. Esto lo entienden bien en Taiwán, la isla
asiática en donde emprendieron un proceso de recuperación de sus mejores
talentos con miras a utilizarlos como fuente de progreso, desarrollo y
fortalecimiento del sistema económico. Luego de la Segunda Guerra Mundial -y en
medio de conflictos diplomáticos que hasta ahora persisten-, Taiwán decidió
basar su estrategia de desarrollo en el factor educativo, para lo cual amplió
los programas de estudio y se preocupó por la formación de su gente, a tal
punto que el aprendizaje se volvió una imperiosa necesidad, con elevadas cargas
horarias y con altísimos niveles de exigencia.
A
principios de la década del 70’, la isla dio un paso fundamental para la
consolidación de su sistema económico: apostó por la industrialización de
productos tecnológicos y logró convertirse en referente mundial en cuanto a la
producción de microprocesadores y componentes electrónicos. Todo esto, teniendo
como fundamento el conocimiento y la especialización de sus recursos humanos.
Uno
de los aspectos centrales del proceso taiwanés es el de la recuperación de sus
cerebros, los talentos que habían emigrado y se habían especializado en otros
países. A partir de la repatriación de sus recursos humanos con alta formación,
lograron el desarrollo de centros tecnológicos como el Valle del Hsinchu, uno
de los principales sitios de innovación y producción de tecnología a nivel
mundial. Y un dato revelador es que a mediados de la década del 90’, el 40% de
las empresas instaladas en el Valle del Hsinchu habían sido fundadas por
repatriados, en su mayoría de Silicon Valley, Estados Unidos. No sólo
volvieron, sino que sus conocimientos se convirtieron en un factor económico
fundamental.
La
recuperación y reinserción de los recursos humanos especializados sirvió para
la innovación, para mejorar el ambiente de negocios, dinamizar la economía y
ampliar la visión del país en cuanto a ciencia y tecnología. Además, a la luz
de los conocimientos y las experiencias, se apuntaló la capacitación y se
fortalecieron los sistemas educativos con miras a formar más y mejor, buscando
siempre la vanguardia en materia tecnológica.
Los
taiwaneses, al igual que los singapurenses o los surcoreanos, están
obsesionados con una educación competitiva. Planificadores, organizados y muy
voluntariosos, pueden dedicarle 10 o 12 horas al día al estudio. Cada año hay
miles de estudiantes (en 2010 fueron 300 mil) que buscan entrar a una
universidad de élite con el objetivo de recibir la formación más especializada.
Para ello, dedican todo su tiempo al aprendizaje: desde matemáticas hasta
literatura e idiomas. Si no logran ubicarse en los primeros lugares de las
pruebas –que duran cerca de 12 horas-, tendrán que resignarse a estudiar en una
escuela normal.
Taiwán
hoy goza de una economía sólida y competitiva, con un sistema financiero
estable, y un crecimiento que duplicó el promedio mundial en los últimos tres
años. En 2010 se ubicó en el cuarto lugar a nivel mundial en cuanto a
crecimiento, con un incremento de 10,7% en su Producto Interno Bruto (PIB). Con
un ingreso per cápita superior a los 35 mil dólares anuales, sin problemas de
deuda externa, y con muchas inversiones productivas, la isla se mantiene firme
ante la amenaza de una nueva crisis económica global.
Para
lograr repatriar a los talentos, no hay grandes secretos. Al igual que países
como Israel o Corea del Sur, Taiwán lo hizo gracias a la planificación y la
voluntad política. Con una estructura tecnológica y científica incentivada
desde el gobierno, con un fuerte apoyo a la educación y con el desarrollo de
proyectos que generen empleos y buenas condiciones laborales, se logró que el
regreso de los talentos sea productivo y atractivo.
Algo
que debemos pensar con urgencia en América Latina es cómo recuperar a muchos de
nuestros talentos que se fueron porque no tuvieron la oportunidad que merecían.
Se van, se especializan y producen riqueza para los países ricos, mientras los
necesitamos pero no sabemos cómo retenerlos. Eso lo sufren países como México,
en donde el 20% de los ciudadanos con nivel de doctorado ya ha emigrado a
Estados Unidos. El costo que pagamos es muy alto cuando nuestros talentos se
van y cuando no somos capaces de recuperarlos.
En
la era del conocimiento, en donde las economías dependen de lo que sabemos
hacer, no lograremos salir airosos si seguimos negando oportunidades a los que
saben. Si permitimos que nuestros cerebros se vayan y si no hacemos algo
urgente para que vuelvan, difícilmente podremos abandonar la pobreza y el
atraso. Un buen plan económico para nuestros países debería empezar con la
respuesta a una pregunta: ¿Cómo recuperamos a los mejores, para que se pongan
al frente de la economía?