. Ese fue el titular del diario El Tiempo que me erizó. La fórmula morbosa venía dada por los tres elementos de la oración: el sujeto, los sacerdotes asesinados; el verbo, pagaron; el predicado, para que los mataran. Sacerdotes, asesinato, sicariato, tres palabras unidas para sacudir los espíritus más abiertos. Transcurrido un año del crimen, la sociedad y, sobre todo, la feligresía, esperaban conocer resultados de las investigaciones por el doble asesinato de sus queridos pastores; entonces fue cuando la Fiscalía sorprendió con la siguiente conclusión: uno de los religiosos había enfermado de sida y sífilis, y junto a su pareja, el otro cura, decidieron que no querían sufrir el dolor y deterioro que causaría la enfermedad. Atormentados, trataron varias veces de suicidarse juntos, pero, ante el repetido arrepentimiento a último minuto, decidieron contratar un sicario que simulara un asalto y los matara. Por el encargo, le pagaron al asesino a sueldo, quince millones de pesos.
Sumados todos los ingredientes para escandalizar, aparte de cierta tristeza y desconcierto, no ha habido mayor reflexión ni reacción pública, lo cual es difícil de interpretar. No creo que sea por falta de interés, ni porque la sorpresa o la contrariedad hayan sido minúsculas; me parece, por el contrario, que la sociedad, cuando no está instigada por el interés de ciertos portavoces o cuando reconoce lo peor de sí misma en las acciones de unos pocos, es capaz de atenuar, ignorar y hasta perdonar ciertas ofensas que en otro contexto castigaría de manera implacable y vehemente. Los dos sacerdotes parecían buenas personas, devotas de su trabajo social como representantes de la institución eclesiástica. Con el beneficio de la duda que otorga esta premisa interesa el calvario personal de esos dos hombres. Una pareja que hace un pacto de muerte está unida de manera indisoluble por los siglos de los siglos. En este caso es evidencia de un sentimiento que ambos decidieron desarrollar pese a la posición homofóbica y asexuada que predica (sin mucho éxito y de forma recalcitrante) la institución para la cual trabajaban, la iglesia católica. Dice la noticia: “Según se dijo en la audiencia, se comprobó que los dos religiosos solían frecuentar bares gays del sector de Chapinero”. Esto revela la rebeldía de dos hombres que no solo no aceptaron la imposición del celibato sino que hicieron caso omiso de la remachada condena católica a la homosexualidad. Por otro lado, está el dilema de estos hombres de dios entre predicar a su comunidad sobre el reino de los cielos y resistir la adversidad, y el espanto personal ante la enfermedad y la muerte. Al saberse uno de ellos víctima de una enfermedad que le causaría agonía, la pareja decidió buscar la manera de cortar cualquier posibilidad de sufrimiento. Debe haber sido un tormento descubrir que tantos años de estudio, de arengas escuchadas y multiplicadas por su propia voz sobre la estoicidad que debemos tener ante las dificultades de la vida, no les servían para nada; que se hallaban ante el estremecedor vacío oscuro y misterioso en que vivimos los mortales no ungidos. Dice la noticia: “La hipótesis que sostiene la Fiscalía es que los dos sacerdotes hicieron un pacto de muerte, y de hecho fallaron en varios intentos de suicidio. Uno de ellos se realizó en el Alto del Pescadero, donde estuvieron días antes de su asesinato, y finalmente optaron por contratar a un asesino profesional”. Les falló pues la fortaleza que suponían sus fieles debían profesar, ellos más que nadie. Otro elemento que me conmueve de esta tragedia es la dificultad de los religiosos para cumplir con su voto de pobreza. Entre entregarse por entero al servicio de los más desfavorecidos y acopiar fortuna como cualquier pecador. Esto se evidencia cuando la prensa nos señala que “el 6 de enero uno de ellos traspasó todos sus bienes y títulos valores a su mamá”. ¿Bienes y títulos valores? Un sacerdote que dedica tiempo, energía y, claramente, recursos, para invertir en la Bolsa o certificados de ahorro, constituye una muy interesante perspectiva sobre este aspecto de la vida monacal. Más aún, si se considera que pagaron en efectivo a su sicario y secuaces 15 millones de pesos (cerca de 8 mil dólares), un gasto extra, para que se cumpliera su última voluntad. Finalmente, hay que reconocer el conflicto supremo que atravesaron estas dos almas en cuanto a su relación con la feligresía: ante ella ocultaron su nexo, negaron su discrepancia con (y habrán alentado) los dogmas institucionales que repudiaban su propia naturaleza y la enredaron en una cadena vana y estéril de sufrimiento. Uno de ellos angustió a la comunidad durante una misa al pedirles que oraran por él. Según la noticia: “Dijo que lo hiciéramos porque tenía unas necesidades muy grandes´, contó Margeli Guzmán, sacristana de Los Olivos”. No conforme con ello, estaban cegados de tal manera que trasgredieron la ley al pagar por la comisión de un delito y, además, solicitar a sus verdugos que construyeran una nueva mentira: que los asesinaran y simularan un atraco. Deben haber sido muchas horas de desasosiego. Después de conocer esta historia, surge una profunda compasión por dos seres humanos víctimas de su propia circunstancia, que sufrieron la negación de su propio ser y vivieron fragmentados entre la prédica, el ejemplo y su propia humanidad. La desesperación que tanto deben haber combatido, finalmente, se apoderó de sus corazones. QEPD.