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El instante del destino


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09/02/2012

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“Todo estaba escrito ahí arriba”, es la frase que pronuncia una y otra vez “Jacques, el fatalista”, a lo largo de la peripecia que lo une a su amo. El protagonista de la célebre ficción pergeñada por el enciclopedista Denis Diderot no pudo ser bautizado más taxativamente.


Para él, todo lo que acontece, ya está previsto en algún plan extraterreno –no se sabe si de divina autoría—y no amerita más explicación. Porque “estaba escrito ahí arriba”, según explica a su irritable amo, es que él se alista para la guerra, recibe una bala para él destinada en la rodilla, y a consecuencia de esta herida tiene ocasión de enamorarse.

El destino y su inexplicable materia, redunda provechosamente en el caudal narrativo de la literatura universal, desde que Odiseo partió a la guerra, destinado a volver a Ítaca, no sin antes vérselas con infinito obstáculo; el destino es la gran interrogante que aguarda a todo relato.

“Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones”, sentencia Jorge Luis Borges en su cuento “El Sur”. Juan Dalman, modesto funcionario, delira entre los vapores de la fiebre un destino más gallardo, digno de su linaje “hondamente argentino”, y no el que lo condena a una cama de hospital al haber contraído el tétano por un minúsculo como fatal accidente.

Un accidente, el azar que no sabe de culpas, cambia para siempre el destino de un hombre que por un tris se ha salvado de morir aplastado por una pesada gárgola que se desprende de lo alto. Así lo cuenta Paul Auster en El oráculo de la noche, una novela que contiene otra novela –recurso muy austeriano--. El protagonista Syd Orr recién se recupera milagrosamente de una enfermedad que los médicos creían mortal. Es un novelista, y al sentirse impelido a escribir de nuevo comienza con esa historia de otro hombre que se salva por muy poco de la muerte y tras ver la gárgola estrellarse a milímetros de sí, decide escapar de la vida que ha llevado hasta entonces.

La revelación del destino puede estar al principio de una historia, pero también al final como en el Quijote, cuando Alfonso Quijano encarado al mortal desenlace, vuelve en razón y acepta su condición de hombre común, como los otros, no destinado a grandes hazañas.

Santos Luzardo, el héroe de la Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, no parece tener en claro su destino hasta no topar con el tenebroso Melquíades, oscuro mensajero de lo ignoto que le depara más allá de su viaje hacia las profundidades del Arauca. “¿Con quién vamos”, titula premonitoriamente Gallegos el capítulo inicial de su inolvidable novela.

Ver el destino

Cuando el cura y el barbero hacen el “donoso y grande escrutinio” –más bien despiadado—de la librería del ingenioso hidalgo Quijano, nuestro Don Quijote, aparecen los títulos que han mudado el buen juicio del protagonista de las peripecias cervantinas.

Se trata de los libracos que sirven de libreto al “caballero de la triste figura” y su desacertada aventura junto al fiel Sancho Panza.

Esa literatura que cura y barbero inventarían si bien merecen ser calcinadas o no, es el corpus artúrico y demás novelas de caballería que inspira al protagonista de Cervantes: Perceval, Tirante y, sobre todo, Amadís de Gaula.

Victoria Cirlot ilustra cómo se manifiesta el destino único de los caballeros andantes, cuyas hazañas quiso imitar el primer hombre moderno de la literatura hispana, no otro que el Quijote. La novela es el género literario moderno por excelencia.

“La visibilidad o audición del destino sucede en momentos privilegiados de la vida”, escribe Cirlot en Figuras del destino. Mitos y símbolos de la Europa Medieval (Siruela, 2005). Y sigue poco más adelante: “Erec, Lancelot o Yvain, son todos ellos personajes cuyas historias tienen como objetivo enfrentarlos, a ellos y sus lectores, a los emblemas que se forman ante sus miradas, en los que se contiene la orientación de su andadura vital”.

Ese instante que en la literatura medieval se vale de símbolos que incumplen con la noción moderna de verosimilitud –“un leopardo, una carreta, el combate entre un león y una serpiente”, según nos ilustra Cirlot--, con el devenir de la modernidad y la evolución de la narrativa ha hallado equivalente en la cruda realidad del hombre común contemporáneo.

Como al personaje de Auster ocurre, el destino puede aguardar al caminar una acera, bajo un viejo edificio del que súbito se desprende una gárgola o, tan simple y llanamente, una viga de hierro.



Etiquetas:   Literatura

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