Son simpáticos. Enseñan sus dientes blancos cada vez que hay ocasión, en un gesto tan calculado como aparentemente natural. Te tratan bien, son amables, incluso podrías llegar a considerarlos amigos. Viven agazapados tras su ordenador dispuestos a abalanzarse sobre cualquier jefecillo indefenso que cruce la redacción. Son los pasilleros, y se alimentan de los más débiles.



