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El humanismo de las ruinas


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21/03/2011

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Marguerite Yourcenar, la gran autora de Memorias de Adriano y Opus Nigrum, se permitía también hacer sus anotaciones sobre actualidad. Al leerlas golpea su vigencia, esas premoniciones de las tragedias post modernas


.  .  .

No son las ruinas del Humanismo lo que yace en el fondo de las páginas de Marguerite Yourcenar. La gran escritora francesa posa su amor a la antigüedad del hombre para entre ruinas y devastaciones devolverle sus significados universales.

En la compilación de ensayos breves titulada El tiempo, el gran escultor (Alfaguara, 1989) , la autora visita con su sensibilidad inigualable y honda erudición temas aparentemente diversos, pero tejidos al tamiz de una angustia vital, la pasión por la belleza, sólo esa en la que se devela lo permanente de lo humano.

Por estos días de devastaciones naturales y catástrofes políticas, al asomarse uno a esas páginas de prosa luminosa halla un pozo de lucidez, un reproche sereno a la post modernidad y las trivializaciones de la civilización de la técnica y el progreso.

En el texto que da título al volumen, Yourcenar medita en torno a las ruinas de civilizaciones extintas acumuladas sobre todo a partir del Renacimiento por coleccionistas devotos de la antigüedad.

En su reflexión parece preferir la ruina tal como ha sido hallada, mutilada por el tiempo o la violencia iconoclasta, que las estatuas restauradas por los peritos: “Estatuas rotas”, escribe, “sí, pero rotas de una manera tan acertada que de sus restos nace una obra nueva, perfecta por su misma segmentación: un pie descalzo apoyado sobre una baldosa, una mano pura, una rodilla doblada en la que reside toda la velocidad de la carrera, un torso al que ningún rostro nos impide amar, un seno o un sexo en el que reconocemos mejor que nunca la forma de flor o fruto, un perfil en el que sobrevive la belleza en una completa ausencia de anécdota humana o divina (…)”

Esa figura deslumbrante de mármol que saluda al hombre común nada más entrar al Louvre recobra en la pluma de Yourcenar un significado todavía más atávico que aquel que en su momento representó la ahora mutilada Victoria de Samotracia: “…es ahora menos mujer y más viento de mar y cielo”.

Es este un estoico reclamo al afán deconstructivo del siglo precedente y el que va en un curso; tal vez la advertencia del sabio que se retira hacia una pared para eludir el tumulto, pero no se resigna ante la estulticia de la demolición, de la iconoclastia automática y sin sentido.

Mientras releía las líneas de tan extraordinaria amante de la antigüedad, de la humanidad remota, no pude sino pensar en el Colón de Rafael de la Cova, aquel bronce que uno apenas atisbaba al pasar raudo por la autopista, derribado de su pedestal, súbito humanizado, pavorosamente convertido en la víctima de un linchamiento, ahí arrojado sobre el asfalto indolente de Caracas.





La siniestra facilidad para morir

Los escritos de El tiempo, gran escultor, no evaden la trepidación de los tiempos y la actualidad. En uno de ellos, apunta sobre una tragedia ocurrida en 1970, cuando jóvenes de varias ciudades de Francia decidieron sacrificarse al modo bonzo. Lo titula “La siniestra facilidad para morir”. La rabia juvenil del Mayo Francés degeneró en estas inmolaciones inexplicables: “¿Podíamos nosotros impedirles realizar (el sacrificio)…?”, se pregunta la pensadora que para entonces tendría 68 años, “¿…o lo que es más importante aún, podemos impedir que en un futuro porvenir otros corazones puros tomen el mismo camino?”.

Imposible no pensar en el joven tunecino que prendió su cuerpo en llamas y así encendió una revuelta popular sin precedentes en la otrora colonia francesa; los adolescentes que recluta el terrorismo y buscan la paz ajustando a su cuerpo un chaleco bomba.

Marguerite Yourcenar nos recuerda entonces que Buda, el inspirador de los bonzos, “ya a punto de entrar en la paz, decidió permanecer en este mundo mientras hubiera una criatura viva que necesitara su ayuda”.

 

Cortesía: El Mundo Economía y Negocios (Caracas)



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