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Flojo y soso homenaje para Jaime Garzón


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02/02/2012

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Por Javier Urrea Cuéllar


En un céntrico y famoso restaurante de Bogotá, cuando Jaime Garzón tuvo problemas con sus dientes pidió que le cocinaran un arroz blando y “mazacotudo” con camarones y langostinos; y en homenaje se nombró al plato como “arroz garzón”. Eso es un ejemplo de homenaje hecho por un restaurante para un miembro de la casa.

Pero si seguimos hablando de homenajes, podemos recordar que hace pocos días se aprobó el proyecto de ley por la cual el Congreso de la República de Colombia honra la memoria de Jaime Garzón Forero, en reconocimiento a su labor social, periodística, política y cultural. Dicho proyecto consiste en honrar a Jaime, emitir un programa televisivo en Señal Colombia sobre su vida y obra, hacerle un busto en la Universidad Nacional y declarar todos los 13 de agosto (día en que lo mataron) como día nacional de la esperanza.

Es cierto que habrán recursos públicos para tal obra y que algunos políticos y funcionarios, en parte gracias a un homenaje oficial, seguirán atajando como algo inconcluso y en reserva la investigación sobre el asesinato de Jaime Garzón. También es lógico que a nuestros parlamentarios les cueste ponerse de acuerdo para ser más responsables y creativos en el momento de “honrar” a alguien, cuando de por sí les cuesta a la mayoría entender lo que significa ser “honrado”. A lo mejor la falta de creatividad es ocasionada por el exceso de aplausos y admiraciones que el conflicto armado despierta en algunos representantes nublando y desorientando el entendimiento de nuestros congresistas. Aplausos que llenaron de júbilo el discurso de Salvatore Mancuso, años más tarde elogiaron el discurso de Hollman Morris y todo esto en el mismo recinto, el Congreso de la República. Ese tipo de contradicciones son las que nos recuerdan a Jaime Garzón diciéndonos que “sustantivo es la palabra que, como el Congreso, agrupa a personas, animales o cosas”.

Admito que es más fácil criticar sobre lo construido que sobre lo que no se ha hecho, no obstante debo reconocer la labor del senador que propuso la iniciativa de rendir el homenaje oficial a Jaime Garzón, porque por lo menos tuvo la idea de hacer algo, aunque insisto en que se podría hacer mucho más.

Pero volviendo al tema, cuando se pretende honrar y hacer un homenaje póstumo, es decir un homenaje que salga a luz después de la muerte, lo primero que uno se pregunta es qué es más importante para los colombianos: que salga a la luz un monumento, un documental, un día en honor a la esperanza; o que salga de las sombras “toda la verdad” sobre el asesinato de Jaime Garzón. Monumentos tenemos y su vida y obra se ha reproducido a través de unos cuantos programas, documentales, episodios en internet, dos libros (uno de ellos escrito por Marisol, su única hermana), medios alternativos e historias o anécdotas de sus amigos y enemigos más cercanos. Pero, ¿qué es más importante?.

El problema está en que a algunos de nuestros congresistas se les olvida que homenaje puede significar más que yeso, cobre, cemento y televisión. El homenaje también significa respeto. Y por respeto, más que actos de veneración, se necesita someter ante la justicia y luego llevar a la cárcel a todos los responsables intelectuales, y gatilleros, del asesinato de Jaime Garzón Forero. El mejor homenaje que se le puede hacer a Jaime, es hacer lo que él, en vida, hizo con nosotros a través de sus acciones políticas y públicas. Acciones que se pueden resumir básicamente en hechos acordes con una causa moral y sin necesidad mentir.

Hasta que no se sepa la toda la verdad sobre los genocidios y crímenes de Estado de Garzón, Galán, Gómez Hurtado, Jaramillo Ossa, Pizarro, Pardo y otros más, no creo conveniente que confundamos más a nuestra memoria, que es bien poca, bautizando el 13 de agosto como el día nacional de la esperanza; porque hasta el momento nuestras mentes siguen ocupadas recordando el 5-0 de la selección y olvidando muchos casos que se quedan en la impunidad y desaparecen de la memoria colectiva y delictiva colombiana.

Al tratarse de un homenaje oficial, por iniciativa del Congreso de la República y que nace como consecuencia de la deuda que tiene el Estado colombiano con sus ciudadanos, me imaginé que los honores iban a dar más de si. Pero el homenaje se quedó corto para la grandeza de Jaime Garzón, el homenaje parece flojo y soso como una papa al vapor y sin sal.

Esta columna también se encuentra en políticadirecta.net / @politicadirect

 



Etiquetas:   Genocidio   ·   Justicia

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