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Finalidad


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10/02/2012

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El problema sobre la existencia de una finalidad en el Universo y de los seres que en él se encuentran, tanto los seres inertes como los vivos (el destino del hombre, la Felicidad, también se incluye en esta problemática) es un tema largamente desarrollado. Fue Aristóteles el primero en establecer  que cada sustancia del mundo sublunar es perfecta en sí misma y busca desarrollar en acto toda su potencia, llegar a su telos. La causa final, propia de todo lo que tiene un agente, sería junto a la material, la formal y la eficiente la conformadora de las diversas sustancias. No habría sin embargo finalidad en el mundo supralunar, donde las sustancias son eternas e incorruptibles, están actualizadas en su materia totalmente, incluyendo al Motor Inmóvil de la Física y al Acto Puro de la Metafísica.


 

Esta perspectiva cambia sin embargo con el cristianismo: el Mundo completo tiene una finalidad, pues ha sido creado por Dios, su agente, el ser necesario de la Quinta Vía de Santo Tomás de Aquino, que recuperará Kant en su Crítica del Juicio para señalar, al igual que la tradición escolástica, que en los seres vivos hay una evolución ideal que lleva hacia el hombre, salvando así las críticas del mecanicismo. Precisamente será el atomismo clásico y sus versiones modernas del empirismo las que negarán las causas finales y con ellas las sustancias aristotélicas, proponiendo un mundo sin causalidad, donde habrá si acaso una coordinación entre la res cogitans y la res extensa, tal y como expresó Descartes, o una armonía preestablecida entre las mónadas o sustancias, tal como postuló Leibniz. Este acausalismo tendría influencia también en las ciencias, como en el caso de la denominada Física de Weimar, caracterizada por su indeterminismo y falta de causalidad en consecuencia.

 

Sin embargo,  la biología molecular y el ADN provocarán la recuperación de las causas finales: Jacques Monod señala en El azar y la necesidad (1969) que los seres vivos poseen tres características: teleonomíainvariancia reproductiva y morfogénesis autónoma, que indican no sólo una finalidad y una constancia en su estructura, sino que ésta evoluciona partiendo de unas bases genéticas ajenas a las alteraciones del mundo externo. No menos lejano de este finalismo se encuentra el principio antrópico de Brandon Carter en la cosmología, donde se postula que el Universo existe ni más ni menos que para permitir la existencia del hombre. La discusión resulta interminable y parece que hayamos vuelto a la época de Aristóteles.

 

En general, habría que aclarar que la finalidad no es una idea unívoca: habrá finalidad objetiva, propia de la causalidad determinista que explica que una piedra lanzada al aire cae al suelo por efecto de la gravedad. Pero también puede hablarse de finalidad subjetiva (tanto humana como zoológica), a un nivel propositivo (una conducta orientada a un fin), y de finalidad a nivel biológico («los ojos tienen el fin de ver»). Sin embargo, la finalidad propositiva deja de ser subjetiva cuando se encuentra inmersa en distintos contextos antropológicos, de carácter histórico por ejemplo: citando a Molière, nadie puede decir que se va a luchar a la Guerra de los Treinta Años hasta que retrospectivamente, cuando la guerra haya terminado en el plazo correspondiente, se pueda calificar a ese conflicto de tal manera. Lo mismo podría decirse del «Fin de la Historia» que postuló Fukuyama. Clausewitz, en De la Guerra, postulaba que «La guerra no es más que un duelo en una escala ampliada», señalando la diferencia existente entre los duelos particulares de los soldados y la resultante de todos ellos a la escala de los ejércitos: como diría Aristóteles en su Política, el fin de la guerra es la paz. 

 

Al nivel de la Biología, no cabe duda que hay finalidad en los organismos, de lo contrario serían inexplicables cuestiones tales como las homologías existentes entre las aletas de los anfibios, las extremidades de los mamíferos o las manos y pies de los antropoides, o sin ir más lejos los órganos oculares o los órganos sexuales en los pluricelulares. Sin embargo, esta finalidad no puede plantearse a la escala del individuo, de la ontogénesis, sino de la filogénesis: los ojos tienen la finalidad de ver porque estos órganos son producto de la evolución de células fotosensibles hasta el desarrollo de los pluricelulares. Una finalidad en este caso objetiva, no propositiva.



Etiquetas:   Filosofía

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2 comentarios  Deja tu comentario


José Manuel Rodríguez Pardo, Filosofía Y yo cito a Aristóteles, que se remonta mucho antes del judaísmo. Saludos cordiales.


Miguel María González, Escritor Solo quería hacer notar que la idea de la finalidad divina del mundo no es cristiana, se remonta al judaísmo y mucho antes. Gracias




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