Es la tarde de un jueves. Rosita, una alegre niña de cinco años, inquieta, espera a la puerta de su casa a su vecina. Su compañera de juegos, hecha de trapos multicolores, cuelga de su brazo derecho, remendada una y otra vez, herencia de su hermana mayor que ahora tiene doce años. El sol está a punto de reposar sobre las montañas que a lo lejos se vislumbran, entre nubes de partículas diminutas de polvo y humo que despiden las maquiladoras. A Rosita le gusta jugar que esconde al sol, con su manita lo tapa y destapa a su antojo, mientras con los ojos achicados lo enfoca y desenfoca, una vez, otra...



