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El pucará de Rumicucho


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16/02/2012

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Quito se convulsiona desde las primeras horas de la mañana. Miles de vehículos materialmente vuelan por las avenidas hacia objetivos diversos movilizando a más de un millón de personas. Este periodista circula por el medio más eficaz, quizá cómodo a cierta hora, el colectivo, por la avenida occidental con rumbo norte hacia la Mitad del Mundo. Pretendo, siquiera por un par de horas, disfrutar de la tranquilidad y lugares más o menos atractivos, exentos de bullicio y peligro.


 

Cultivar la capacidad de extrañamiento

En 30 minutos me encuentro en Pomasqui y a continuación en San Antonio de Pichincha. El calor es insoportable, pero en cambio tengo a mi favor cierto ambiente de pueblo y la posibilidad de caminar despistado, sólo pensando en mis dos objetivos: Rumicucho y los monumentos que recuerdan a la Misión Francesa, agradeciendo eso sí, el poder hacerlo con toda la libertad del mundo y el poseer la capacidad de extrañamiento ante cosas aparentemente simples y sin importancia para el común de los mortales.

Un dólar y medio cobra una camioneta para transportarme desde San Antonio hasta Rumicucho en aproximadamente quince minutos. Dejo entonces el pueblo bullanguero y desordenado para sumergirme en el pasado y meditar durante un buen tiempo sobre lo que fue ese lugar desde el 1450, antes de la llegada de los conquistadores españoles. No está por demás manifestar que la carretera que conduce al sitio se encuentra en buen estado, pero en cambio, después será “regreso del músico”, como quien dice, para hacer deporte.

 

Mayor atención a nuestro pasado

De pronto, está allí. Ya de cerca, emociona el famoso Pucará. Creo que igual emoción deben haber sentido los miles de visitantes a lo largo de la historia de este tesoro arqueológico. Pero hay algo que no entiendo: ¿Quiénes somos los ecuatorianos, gobernantes y gobernados, que no damos importancia a estos lugares? Malo es comparar dicen, pero en el Perú, estas reliquias de la historia, que son carta de identidad, se manejan de manera muy diferente. Me resisto a pensar que seamos amantes de este tipo de recuerdos sólo en círculos de cafés, de tertulias y de bonitos uniformes y etiquetas. No vale que el pasado, nuestro pasado, sólo quede grabado en libros, revistas de turismo, fotografías arregladas, y que nos importe sólo el dinero y nada más.

 

Historia de Caranquis y “guambracunas”

Rumicucho, según tengo entendido, es el mejor testimonio del poder Caranqui, y luego del imperio incásico que los sojuzgó en el norte, pero que con poco tiempo, alrededor de cuarenta años, tuvo oportunidad de hacer sentir la gran fuerza e importancia del Tahuantinsuyo hasta la llegada de los españoles que, ansiosos de oro y riquezas, lo destruyeron todo, lo cambiaron y pisotearon, tratando de poner las cosas al revés, quizá por temor e impotencia ante esas civilizaciones hermosas del pasado que no las entendieron ni las soportaron. Caranquis e Incas constituyen un episodio aparte y fundamental de la historia pre-colombina en nuestro país. El choque de estas culturas produjo uno de los desastres más terroríficos y sangrientos que registra la invasión incásica en nuestro suelo. Los cronistas cuentan que treinta mil Caranquis, por rebeldes, fueron pasados a cuchillo y arrojados en una laguna que después se tiño de rojo. Sería “Yaguarcocha”, el lago de sangre. Pero resulta que esos guerreros sacrificados eran de la estirpe de Pacha, aquella mujer bella y valiente que llegó a conquistar el corazón del más grande guerrero y estadista que vieron estas tierras, Huayna Capac, nacido en Tomebamba, tierra Cañari. Paradojas de la historia, los “guambracunas”, crecerían y más tarde cobrarían venganza dentro de las huestes de Atahualpa contra los peruanos venidos desde Cuzco por las pretensiones de Huáscar para gobernar todo el Imperio, y hermanados con Cañaris, incluso ahogarían al propio medio hermano en Jauja.

 

Fortaleza en una colina natural

Debió haber sido motivo de dolor profundo el hecho sangriento del “Lago de sangre” para Pacha, pero sucumbió ante aquel que venía con todo el poder y que incluso dijo que había llegado al fin del mundo; sin embargo, ante la bella flor indígena, llegaba quizás arrepentido, humillado, enamorado.

Rumicucho –rincón de piedra-- es un monumento al pasado. En él se conjugan la inteligencia, la arquitectura, la planificación estratégica y la organización incaica que llegó a establecer su dominio sobre los pueblos locales, y a lo mejor convivieron, sin que esto haya significado que de buen agrado aceptaron a los invasores. La edificación no se parece a la incásica en cuando a la utilización de la piedra, es decir a la clásica arquitectura de los Incas, como se ve en Ingapirca y múltiples lugares del Perú, pero de todas maneras es impresionante, en especial si imaginamos cómo pudo lucir en el momento de mayor esplendor, edificada la fortaleza en una colina natural, hacia el oriente de la llanura de Lulumbamba, con sus 400 metros de largo, 100 de ancho y 20 de altura, en cinco terrazas.

 

Cuartel, templo, tambo y taller

La piedra de los muros está colocada con simetría y tiene el color rojizo, pegada con algún material a manera de cemento de origen volcánico. Existen huellas de varios recintos, galerías, patios y escalinatas; es posible que haya servido para actividades rituales, para observación y para control militar. El pucará de Rumicucho es parte de una cadena de construcciones similares para objetivos militares y religiosos, como los de Capillapamba, Palmitopamba, Chacapata, Guayllabamba y Quitoloma. La función era múltiple: cuartel, fortaleza, templo, tambo y taller. Desde ese lugar se disponía de una amplia y magnífica visibilidad hacia los cuatro puntos cardinales.

El museo del Banco Central guarda múltiples materiales rescatados de la fortaleza en mención: cerámica, objetos de piedra, de hueso y metal. La cerámica tiene en su mayoría características locales y también un porcentaje inca; existen boleadoras, piedras de honda, metates y objetos de piedra pómez y obsidiana, también, tallados de hueso, como punzones, tupos y figurillas zoomorfas.

Lo que llama la atención profundamente es la soledad, el casi abandono del lugar. No vimos un museo de sitio, talleres de investigación y restauración, locales de atención a turistas, nada. Ese es el estado de estos monumentos invalorables de nuestro pasado prehispánico. ¿A quién corresponde la preocupación de este y otros sitios similares? ¿Quién promueve el interés? ¿Quién estará en condición de exigir los fondos necesarios para un auténtico salvamento?

 

César Pinos Espinoza

 





Etiquetas:   América Latina   ·   Patrimonio Cultural

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2 comentarios  Deja tu comentario


Francisca Almeida, Artes Afortunadamente cada vez tomamos más valor del pasado, quizás como herramienta para entender de donde venimos y a donde vamos o quizás por el simple hecho de disfrutar de la cultura.

Creo que la preocupación por la arqueología y restos de sociedad anteriores puede representarse de dos modos:
1) Respeto: esto implica evitar destrozar, profanar y adulterar los sitios donde se emplacen los vestigios
2) Revitalización: referido a invertir para rescatar esos vestigios y hacerlos cercanos a la ciudadanía para observar y aprender.

Resulta evidente que las actividades culturales de cada país están en parte sujetas a su capacidad económica, en cuyo caso deben velar por realizar la mejor gestión según sus recursos.

Así, me resulta lógico que la ciudadanía pueda exigir a todos sus gobiernos al menos el cumplimiento mínimo de los legados ancestrales: el respeto.



César Pinos Espinoza, Periodismo
SI DESEA VER FOTOGRAFÍAS AL RESPECTO:
www.elmercurio.com.ec/272192-el-pucara-de-rumicucho.html




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