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Sergio Pitol y el teorema de la totalidad


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21/03/2011

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El alma va tomando los distintos elementos de todo lo que existe en el cosmos. Así lo afirmó hace 26 siglos el filósofo y matemático griego Pitágoras, quien al pregonar que “el hombre es la medida de todas las cosas” pretendió decir que éstas son como a cada uno le parecen. Su reflexión se traduce en que nada es rotundamente bueno o malo, verdadero o falso y, por tanto, cada persona es su propia autoridad, en última instancia.


 

       La obra de Sergio Pitol, quien cumplió 78 años de edad el pasado 18 de marzo, refrenda su noción particular de la totalidad: todo es todas las cosas, todo está en todas las cosas; todo está permitido, nada es imposible, todo puede ser. Y con ello logra mover a reflexión a sus lectores, sustrayéndoles la opción de culpar al destino mediante un mensaje inmutable: somos lo que queremos ser, cada uno se hace a sí mismo, cada quien decide a dónde quiere llegar. Imparte, pues, lecciones de vida a través de los personajes que habitan sus textos, que aparecen ante nuestros ojos como una virtual radiografía de la condición humana.

 

       “Todo, por muy separado o fragmentado que esté, debe encontrar una unidad, a veces subterránea, a veces visible, pero que le dé una individualidad. En mi primera novela, El tañido de una flauta, algunos de los personajes tienen la concepción de que todo está en todo. Para mí, también: la pintura, la escritura, todo lo que digo, lo que leo, lo que observo, lo que oigo, todo forma parte de esos elementos que a veces se ven muy distantes entre sí, pero que se me integran en el texto”, afirma.

 

       En efecto, más allá del goce que produce leer su obra, de la exquisitez de la trama, nos maravilla que gracias a sus relatos y novelas se puede acceder a la cultura universal: la pintura —conocedor del legado de Bellini, Tiziano, Tintoretto, Veronese y Carpaccio, los claroscuros de Giorgione tienen mucho que ver con la construcción de sus personajes y argumentos—, la escultura, la música, el teatro, el cine, la literatura, todo está presente en sus textos mediante vínculos que hacen disfrutables a otros creadores.

 

       Se trata, entonces, de un doble regalo literario, pues al ofrecer en sus obras el referente, nos proporciona guiños para leer a diversos autores, ver ciertas películas, escuchar determinada música, conocer el trabajo de distintos pintores. Nos enseña, en fin, lo que significa el arte y cuanto de él trasciende a la vida misma. A la vez, logra crear un efecto visual que considera imprescindible para comunicar al lector sus propias impresiones sobre los sitios, las situaciones y los personajes. Todo ello, aparte de una magistral descripción de los lugares, convierte a sus libros en una suerte de “guía” cultural y turística.

 

       Una necesidad interior 

 

       El Premio Cervantes 2005 habla de sí propio con una modestia que engrandece su figura. Lejos de reconocerse un peculiar talento creativo, atribuye la razón de su oficio a la mala salud que padeció durante la niñez y al tiempo que, por ende, le dedicó entonces a la lectura. Y afirma que pasó de la literatura a la forma activa casi sin darse cuenta: “Comencé a escribir por una necesidad interior; creo que ciertos mundos que llevo dentro me producirían un desequilibrio si no los plasmara. He encontrado que cuando tengo ciertas ‘visiones’, necesito librarme de ellas por medio de la palabra escrita”.

 

       Italia, cuna de su estirpe, lo fue también de su genio creativo. En el otoño de 1961, invitado por las hermanas María y Araceli Zambrano, acudió a un banquete ofrecido en un restaurante de la Piazza del Popolo, en Roma, para festejar la aparición de una publicación. Entre escritores y editores, casi todo el Parnaso de la literatura italiana estaba allí, recuerda el prestigioso narrador. Hasta su mesa llegó un ensayista y crítico local de ademanes pomposos, Mario Praz (autor de La carne, la morte e il diavolo, publicado en Florencia en 1966) y todos se desentendieron de él, por su fama de “gafe”.

 

       Después, Paolo Milano, “un ensayista extraordinario, el intelectual que me impresionó más durante aquella temporada en Italia”, empezó a hablar de teatro y de literatura norteamericana, alemana y austriaca. En ese punto, la conversación viró hacia el holocausto y el antisemitismo, y Milano recordó lo que el autor inglés John Lehmann había contado sobre el día en que Hitler entró a Viena, en marzo de 1938. En el edificio habitado por gente de vida holgada donde vivía, Lehmann vio golpear, arrastrar y asesinar a otros moradores, ancianos y mujeres, y saquear sus casas, porque eran judíos.

 

       Mientras escuchaba los detalles de aquella crónica terrible, que lo hizo “aborrecer el nacionalismo más que cualquier otro testimonio hablado o escrito”, el joven Sergio comenzó a escribir la suya propia acerca del festejo y a crear su construcción clave: las cosas frívolas encubren una cosa trágica, y eso crea una unidad fatal. “Esa es la forma de mi escritura, hacer notas para usarlas muchas veces; voy por otro camino, pero para que el texto tenga un final inesperado. Así han sido mis novelas y cuentos”, explica.

 

        Tal experiencia iniciática tuvo lugar en la época en que jóvenes autores pretendían romper los cánones del nacionalismo cultural imperante, extendido a la novela, el cuento, la poesía y el teatro; las corrientes tradicionales del realismo se negaban a replegarse, mas los discursos de nuevos literatos —educados en la universidad, a diferencia de los autodidactas Rulfo y Arreola— como Inés Arredondo, Fuentes, Elizondo, José de la Colina, Poniatowska, Monsiváis, José Emilio Pacheco, Juan Vicente Melo y el propio Pitol, consiguieron una apertura que dejó atrás el folclorismo. Fue la generación que empezó a descubrir otra sensibilidad, una forma de escribir distinta que dinamizó la cultura en la capital mexicana, hasta entonces precaria, y a ejercer la crítica. Después, al partir a Europa, Pitol se abriría a otras posibilidades.

 

       Exorcismos y reflejos

 

       Empezó escribiendo poesías que nunca fueron publicadas y luego dedicó 11 años a la narrativa corta, mostrando desde sus líneas primigenias una madurez inaudita para alguien de su edad, una excelencia narrativa sorprendente. En “Victorio Ferri cuenta un cuento”, por el que siente especial aprecio debido a que fue su primer relato, rinde culto a Faulkner, a Rulfo y a Borges. El tema de la enfermedad, como un reflejo de su propia tragedia infantil, y la presencia del mal son la constante de esta etapa inicial, donde aparecen una y otra vez los mismos personajes, en historias que parecen resultarle útiles para exorcizar sus propios demonios. “Cuando uno es muy joven, tiene uno culpas, remordimientos; piensa: hago esto, lo otro…, me voy a quedar aquí… Y uno ve que todo tiene que ser lo mismo, y la vida entra en la trama”, dice.

 

       En general, ha confesado, escribió todos sus relatos presa de una especie de “afiebramiento”, en un estado de fiebre física o intelectual; “Cuerpo presente” significó un salto en su narrativa hacia nuevos mundos; “Hacia Varsovia” influyó con otros elementos de tipo onírico, fantástico, que ya había trabajado, y en “Nocturno de Bujara” ensayó una nueva forma que ampliara el concepto de relato. Se trata de un cuento perfecto, según los críticos, y el propio Vila-Matas ha dicho que tuvo que leerlo cinco veces para entenderlo, por todo lo no dicho, lo oculto, por el enigma que entraña.

 

       Sus textos, es cierto, hay que releerlos. Uno cree que ya entendió la trama, y al volver a leerla encuentra algo distinto, descubre otro camino. No es, pues, un autor que se nos “regala”, sino que la lectura de sus obras exige cierto esfuerzo, pero hacerlo vale la pena, y con creces. Hay que estar atentos, porque un detalle insignificante es lo que a veces desencadena la trama, que siempre conlleva un misterio alrededor del cual se va completando la historia. Y la trama siempre es… todo lo contrario de lo que parece que se está anunciando. El autor juega así con el lector, se burla de él; siempre hay un “hueco”, algo que sugiere que al final se revelará, pero deja que el lector pueda concluir el relato o reflexionar sobre lo que ha visto en esa novela o cuento.

 

       Su primera novela, El tañido de una flauta —que revela un lazo creativo con Shakespeare—, data de 1972. Antes había escrito una obra de teatro y otra novela, Semana Santa en Tepoztlán, cuyos borradores extravió. Juegos florales, que describe el proceso creativo y el mundo editorial por medio de tramas yuxtapuestas complejas, resultó de un viaje que hizo a Papantla, donde se efectuaba un concurso de poesía durante la Feria de la Vainilla, y por el camino de regreso a Xalapa elaboró el primer bosquejo, con todos los personajes e incluso el final. Y en El desfile del amor, parodia de ciertos sectores sociales del país, utiliza técnicas de la novela policial e introduce un fondo político para presentar de alguna manera “el rostro cruel de la derecha mexicana, el fascismo mexicano que todavía pervive en muchos aspectos”.

 

       Todas escritas en un español de extrema elegancia, con palabras y matices enriquecedores, sus primeras novelas son muy dramáticas, y en el inicio de la segunda etapa ya existen indicios de lo plurigenérico, de esa hibridación que se ha convertido en su marca personal. Y él está allí: valiéndose de la fabulación, mezcla la ficción con sus propias vivencias y se convierte en su propio personaje, lo cual es aún más claro en sus libros más recientes, donde es notorio que se está recreando a sí mismo.

 

       Personajes torturados

 

       Casi todos los personajes de sus novelas son “raros”, muchos de ellos neuróticos, gente que nadie soporta, y cada uno supone un enigma. A lo largo de las diversas fases de su escritura, ese misterio que aparece en todas las historias es insoluble, está presente desde su primer relato hasta muchos de sus ensayos. Ha revelado que ello proviene de la lectura de un cuento de Alfonso Reyes que lo impactó particularmente cuando era un adolescente: “La cena”, el cual, considera, es uno de los mejores relatos nacionales.

 

       La historia habla de un mexicano que vive en España y es invitado a una cena; le dan la dirección, piensa que se la envía una mujer a la que conoció en una reunión, llega y se encuentra con que es la casa de una familia pequeña. Hay una silla vacía, reservada para alguien que el visitante no entiende. El asunto parecía muy ligero al principio, por lo insignificante de los detalles, pero cuando los personajes pasan a consumir la cena y entablan conversaciones casi incomprensibles, el protagonista empieza a sentir terror, presiente que algo horrible va a suceder y sale corriendo de la casa.

 

       Otra constante en la obra de Pitol, donde suelen cobrar protagonismo los elementos de la noche, es que en ocasiones describe a los personajes como animales o señala que emiten sonidos como tales, porque el tono de voz o rasgo de animal que los caracteriza le aporta al lector una idea más precisa de cómo es el sujeto. Igual que cuando cita la escena de una película o un cuadro, se vale de este recurso para construir las imágenes visuales que resultan indispensables para poder “vivir” la trama.

 

       Los personajes de Pitol, muchos de los cuales se creen víctimas de otros, por lo general se cuestionan a sí mismos todo el tiempo; suelen enfrentarse a las cosas más difíciles de la vida, en lo que constituyen una especie de llamada de atención para vernos como somos, para medir lo que podemos hacer. El autor efectúa auténticas radiografías espirituales de los personajes —en los que la incomunicación es otro elemento habitual, de manera que muchos hablan sin lograr entenderse— y los confronta con situaciones terribles que se atenúan por el juego de las voces y por la risa, un ácido humor negro que aligera un poco las circunstancias. La ironía, la parodia es, entonces, otra lección: debemos aprender a reírnos de nosotros mismos.

         

       Libertad y vanguardia

 

Contradiciendo lo que afirma Rousseau en El contrato social: “El hombre nace libre, pero por todas partes se encuentra encadenado”, Sergio Pitol ha llegado a tal nivel de libertad en su escritura que hace lo que quiere con las letras: ensaya, se arriesga, mezcla géneros y situaciones, narra lo que se le ocurre… Todo fluye a través de su escritura, con la que está sentando vanguardia por su originalidad, por el modo como se van articulando sus historias. Es una forma de narrar que jamás pasará de moda porque, igual que el autor,  su destino es trascender hasta el infinito.

 

       Nacido en Puebla en 1933 —aunque se define como “veracruzano por convicción y vocación”—, Pitol ha trasladado a nuestro idioma un centenar de ensayos y novelas de autores como Joseph Conrad, Virginia Wolf, Antón Chéjov, Emily Brontë, Jane Austen, Jerzy Andrzejewski, Lu Hsun, Kazimierz Brandys, Witold Gombrowicz y Giorgio Bassani, entre otros, y la mayoría de estos impecables trabajos están siendo reunidos por la Universidad Veracruzana en la colección Sergio Pitol Traductor. Además, dirige en la máxima casa de estudios de Veracruz la serie Biblioteca del Universitario, integrada por grandes títulos de la literatura universal que ha elegido personalmente.  

 

       Entre sus novelas figuran El tañido de una flauta (1972), Juegos florales (1982), El desfile del amor (1984), Domar a la divina garza (1988) y La vida conyugal (1991), conjuntadas las tres últimas en el Tríptico del carnaval (1999). La antología de sus relatos incluye, entre otros, Tiempo cercado (1959), Infierno de todos (1965), Los climas (1966), No hay tal lugar (1967), Asimetría (1980) Nocturno de Bujara (1981), Cementerio de tordos (1982), Vals de Mefisto (1984), Todos los cuentos (2004) y Los mejores cuentos (2005). Y en sus colecciones de ensayos se encuentran: Sergio Pitol (1967), La casa de la tribu (1989), El relato veneciano de Billie Upward (1992), El arte de la fuga (1996), Pasión por la trama (1998), Soñar la realidad (1998), El viaje (2000) y El mago de Viena (2005), su libro más reciente, donde se establece un diálogo entre el sujeto y la vida, entremezclando el autor diversos géneros literarios, cual es el sello exclusivo de toda su obra.

 

       Aparte del Premio Cervantes 2005 que le otorgó el Ministerio de Cultura español, ha recibido otros importantes galardones como el Premio de Literatura Rodolfo E. Goes (1972), por El tañido de una flauta; el Premio El cuento (1980), por su relato corto Asimetría; el Premio Xavier Villaurrutia (1982), por Nocturno de Bujara; el Premio Comala (1982), por la antología de cuentos Cementerio de tordos; El Premio Herralde de Novela (1984), por El desfile del amor; el Premio Nacional de Literatura (1993), el Premio Mazatlán de Literatura (1997) y el Premio Juan Rulfo (1999), entre otros.

      



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