. Pero es más. Dice lo que sucedió antes, que
fue un verdadero calvario, una historia triste y escalofriante a partir del derrumbe
de un mundo milenario que de pronto se transformó en una tragedia insufrible y
dolorosa, de llanto y dolor. Cito de la obra: “La guerra de la Independencia
nacida de un puñado de valientes e intelectuales soñadores trajo un rayo de
esperanza para todo un inmenso Continente, pero el precio a pagarse fue alto y
sangriento, porque para los hispanos fueron los últimos intentos desesperados
de mantener su hegemonía y contener la justa aspiración liberadora en pueblos y
ciudades (…) El tiempo heroico y de honor llegó a su fin y asomó la hoguera de
pasiones, ambiciones y odios, la prepotencia, el abuso y la desconfianza”
Como dice el escritor guatemalteco Antonio José de Irisarri, “nuestros
pueblos sólo estaban empeñados en despedazarse las entrañas, sin que nadie
fuese capaz de persuadirles que había otra cosa mejor en qué ocuparse, que no
parecía sino que el vivir en medio de una perpetua revolución era el estado
natural de la América del Sur, que la sociedad en estos países se hallaba en
una continua brega en el fondo de un abismo”.
Lograda su independencia, el Perú se vio enfrascado en varios conflictos
que casi siempre los iniciaba. Con ambiciones extremas de apoderarse y dirigir
la Gran Colombia, conduciendo ejércitos numerosos traídos desde muy lejos, como
Arequipa, Gamarra se embarcó el 27 de diciembre hacia el puerto norteño de
Paita, mientras La Mar llegaba a Tumbes, pero evidenciando desconocimiento del
terreno, en un ámbito de desorganización e imprevisión del comando peruano. Luego
marcharon con dirección a Loja en una estación de lluvias en donde las tropas
sufrieron las consecuencias. Se dijo en los periódicos que la invasión a
Colombia era un crimen de ingratitud y más por quien era hijo de su suelo; que salvo
Guayaquil, nada valioso había para conquistar, pero siguieron con su propósito.
Atravesaron Macará, llegaron a Saraguro y aquí fue su primera sorpresa, donde
según los propios autores peruanos, como Jorge Basadre (“Historia de la
República del Perú”), se dispersaron o perdieron 1.400 hombres e incluso su parque bélico.
Luego de la
batalla del Portete y el fracaso peruano que causó profundo dolor y rabia en
los medios sociales, políticos y militares del Perú al conocer el infausto
acontecimiento, se sabe que un poco más arriba de Girón, ya en retirada, el
jefe militar sureño Domingo Nieto, que marchaba a la cabeza de los Húsares, se
quitó el sombrero saludando a Sucre. Muchos enemigos de Gamarra, entre ellos
Santa Cruz y Castilla, posteriormente dijeron que aquél “había coadyuvado para
la derrota en el Portete, y aún antes, mediante órdenes infames”. También se
habló de que el parte de Sucre y la inscripción que había decidido el Mariscal
para la Pirámide, eran humillantes.
En nuestro libro,
recordamos tres anécdotas: la del paso del Libertador por Jima en su calidad de
Presidente de la Gran Colombia luego de la batalla de Pichincha y de su célebre
cita con San Martín en Guayaquil los días 26 y 27 de julio de 1822, partiendo
desde el puerto de Naranjal y también sobre el camino que utilizó Sucre dos
días después de la batalla del Portete, acompañado de un contingente de 800
hombres, posiblemente constatando el retiro definitivo de las tropas peruanas,
y el caso que consta en los anales de esa población azuaya, de que allí vieron
a Camacaro que era llevado herido en una camilla, según información
proporcionada por don Rafael Zhunio, posiblemente testigo presencial, lo que
genera una gran inquietud sobre si ese héroe venezolano murió cerca de Girón y
fue enterrado en el pueblo, como aseguran muchos, o lo llevaron muerto (“Jima,
un pueblo que nació en la Prehistoria”, de Jorge Argudo Zhunio, Cuenca 2007).
Referimos también los momentos
culminantes y conmovedores de la vida del Libertador. Al respecto el
historiador peruano Nemesio Vargas, anota: “Vemos levantarse una figura
colosal, deslumbradora, un adalid que sin armas, sin ejércitos, sin recursos,
acosado y perseguido, lucha contra las aguerridas huestes españolas mandadas
por expertos capitanes, las rechaza y vence en mil combates del Orinoco al
Potosí y emancipa un mundo tan vasto como el que esclavizara la diestra del
Gran Alejandro”. En sus últimos momentos Bolívar conversa con su médico el doctor
Reverend y se burla de las ilusiones de este hijo ilustre de Francia: “¿Doctor,
quién le trajo a América?”. “La Libertad”, respondía. “¿Y la encontró?”. “Si,
mi General”. “Pues Usted ha sido más feliz que yo…vuélvase a la bella Francia,
en donde ya está flameando la gloriosa bandera tricolor (el azul, blanco y
rojo, adoptado el 15 de febrero de 1794); aquí, en este país, no se puede
vivir; hay muchos canallas…” Ese día, 17 de diciembre de 1830, el escribano
José Catalino Noguera, no pudo continuar con la lectura de las últimas
disposiciones del Libertador, estaba derretido por la emoción, tuvo que ceder
el pliego al auditor de guerra para que continuase, y tanto él como el doctor
Reverend y aquellos hombres esforzados que habían desafiado la muerte en mil
combates, lloraban y sollozaban como niños…era la una de la tarde. (Artículo
publicado en la red internacional Reeditor.com por el autor de este libro).
“El doloroso precio de la libertad” recoge los sucesos más sobresalientes
y pasajes poco contados y a veces ignorados a causa del paso de cien años o
más, y porque sólo estuvieron al alcance de élites culturales y no llegaron ni
al pueblo ni a las nuevas generaciones, por descuido o por otras deplorables razones.
Nuestro objetivo es difundir, aunque sea poco a poco y lentamente, a manera de
siembra con pequeñas semillas, pero semillas al fin, para que el lector común
se interese y se introduzca en este maravilloso como apasionante mundo del
saber y la historia.
César Pinos Espinoza