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Atendiendo a esta premisa, lógico es deducir que lo que yo opine sobre este
asunto no va a influir para nada, ni a favor ni en contra, en los resultados de
los tres casos que sientan a Garzón en el banquillo. Siendo esto así, espero,
confío y deseo que el mismo nivel de influencia tenga el conjunto de presiones,
soflamas y manifestaciones insultantes que se vienen produciendo en defensa de
Garzón y en contra del Tribunal Supremo.
A mí, particularmente, me producen risa y
sonrojo alguno de los alegatos que exponen los discípulos pancarteros del juez
en su defensa. Respeto la decisión de estas personas a expresar públicamente la
simpatía que sienten por el magistrado suspendido de
la Audiencia Nacional, así como su derecho a manifestarse en su apoyo.
Lo que rechazo con rotundidad son las falacias y manipulaciones que se hacen
sobre las verdaderas razones y motivos que han provocado las demandas contra el
juez estrella.
Confieso que Garzón, al que no conozco en
persona, me cae mal, rematadamente mal. Creo que yo a él ni le caigo. Desde
hace ya alguna década, desde que jugó a político, he seguido con atención su
trayectoria y he podido comprobar que, como juez, tiene más sombras que luces.
Sus instrucciones y causas han tenido algunos éxitos, pero también han tenido
rotundos fracasos. A pesar de todo, cierto es que ha tenido buen olfato para
adjudicarse casos trascendentes, de especial relevancia, que le han servido
para promocionar su ego y el estrellato mediático alcanzado. Es este terreno ha
actuado con auténtica habilidad y maestría.
Mientras unos rechazamos togas de
relumbrón y estrellato, otros defienden con pasión este tipo de togados. En los
últimos días el juez Garzón ha sido aclamado, vitoreado y aplaudido por muchos
simpatizantes cuando accedía al Tribunal a responder de lo suyo. En la
concentración de aclamaciones a Garzón y de insultos al Supremo, destacaban con
su presencia responsables sindicales de UGT y de CC.OO., representantes del
PSOE, simpatizantes del encausado y, también, una serie de artistas de reparto,
o algo así, encabezados por la ya nominada ‘reina roja’ que suele encabezar
movidas y protestas de corte similar.
Aunque mis conocimientos juristas se
sustentan, únicamente, en la razón de la razón, ello me permite considerar las
tres causas judiciales que Garzón tiene planteadas en el Supremo. Este
principio, junto a las pruebas documentales que las denuncias y las defensas
han aportado, me lleva a la conclusión de que las tres vistas contra Garzón
están plenamente justificadas, son oportunas, y no debieran de tener
interferencias por parte del inculpado por su condición de Juez. Esta
circunstancia le debería de servir de reflexión para ofrecer al Tribunal y a la
justicia el máximo de facilidades para llegar a la verdad.
Si con la rotundidad inculpatoria que
muestran las pruebas documentales estas vistas no se hubieran producido,
estaríamos hablando de fragante injusticia.