SOL PONIENTE



Resulta abrumadora la cantidad e intensidad de los sucesos a los que toca asistir o enfrentarnos en los últimos tiempos. Lo pienso y lo digo una y otra vez sin darme por vencida o cansarme: vivimos momentos tan convulsos y plenos de acontecimientos excepcionales que, cuando pasen los años, veremos reflejados de en los libros de historia todo aquello que ahora vivimos como si fuera normal y cotidiano.

 


Japón, tradicionalmente conocido como el Imperio del Sol Naciente, ha sido víctima en los últimos 10 días no sólo del mayor sismo desde que existen mediciones y registros sino de un tsunami y un accidente nuclear de proporciones gravísimas. Por si lo anterior no fuera ya de por sí suficiente, el alarmismo y la desinformación nos envuelven y confunden. Uno se siente incapaz de asimilar, para reflexionar después sobre lo que sucede, porque sin tregua ni descanso cada día una tragedia, un conflicto o un nuevo escándalo, te zarandea y aplasta en una inagotable carrera de obstáculos.

A lo largo de los últimos días he sentido una pizca de vergüenza y otra de rabia ante muchas de las declaraciones de líderes y altos funcionarios de Europa. También cierta impotencia ante un tratamiento informativo que hablaba más veces de uranio, plutonio y sieverts que de seres humanos. Mi bochorno era ciertamente mayor, por el contraste que esto supone, cuando es comparado con las características y el talante de un pueblo como el japonés que, golpeado numerosas veces por la historia, mantiene un fuerte sentimiento de grupo, una gran capacidad para superar adversidades y una educación y respeto por el prójimo admirables. Todo ello casi ha terminado sepultado, no entre escombros y olas gigantes sino entre titulares grandilocuentes, que en algunas ocasiones han sido hasta crueles. Tengo dudas cada vez más grandes acerca de qué es exactamente lo que vivimos: si lo que sucede o lo que dicen que sucede.

Mientras Fukushima y sus reactores trataban de ser controlados por un grupo de hombres – auténticos héroes anónimos - un líder burdo y esperpéntico como Gadafi tomaba la posta del protagonismo para avanzar diciendo estupideces y sembrar más muertos. La ONU y la UE se eternizaban en discusiones, mesas redondas llenas de botellitas de agua mineral, micrófonos y traductores, con la lentitud y parsimonia de siempre. En los rótulos de “última hora” se superponían,  desordenadamente,  los nombres y cifras del archipiélago japonés con los de Libia y otros países del mundo árabe. De nuevo el planeta crujía y chirriaba.

Ángela Merkel establecía una moratoria y paralizaba la renovación de permisos de centrales nucleares alemanas en un evidente e interesado gesto electoral ante los próximos comicios regionales en los que necesitará apoyos y no más derrotas. “Zarkozy”(lo escribo así adrede) que hoy domingo afronta unas elecciones cantonales, trataba de tomar altura física y moral poniéndose prácticamente al frente de la misión de la OTAN, para condenar y castigar al que antes era “partenaire” de acuerdos y fotos que incluían cálidos abrazos y apretones de mano.

Aquellos que, hartos de vivir bajo la tiranía de sátrapas a los que nosotros hemos tolerado y alimentado, nos rompían los tímpanos con sus gritos para indicarnos que eran demasiados los años en que su miserias e injusticias no nos habían importado. En un paroxismo rayano al ridículo y una imagen cercana al absurdo, Ban Ki-moon y Zapatero comparecían en Madrid a las puertas del Palacio de la Moncloa, para decirle al mundo que Gadafi, el ahora sátrapa, “no engañará a la Comunidad Internacional”. Resulta esperpéntico, lleva “engañándola” unos 42 años.

Al otro lado del Atlántico, en el sur del continente americano, Colombia encontraba un arsenal de armas venezolanas en un campamento terrorista de las FARC, Obama se fotografiaba en Brasil con Dilma y, en Argentina Moyano, - al que ya no sé si calificar como líder sindical de los “cabecitas negras” o magnate a cuatro ruedas - amenazaba y tomaba como rehén a un país entero porque la justicia, ignoro exactamente por qué razones, podría investigarlo. Se cerraba el mismo círculo que vengo tratando de describir y que, cual soga, nos aprieta el cuello: sátrapas que visten de libertarios y defensores de los menos afortunados que tan solo se defienden a sí mismos con el fin de conservar su poder, privilegios y negociados. Quizás también Ban Ki-moon debiera hacerse carne en Plaza de Mayo y comparecer junto a Cristina Fernández de Kirchner para decir: “no dejaremos que más líderes sindicales oligarcas, prepotentes y que creen ser semi-dioses, nos sigan engañando”. Es un imposible, allá como en otros lados, hay unas muy próximas elecciones.

Quiero rescatar para el final, en un intento seguramente vano de apaciguar algo mi mente, el espíritu, talante y ejemplaridad de los japoneses. El de todos y cada uno de ellos – víctimas directas o indirectas de la tragedia – que, ocultos entre cientos de titulares sobre núcleos, protones y niveles radioactivos, han mostrado su disciplinada, solidaria y espontánea forma de ahorrar energía o colaborar con sus compatriotas y autoridades. Mientras lo hacían, sufrían y trataban de sobreponerse con un digno y ejemplar silencio a un desastre de proporciones gigantes.

Han sido muchas las lecciones que podríamos extraer de lo sucedido en la última semana. Lo serán también las que puedan aprenderse de lo que sucederá en la próxima y siguientes. Convendría, - quizás por puro egoísmo y para no sentirnos tan vacíos y fatuos – que todos meditáramos en silencio y un buen rato, alejados de diarios, televisiones, Internet o radios, acerca de dónde estamos y adónde vamos.  

Todos los días el sol nace y se pone. Es posible que uno de ellos, tal vez antes de lo que imaginamos, se ponga y no nazca de nuevo.

 

* Este artículo ha sido también publicado en el diario digital www.noticias.iruya.com



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Resulta abrumadora la cantidad e intensidad de los sucesos a los que toca asistir o enfrentarnos en los últimos tiempos. Lo pienso y lo digo una y otra vez sin darme por vencida o cansarme: vivimos momentos tan convulsos y plenos de acontecimientos excepcionales que, cuando pasen los años, veremos reflejados de en los libros de historia todo aquello que ahora vivimos como si fuera normal y cotidiano.

 


Japón, tradicionalmente conocido como el Imperio del Sol Naciente, ha sido víctima en los últimos 10 días no sólo del mayor sismo desde que existen mediciones y registros sino de un tsunami y un accidente nuclear de proporciones gravísimas. Por si lo anterior no fuera ya de por sí suficiente, el alarmismo y la desinformación nos envuelven y confunden. Uno se siente incapaz de asimilar, para reflexionar después sobre lo que sucede, porque sin tregua ni descanso cada día una tragedia, un conflicto o un nuevo escándalo, te zarandea y aplasta en una inagotable carrera de obstáculos.

A lo largo de los últimos días he sentido una pizca de vergüenza y otra de rabia ante muchas de las declaraciones de líderes y altos funcionarios de Europa. También cierta impotencia ante un tratamiento informativo que hablaba más veces de uranio, plutonio y sieverts que de seres humanos. Mi bochorno era ciertamente mayor, por el contraste que esto supone, cuando es comparado con las características y el talante de un pueblo como el japonés que, golpeado numerosas veces por la historia, mantiene un fuerte sentimiento de grupo, una gran capacidad para superar adversidades y una educación y respeto por el prójimo admirables. Todo ello casi ha terminado sepultado, no entre escombros y olas gigantes sino entre titulares grandilocuentes, que en algunas ocasiones han sido hasta crueles. Tengo dudas cada vez más grandes acerca de qué es exactamente lo que vivimos: si lo que sucede o lo que dicen que sucede.

Mientras Fukushima y sus reactores trataban de ser controlados por un grupo de hombres – auténticos héroes anónimos - un líder burdo y esperpéntico como Gadafi tomaba la posta del protagonismo para avanzar diciendo estupideces y sembrar más muertos. La ONU y la UE se eternizaban en discusiones, mesas redondas llenas de botellitas de agua mineral, micrófonos y traductores, con la lentitud y parsimonia de siempre. En los rótulos de “última hora” se superponían,  desordenadamente,  los nombres y cifras del archipiélago japonés con los de Libia y otros países del mundo árabe. De nuevo el planeta crujía y chirriaba.

Ángela Merkel establecía una moratoria y paralizaba la renovación de permisos de centrales nucleares alemanas en un evidente e interesado gesto electoral ante los próximos comicios regionales en los que necesitará apoyos y no más derrotas. “Zarkozy”(lo escribo así adrede) que hoy domingo afronta unas elecciones cantonales, trataba de tomar altura física y moral poniéndose prácticamente al frente de la misión de la OTAN, para condenar y castigar al que antes era “partenaire” de acuerdos y fotos que incluían cálidos abrazos y apretones de mano.

Aquellos que, hartos de vivir bajo la tiranía de sátrapas a los que nosotros hemos tolerado y alimentado, nos rompían los tímpanos con sus gritos para indicarnos que eran demasiados los años en que su miserias e injusticias no nos habían importado. En un paroxismo rayano al ridículo y una imagen cercana al absurdo, Ban Ki-moon y Zapatero comparecían en Madrid a las puertas del Palacio de la Moncloa, para decirle al mundo que Gadafi, el ahora sátrapa, “no engañará a la Comunidad Internacional”. Resulta esperpéntico, lleva “engañándola” unos 42 años.

Al otro lado del Atlántico, en el sur del continente americano, Colombia encontraba un arsenal de armas venezolanas en un campamento terrorista de las FARC, Obama se fotografiaba en Brasil con Dilma y, en Argentina Moyano, - al que ya no sé si calificar como líder sindical de los “cabecitas negras” o magnate a cuatro ruedas - amenazaba y tomaba como rehén a un país entero porque la justicia, ignoro exactamente por qué razones, podría investigarlo. Se cerraba el mismo círculo que vengo tratando de describir y que, cual soga, nos aprieta el cuello: sátrapas que visten de libertarios y defensores de los menos afortunados que tan solo se defienden a sí mismos con el fin de conservar su poder, privilegios y negociados. Quizás también Ban Ki-moon debiera hacerse carne en Plaza de Mayo y comparecer junto a Cristina Fernández de Kirchner para decir: “no dejaremos que más líderes sindicales oligarcas, prepotentes y que creen ser semi-dioses, nos sigan engañando”. Es un imposible, allá como en otros lados, hay unas muy próximas elecciones.

Quiero rescatar para el final, en un intento seguramente vano de apaciguar algo mi mente, el espíritu, talante y ejemplaridad de los japoneses. El de todos y cada uno de ellos – víctimas directas o indirectas de la tragedia – que, ocultos entre cientos de titulares sobre núcleos, protones y niveles radioactivos, han mostrado su disciplinada, solidaria y espontánea forma de ahorrar energía o colaborar con sus compatriotas y autoridades. Mientras lo hacían, sufrían y trataban de sobreponerse con un digno y ejemplar silencio a un desastre de proporciones gigantes.

Han sido muchas las lecciones que podríamos extraer de lo sucedido en la última semana. Lo serán también las que puedan aprenderse de lo que sucederá en la próxima y siguientes. Convendría, - quizás por puro egoísmo y para no sentirnos tan vacíos y fatuos – que todos meditáramos en silencio y un buen rato, alejados de diarios, televisiones, Internet o radios, acerca de dónde estamos y adónde vamos.  

Todos los días el sol nace y se pone. Es posible que uno de ellos, tal vez antes de lo que imaginamos, se ponga y no nazca de nuevo.

 

* Este artículo ha sido también publicado en el diario digital www.noticias.iruya.com



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