Votos, poder y gloria

Creo que en esto, como en otras muchas cosas, la historia es recurrente: quien no cede y se aparta del poder cuando le corresponde, termina siendo arrastrado por los acontecimientos. La primavera árabe, con su ristra de dictadores derrocados o muertos, parece ser un ejemplo palmario de ello. El problema estriba en saber cuándo ha llegado ese momento, lo que debe ser realmente difícil de apreciar debido a la obnubilación que dicen produce el poder, a no ser que nos saquen de nuestro ofuscamiento con una sentencia tan incontrovertible como aquella  de Llovera Páez, de que “el cuello no retoña”.  Esta especie de ceguera, de la cual muy pocos parecen escapar, tiene la facultad de transformarnos así, y en muy poco tiempo,  de gloriosos héroes  en simples villanos, como se percataron en su momento  los antiguos griegos (Cfr.  Áyax, Edipo, Filóctetes, etc.).

 

. La primavera árabe, con su ristra de dictadores derrocados o muertos, parece ser un ejemplo palmario de ello. El problema estriba en saber cuándo ha llegado ese momento, lo que debe ser realmente difícil de apreciar debido a la obnubilación que dicen produce el poder, a no ser que nos saquen de nuestro ofuscamiento con una sentencia tan incontrovertible como aquella  de Llovera Páez, de que “el cuello no retoña”.  Esta especie de ceguera, de la cual muy pocos parecen escapar, tiene la facultad de transformarnos así, y en muy poco tiempo,  de gloriosos héroes  en simples villanos, como se percataron en su momento  los antiguos griegos (Cfr.  Áyax, Edipo, Filóctetes, etc.).
Tal vez el poder, o la capacidad de influir en los demás e imponer nuestra voluntad, se origine en los comienzos mismos del contrato social y de la vida en sociedad. No es difícil pensar con ciertos autores, como Hobbes, que en un principio el temor a perder la vida y a lo que poseíamos producto de nuestro esfuerzo, nos haya hecho aspirar al poder para protegernos del daño que nos pudieran hacer los demás. Pero no parece ser sólo el temor a los otros o el buscar ponernos a salvo lo que nos haría a los humanos perseguir el poder, también, como sentenció alguna vez Nietzsche, el hombre se mueve por vanidad. Es evidente, por ejemplo,  la fascinación que producen en el prójimo los seres poderosos, ya sea que su poder provenga del estamento militar, del económico, del eclesiástico, del político, del intelectual  o de algún otro. Quizás la misma “voluntad de poder”, de que hablaba el propio Nietzsche,  no sea entonces más que la mezcla de ese temor y esa persistencia vital que se manifiesta como arrogancia.

De todo lo antes dicho se deduce la importancia que tiene el acto de votar y de otorgar a uno de nuestros semejantes nuestra cuota parte de poder. A esto debemos sumar que la sola elección de un gobernante no es garantía suficiente de que nuestra libertad esté de una vez resguardada,  pues muchos creen que porque el gobierno obedece a la representación de una mayoría de ciudadanos, el poder que les ha sido concedido es un poder ilimitado, que no los obliga ni a rendir cuentas ni a defender alguno de nuestros derechos, para lo cual fueron definitivamente elegidos.  

Todo esto viene a cuento porque, aunque ya lo hemos tratado de alguna forma en un artículo anterior, ahora, gracias a un grupo de investigadores de la Universidad de Viena, encabezados por el físico Peter Klimek, se sabe que en las elecciones legislativas rusas celebradas recientemente, se registró lo que ellos califican como un “fraude electoral extremo” en los 3.000 de los 60.000 distritos electorales. Esto no quiere decir que en los demás distritos  no haya habido fraude (calculan un fraude de un 64%, aseverando que en condiciones normales Rusia Unida, el partido de Putin, sólo habría obtenido un 35%), sino que en estos 3.000 distritos el fraude llegó al extremo de contabilizar 100% de los votos a favor de Rusia Unida, con una participación del 100%. Lo que quiere decir que ni siquiera por equivocación alguien eligió a un diputado de otro partido ni se enfermó ese día.

En fin, con razón el estudio de estos científicos se titula: “No es la votación lo que hace la democracia, es el recuento”. Lo que según algunos alude a una famosa frase de Stalin  que afirmaba que no importaba cómo se votara, que más importante era quién hacía el escrutinio. Algo que en realidad debería preocuparnos a escasos meses de una elección tan importante como la que vamos a tener este año.

UNETE



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