotipo (toda la información genética que posee un organismo) del fenotipo (la expresión del genotipo en función de un determinado ambiente, que incluye tanto los aspectos de su morfología como de su comportamiento). Así, la mediocridad fenotípica estaría vinculada directamente, según nuestra visión del fenómeno, a las circunstancias preexistentes en una sociedad determinada, condicionadas por el poder. Porque a éste le interesa dar siempre respuesta positiva a los que detentan la jerarquía formal y fáctica para ordenar el sistema social y económico de una comunidad.

 

A esta estructura social, John Kenneth Galbraith la denomina “La Cultura de la Satisfacción”, que significa que las sociedades occidentales avanzadas se estructuran no sobre los esquemas tradicionales de las clases sociales, sino en base a dos grandes grupos: el primero correspondería a la mayoría electoral satisfecha (esta es la Cultura de la Satisfacción), siendo el resto de la sociedad una subclase funcional en la cual entran todos aquellos que no pertenecen a aquella mayoría.

 

La posición económica y la actitud ante la participación política de uno y otro grupo social, configuran el funcionamiento real de las democracias modernas. Aquel primer grupo es el que se esfuerza en participar e influir en los procesos decisorios que encumbran gobiernos y sostienen sistemas, ya que hay que seguir manteniendo un nivel mínimo de satisfacción de “los satisfechos” por y a expensas del poder.

 

Pueden participar no solamente con el voto, sino con un sinnúmero de mecanismos sutiles que el poder y la influencia que éste ejerce en la sociedad les otorga. En suma, siempre buscan que los resultados de las acciones políticas, económicas y sociales, den respuesta a sus intereses.

 

Para explicar gráficamente la idea anterior sobre el poder económico, político e ideológico, la representación geométrica del sistema suele venir reflejada por una pirámide clásica (los elegidos, arriba, y los que no lo son, abajo), con su vértice superior más o menos alargado. Hoy por hoy, con la aparente desaparición mundial de algunos sistemas (e.g., los regímenes comunistas) parece evidente que esta morfología piramidal estándar ha podido cambiar. ¿Pero cómo? En este siglo XXI que estamos viendo nacer asistimos a un cambio notorio, en el que muy probablemente estén formándose otros tipos de pirámides sin que nos percatemos. Pero también podemos utilizar esquemas matriciales, como de hecho se ha producido en las organizaciones más punteras, lo que técnicamente se llama “Achatamiento de estructura”, para lo cual la eliminación de niveles jerárquicos reemplazados por una transversalidad de la información y las decisiones emanadas de equipos de trabajo, limitados a una sola orden jerárquica superior, es la norma.

Es evidente que esta transformación morfológica en las empresas se ha debido a la necesaria adaptación al cambio, que requiere de organizaciones flexibles y que estén capacitadas para aprender de sus propias acciones y experiencias. ¿Es aquel concepto que acuñara Peter Senge de “Learning organization” (la organización que aprende) extensible a la sociedad como un todo? ¡Claro que sí!

Evidentemente la sociedad también se ha matriciado achatándose, porque la Red permite interactuar en tiempo real entre millones de personas en un país y de éste con el resto del mundo, conformando opinión sobre un determinado asunto de actualidad que está preocupando en el presente. O sin ser un problema acuciante, es un conocimiento que se está transmitiendo por la Red a la vez que la propia mecánica de la comunicación virtual facilita que aquél se enriquezca por horas, minutos y segundos. Es exponencialmente ilimitado.

Esta sociedad es de pirámides y matrices (en una especie de enfrentamiento entre geometría euclidiana y no euclidiana). Sin embargo, el eje vertebrador que prevalece, en nuestra opinión, sigue siendo la estructura morfológica del poder cuyas raíces están en una sociedad sesgada interesadamente por la clase política, a fin de que la respuesta a los intereses de aquella mayoría satisfecha persista en el tiempo y no esté comprometida. Es decir, hay un uso no euclídeo parcial (interesado) a nivel político.

Basta recordar cuando se inicia el movimiento de indignados en España, la cara de preocupación de los políticos a los que como un grano molesto, aquellos estaban comprometiendo -así parecía al inicio- el futuro de los partidos políticos, mejor dicho, la casta política que ha llevado a este país casi a la ruina.  

Si volvemos a la pirámide morfológica y sus variantes, una de éstas podría ser la unión de dos por sus vértices (la que podríamos llamar “reloj de arena”). Esa situación no puede ser estable, como veremos. Una de las maneras de volver al sistema clásico de pirámide única es mediante las revoluciones (¿crisis?) económicas que el poder considere necesario potenciar para que las cosas vuelvan al orden, con concentración de poder hacia lo alto de la pirámide, en un sistema jerarquizado muy elemental, pero efectivo en definitiva, nos guste o no.

 

Pero podrían darse otros modelos, con dos, tres o más dimensiones. Incluso imaginar, siguiendo el símil geométrico, a dichas pirámides dentro de esferas, o viceversa, en un alarde de explicación mediante artilugios, que permitan comprender estos nuevos tiempos, donde no se sabe si la sociedad depende de la economía o ésta emana de modo natural de las organizaciones sociales. Quizá ha llegado el momento de repensar las topologías que los ciudadanos de las modernas sociedades queremos para nuestras “pirámides” (¿regulares, aplanadas, apuntadas?), con el fin de decidir sobre el tipo de poder y control, y su plasticidad, en parte o en la totalidad del sistema.

En este sentido, es interesante ver cómo un gigante económico (China) puede parecer que está “afilando” su pirámide, cuando lo que realmente está haciendo es sencillamente engordando un triángulo, pues su sistema está pasando de las dos a las tres dimensiones del espacio.

 

Para acabar esta primera parte del artículo, debemos adelantar que bajo la imagen del modelo del reloj de arena subyace el flujo de ésta, para que el “tiempo económico” no se detenga. Si el reloj se mantiene en una posición, se vaciará la parte superior, se descompondrá al menos parcialmente por vacío de contenido, destruyéndose la parte superior, salvo que el reloj dé la vuelta sobre sí mismo. Si creyésemos en la mano invisible del famoso economista Adam Smith no tendríamos duda, pero... Por si acaso, convendría ir pensando en algún mecanismo que modifique la posición del reloj o modele su forma en algo más clásico, metaestable, permitiendo la refluencia del tiempo económico y satisfaciendo así a Mandelbrot y sus colaboradores, quienes celebrarían allá en el limbo matemático la expresión de un poco de coraje por nuestra parte.

 

No obstante, al contrario, pensamos que el coraje no es una de las virtudes de las sociedades seniles. Aquí, en Occidente, prima la mediocridad en demasiados ámbitos. Nuestro poder (al menos el de los ciudadanos europeos), si es que ha existido alguna vez, se ha dispersado por falta de solidez (convicciones ideológicas), porque se ha producido un fenómeno también de tipo fractal, en el que en Europa y Occidente se ha llevado más allá de lo máximo razonable aquella idea de los intelectuales que en los años 60 y 70 del siglo XX nos inundaron con el diseño de un tipo de sociedad encaminada a dar la plena satisfacción a todos sus ciudadanos, “el llamado Estado del Bienestar”.

Como en las cadenas moleculares, en que una molécula hace una copia fiel a sí misma y permite el desarrollo de la vida, la intelectualidad europea y occidental de inicios del siglo XXI, ha querido mantener intactos los genotipos, aunque sus fenotipos tuvieran que sufrir tal cantidad de alteraciones y adaptaciones impuestas por un cambio cada vez más acelerado (como diría Alvin Toffler, “la aceleración del tiempo histórico”), que los procesos de acomodamiento de los intelectuales al poder de turno, salvo honrosas excepciones, facilitó que irrumpieran auténticas cadenas de ADN de la mediocridad.

Ésta se produce por dos motivos: en primer lugar, la carencia de intelecto en la dosis necesaria para afrontar los desafíos a que el hombre y la sociedad deben enfrentarse; y, en segundo lugar, llamar “intelectual” e “intelectuales” respectivamente a personas y manifestaciones en los que prevalece la respuesta al interés de la mayoría por encima de la independencia de criterio.

Cuando el interés del intelectual responde al interés de grupo de la mayoría satisfecha, es casi axiomático que habrá mediocridad implícita, por más que se disfrace con teorías estéticamente elegantes. Es lo más parecido a la paradoja cultural de los nacionalismos.

En cambio, creemos más en aquellos intelectuales que prescinden del grupo de los satisfechos y responden al resto de la sociedad, aunque siempre tales acciones contengan actos de heroísmo porque deben vencer demasiados obstáculos, en algunos casos, como el gran disidente soviético Alexander Solzhenitsyn, que jugándose la vida escribía cuál era la realidad de los Gulags soviéticos y se hacían copias de sus escritos, distribuyéndose en la clandestinidad por toda la geografía rusa.

Pero este científico ruso y otros más que conforman la llamada “disidencia soviética”, fueron los auténticos forjadores de la desintegración de la ex URSS, junto a los habitualmente citados como personalidades que contribuyeron a la caída del Telón de Acero: Lech Walesa, Juan Pablo II, Ronald Reagan, Margaret Thacher y Mijail Gorbachov. En otros términos: de haber prevalecido en la Rusia soviética un nivel de disidencia equivalente a la pobre actitud de los intelectuales en Europa y Occidente en los inicios del siglo XXI, no cabe duda que la caída del Muro de Berlín y la desintegración rusa igualmente hubiesen ocurrido, pero podría haberse dado un escenario menos proclive al cambio que la historia exigía porque justamente no hubiera habido Solzhenitsyn’s minando las bases de una sociedad decadente.

Por tanto, la real preocupación para los europeos de 2012, 2013 y 2014, años en los que se debatirá y pondrá a prueba la fase final de consolidación del gran proyecto europeo o el definitivo fracaso de Maastrich, es si hay indicios reales de una nueva generación bien formada e interesada por el destino final de Europa y la civilización occidental, que pongan sobre la mesa conocimientos y capacidad de liderazgo efectiva que destierre la “larga noche” de la mediocridad a la que hemos estado sometidos desde la crisis financiera internacional de 2008-2009 y que aún no hemos salido de ella.

Fallaron controles…sí. Pero aún más falló lo que Von Mises llamó la “Acción Humana”. Cuando cientos de miles de acciones se realizan por hora en una sociedad, por más tecnológicamente avanzada que sea ésta, no podrá imponerse ni la equidad ni la justicia, o sea una condición mínima de vida digna de los ciudadanos, si lo que se ha resquebrajado en aquella va más allá de su sistema financiero y económico: hablamos de los principios, valores y componentes éticos que deben guiar la conducta de los hombres.

Abraham Lincoln hablaba del “lado oscuro del alma humana” en referencia a esa dicotomía existente en nuestro espíritu, que hace necesario que haya educación en el conocimiento de las cosas y en el espíritu de las personas para que prevalezca el bien. Solamente en el carácter de los hombres puede verse cómo es una sociedad y cómo se augura su destino. Sociedades tecnológicamente avanzadas pero espiritualmente empobrecidas, son el caldo de cultivo de ideologías de “diseño a medida” e intelectuales oportunistas que responden a la “Cultura de los satisfechos” porque manteniéndolos a éstos se mantienen a sí mismos. Una vez más: el carácter del ser humano.

La mediocridad del liderazgo actual no se entiende si no se considera el conocimiento y la materia cognoscible, como parte indisoluble e inseparable de un espíritu justo, noble, solidario y compasivo.

 

 Eduardo Rebollada y José Luis Zunni. Consejo Editor GlobbApp.

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